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Ansar sonríe tímidamente ante la cámara. Tiene veinticinco años y hace veintidós entró ilegalmente en Bangladesh por el mismo lugar donde ahora yo lo fotografío. La orilla está fangosa, el río Naf arrastra un color marrón y al fondo se distingue perfectamente la ribera de su país de origen: Myanmar. En veintidós años no ha vuelto a cruzar el río y desde entonces arrastra su condición de refugiado. Pero un refugiado legal, que en este país ya es mucho: por eso muestra con orgullo su carnet oficial, con una foto en la que se le distingue más joven y menos sonriente, pero una foto que lo convierte en una especie de élite entre los suyos: sólo hay 29.000 carnés como este pero los refugiados son diez veces más, así que nueve de cada diez miran el documento con envidia. El carné apenas garantiza cinco kilos de arroz a la semana, medio de sal y algunos productos añadidos pero los que no lo tienen deben buscarse la vida desde el principio.

Metiendo zoom pueden verse las casitas de la otra orilla del río Naf, casitas birmanas de donde procede Ansar y que están tan cerca a la vista como lejos están las estrellas del cielo

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‘Crucé con mi familia y, sinceramente, no tengo ningún recuerdo’. Dice Ansar que el momento se le ha borrado completamente de la cabeza y coincidimos los dos en que tal vez fuera la situación tan traumática que un mecanismo de defensa se lo arrancó de raíz. ‘Tres años es poca edad pero debería tener algún recuerdo, aunque fuera incoherente e inconexo’. Pero no lo tiene, hay un vacío en su memoria, así que sólo puede confiar en los relatos de sus padres y visitar el lugar por el que entró en Bangladesh como el que va a una romería: cargado de fe y devoción. Y en su caso, coraje porque asegura que volverá a cruzar la frontera en sentido inverso para regresar a su país. El país que no recuerda y del que expulsaron violentamente a su familia. ‘Mi país’, asegura rotundo mientras entorna los ojos intentando distinguir las casitas que se dibujan borrosas en la orilla del otro lado del río Naf.

refugiados rohingyas

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‘Venimos a robarles un poco de su miseria porque tienen demasiada’. Ansar sonríe complacido con su comparación mientras paseamos por el centro de Taknaf, una ciudad repleta de refugiados rohingya, como él, y repleta también de toneladas de basura que se pudren junto a las carreteras. A sus veinticinco años, Ansar sólo tiene un recuerdo en su vida: Bangladesh. ‘Pero esta no es mi tierra’, asegura sonriente y sorprendentemente bien vestido y perfumado, su rostro rubicundo al modo de un pez globo, ‘mi tierra está allí, al otro lado’. Porque Ansar, a pesar de haberse criado en Teknaf, al otro lado del río Naf, no es bengalí sino rohingya, la etnia más perseguida del mundo. Ansar viste impoluto, lleva un anillo que libera perfume de cuando en cuando, parece un dandy rodeado de podredumbre y miseria.

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Lo encuentro en la zona comercial de Teknaf vestido con una elegante camisa hindú de color grana y rápidamente me niega lo que más tarde acabará admitiendo: ‘no, señor, yo no soy rohingya’. ‘Si lo hubiera admitido entre tanta gente tendría problemas, lo mejor es que nadie lo sepa’, me confiesa más tarde y recuerdo cómo una multitud se arremolinó en torno a nuestra conversación para poder observarme mejor. Ya a solas, Ansar se relaja mientras yo me tenso: ¿será verdad o quiere sacarme dinero? ‘Es cierto’, dice mientras saca un carnet del bolsillo: un carnet oficial de refugiado con el sello de ACNUR. ‘No tenemos nacionalidad bengalí pero tampoco ciudadanía birmana’, me cuenta Ansar, ‘no podemos trabajar aquí pero tampoco podemos volver, no somos de aquí y tampoco somos de allí, siempre arrastramos el miedo a que nos detengan y les dé por repatriarnos’.

Yo mismo con Ansar y Zayed, ambos refugiados rohingyas

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El gobierno de Myanmar sorprendió al mundo en 1982 con su Ley de la Nacionalidad en la que dejaba fuera de las etnias nacionales a los rohingya, así sin más, sin derechos ni opciones. A decir de Ne Win, el presidente de la junta militar que regía el destino de la antigua Birmania, tan sólo podrían ser birmanos las etnias que ya residían en el país antes de 1823, el año en el que Gran Bretaña ocupó la región y estableció su colonia. Toda una declaración de intenciones que consideraba a los musulmanes un cuerpo extraño, introducidos en el país por los ingleses, ajenos a la cultura general de un país abrumadoramente budista y poco menos que invasores. Sin embargo los registros sobre la presencia musulmana en Myanmar, y más concretamente en el estado de Rakhine, se remontan, como poco, al siglo IX. Aún así, tras la ley de Ciudadanía, los militares birmanos declararon el citado estado, Rakhine o Arakan, ‘zona libre de musulmanes’ en 1983. Pero los musulmanes no podían desaparecer así como así, de un día para otro, por lo que el conflicto fue inevitable.

Convertidos en proscritos en su tierra y en ilegales en Bangladesh, los rohingyas son sombras fantasmales que deambulan por doquier y que ocupan hasta el último rincón de su tierra de acogida

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Los militares dieron entonces unas premisas para que sí desaparecieran: no podrían trabajar, no podrían cultivar el campo, ni comprar casas, no podrían viajar de un pueblo a otro ni podrían casarse y tener descendencia: tenían prohibido existir y los que aún gozaban de existencia se extinguirían poco a poco. Un plan extraño y de todo menos perfecto porque los rohingyas se negaron en redondo a desaparecer. Los militares birmanos les maltrataban, los consideraban emigrantes musulmanes de Bangladesh, siervos de los británicos introducidos en los tiempos de la colonia, una presencia molesta que recordaba al inefable Ne Win que su querida Birmania fue durante mucho tiempo el cortijo de esos pálidos extranjeros. En 1978 fueron 200.000 los rohingyas que cruzaron la frontera con Bangladesh huyendo de la No Existencia y de las culatas de los militares pero la ONU consiguió que Myanmar los readmitiera y muchos volvieron a su país. Pero Ne Win no podía consentir que esa institución creada por los mismos blancuchos pálidos que les habían invadido les obligara a readmitir a los musulmanes: entonces creó esa nefasta ley, la de 1982 que les borra del catálogo de etnias nacionales. Y de algún modo tiene razón: no es una etnia nacional sino una mezcla de etnias nacionales con etnias de medio mundo (islámico).

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Según las crónicas antiguas los rohingyas son el resultado de unir musulmanes provenientes de naufragios en el medievo, conquistadores de todas las épocas y etnias locales. Por sus venas corre sangre árabe, persa, mora, sangre turca y mogol, pashtun y bengalí, todo bien batido y añadida a la sangre local de a su vez una infinidad de etnias que terminaron coincidiendo en un rasgo común: la religión. Las leyendas van más lejos y hasta llegan a afirmar que Mohammed Ben Anifa, hijo de Alí, el cuarto califa, llegó a esta región tras el crimen de su hermano Hussein en Kerbala, al sur de Irak, civilizó una región plagada de caníbales y hasta se casó con una reina local, Kaiyapari, reina de los caníbales, quien forzó la conversión en masa de sus súbditos en el siglo VII D.C.

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Sea como sea, los rohingyas de hoy hablan un idioma muy peculiar que es un dialecto del bengalí (concretamente del chittagonés, la segunda ciudad de Bangladesh) salpicado por palabras del persa, el urdu y el árabe (lo que no les ayuda en su lucha por una identidad birmana, sin que los militares vayan a considerar que las fronteras son una cosa relativamente reciente y que en los tiempos de la colonia no había restricciones al paso de un lado a otro), una lengua que no tiene sistema de escritura propia y que se representa en alfabeto latino por darle una existencia. Según el investigador Nasir Udin en su libro ‘Life in locker’ desde 1942 han sido expulsados más de un millón y medio de rohingyas, aunque los picos más fuertes se dieron a finales de los setenta, en los ochenta y en el año noventa y dos.

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Precisamente el año en el que la familia de Ansar decidió huir de Myanmar. Al menos Ansar habla un inglés decente, tanto como para ganarse la vida dando clases a los vecinos de Teknaf, unas clases que caen en saco roto porque apenas ninguno de los alumnos que me presenta es capaz de decir un precario hello. Como Hussein, a su lado, al frente del único restaurante de la ciudad (cerrado durante el día: es ramadán) que no parece haber aprovechado las clases porque huye cocina adentro cuando se ve en la obligación de demostrar sus conocimientos.

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‘No tenemos futuro alguno y por eso tantas personas se echan al mar’, dice Ansar. Porque los rohingyas se echan al mar por millares, yo diría que por decenas de millares, incluso por cientos de millares, clonando la historia de Ansar miles, decenas de miles, cientos de miles de veces… (sigue aquí)

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