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En la ciudad de Teknaf, al sur de Bangladesh, se desarrolla un drama de incalculables proporciones, una tragedia que une a supervivientes que escaparon de la muerte en el último momento con desalmados que sacan dinero del drama ajeno y de miserables desgraciados que no tuvieron la fuerza de morir a manos de los matarifes ni de huir del estercolero que les aguardaba tras su huida. Un drama que convierte esta deslucida ciudad en una meca para los rohingyas del otro lado del río que llegan aquí por miles para desarrollar un entramado de redes ilícitas de proporciones bíblicas. En Teknaf los expulsados de Myanmar viven en campos de refugiados como el de Lheda pero también están mezclados con los vecinos, compartiendo la insultante pobreza que campa por la ciudad.

La insultante miseria del poblado pesquero de Teknaf es el premio que reciben muchos refugiados rohingyas tras escapar de la muerte en Myanmar

Junto al puerto se encuentra el barrio de los pescadores, un pútrido lugar de olores difícilmente descriptibles, con las casas medio sumergidas en charcos de aguas verdosas, aguas estancadas en las que veo un niño hundir un vaso para lavarse los dientes, aguas del monzón mezcladas con aguas negras y aguas de las mareas, disparatados criaderos de mosquitos y de sabe dios qué más cosas, aguas sobre las que no se refleja el cielo sino las caras de los niños y las paredes de bambú y cartón de las chabolas que hunden sus cimientos en el fondo del hediondo estanque. Los niños deambulan medio desnudos, o desnudos del todo, por entre los charcos.

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Los soldados de un destacamento me observan extrañados: un pálido paseándose por entre los charcos de un slum. Uhmmm. De una choza sale un hombre, ‘¿rohingyas?’, le pregunto, ‘¿rohingyas?’, contesta, ‘aquel de allí es rohingya, y aquellos dos, y en esa casa vive otro rohingya’. ¿Y usted?, le pregunto. ‘No, yo bangla’, me dice, ‘y este de aquí: bangla, y aquellos de allá, bangla también’. Abu es un rohingya y me muestra su casa: me da miedo entrar por si cede el suelo de madera podrida y caemos todos a las aguas estancadas. Abú hace el gesto de una metralleta, señala al otro lado del río y me enseña siete dedos. Siete años hace que huyó de Myanmar porque los militares atacaron su pueblo. Desde entonces vive sobre ese charco nauseabundo, que se llena con cada marea alta y del que salen nubes de mosquitos al caer la tarde, con su madre, su mujer, sus seis niños y niñas y un niño pequeño del que no me sabe decir su origen.

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De la casa vecina, levantada sobre el mismo charco verde y putrefacto, un señor me saluda con la mano, ‘somos banglas’, me dice con una amplia y franca sonrisa con todo un surtido de mellas. ‘Venimos a robarles un poco de su miseria’, recuerdo ahora las palabras de Ansar, ‘porque tienen demasiada…’. Algunos bengalíes se quejan de los rohingyas, porque les roban la miseria, pero son los menos, la mayoría comparte pobreza mientras buscan sobrevivir y para ello harán lo que tengan que hacer. Por ejemplo, los negreros que envían a los inmigrantes al mar se permiten marcarlos como al ganado, con letras ostentosas que revelen su destino a los traficantes del otro lado del océano Índico: estos van para Malaisia, aquellos para Tailandia. ‘El resultado es un número enorme de viudas y viudos, de huérfanos y huérfanas‘. Ansar quiere mostrarme la playa de la que zarpan las embarcaciones repletas de paisanos con rumbo a sabe Dios dónde. Es la playa de Teknaf, apenas a veinte minutos en rickshaw del centro de la ciudad. Lo que Ansar no me cuenta es que muchos de esos contrabandistas son, también ellos, rohingyas…

Ansar quiere enseñarme las embarcaciones en las que huyen los rohingyas y se encuentra a un amigo que trabaja ilegamente en uno de los barcos recogiendo pescado

Los traficantes de carne humana tienen otros métodos para aclarar el destino de la carga. Por ejemplo, cinturones de colores, pañuelos: los de rojo, para Banda Aceh, los de amarillo para Phuket. La policía patrulla y el ejército está en alerta pero, seamos francos: ¿se imaginan ustedes lo que es la policía de Teknaf? ¿Y el ejército de Bangladesh? ¡Demasiado tienen con controlar el acceso de las ONGs y periodistas extranjeros al interior de las zonas complicadas! Sobre la playa de Teknaf las pintorescas y coloridas embarcaciones de los pescadores confiere a la costa un aspecto romántico, encantador, el bosque de palmeras desdibujado en el horizonte por la calima del atardecer, las negras nubes del monzón restando intensidad a los tablones coloristas de los barcos, los pescadores arreglando sus redes…

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‘Estos mismos barcos cargan a los rohingyas y los llevan mar adentro, donde embarcan en cargueros mayores’, me asegura Ansar. Los pescadores arreglan sus redes sin quitarme el ojo: ¿quién es este y qué hace aquí?, parecen pensar, ‘es una cosa curiosa, voy a sonreírle’, parecen pensar otros. El romanticismo se rompe entonces y sólo queda la realidad de estos desesperados. Un muchacho con un poderoso flequillo y un generoso bigote se acerca a saludar a Ansar. ‘Es mi vecino, otro rohingya’, dice, ‘viene aquí a ver si le cae algún trabajillo, de vez en cuando hace alguna chapuza ayudando a los pescadores’. Los rohingyas no existen, como ya dije en este post, pero sí ocupan un espacio y comen y caminan. Y normalmente lo hacen en campos de refugiados que no tienen nada que envidiar al poblado pesquero, construidos (pareciera) sobre una base de basura putrefacta y de escombros mal puestos. Los mismos escombros, supongo, sobre los que los birmanos han levantado los campos en los que han encerrado a más de cien mil rohingyas en su propio país.

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El campo de refugiados de Lheda tiene tanta basura acumulada que las tiendas se levantan sobre aguas negras y suelos que rezuman suciedad

En el campo de refugiados de Lheda la vida es tan monótona y los medios tan escasos que la pequeña pantalla de un móvil antiguo puede servir de cine alrededor del que se arremolinan los vecinos

El programa de alimentos de las Naciones Unidas no satisface las necesidades de los refugiados oficiales, como Ansar. ‘Usted me dirá qué podemos hacer con cinco kilos de arroz a la semana, medio de sal y algunas conservas’. ACNUR calcula que sólo en el primer trimestre de 2015 han muerto más de 300 rohingyas en el mar y aquí (pincha) cuentan la historia de un refugiado que pasó 62 días hacinado en las bodegas de uno de esos cargueros cochambrosos hasta que llegó a perder ‘la esperanza de volver a ver tierra firme’, un tipo que comparaba el carguero con un gran cementerio…

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El resto deben pues completarlo ellos pero, recordemos, en Bangladesh tampoco existen y no tienen derechos. A pesar de todo te los encuentras como sí lo hicieran: como si realmente existieran. Hay conductores de rickshaws, pescadores por cuenta ajena, dependientes en tiendas, mozos de comercio, vendedores ambulantes, hay mendigos (que son legión), hay tantos que desde el gobierno se insinúa que ya son más los desplazados del vecino país que los propios vecinos de la ciudad. Y también hay rohingyas que trafican con personas, con personas rohingyas se entiende, pero también con metaanfetamina producida en las selvas birmanas, y hay tantos rohingyas que se dedican a la trata de blancas que este estudio demuestra que ocho de los diez hoteles de la ciudad de Teknaf se dedican a la prostitución.

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En el campo de Lheda una muchacha se queja amargamente: ‘a veces los vecinos de la ciudad entran a robar’, me dice, ‘y entonces se llevan lo que pueden, tal vez un teléfono móvil, un cacharro de comida’, entonces enarca las cejas y su relato entra en drama, ‘pero otras veces vienen con un objetivo marcado: alguna muchacha que les ha gustado, la observan, la siguen, entran y se la llevan y entonces ya nunca más volvemos a verla’. Los rohingyas se han erigido en un mundo paralelo de desesperación y lodo que les hunde cada vez más: en ocasiones hay disparos, te comentan en el campo de refugiados, el otro día entró la policía y mató a un chico, cuenta un hombre, ‘eso es verdad pero ya no pasa tanto como antes’, quita hierro al asunto Ansar Ullah, para inmediatamente resucitar la noticia: ‘aquí hubo un tiroteo hace tres días y murió otro muchacho…’.

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Este link de UNICEF segura que los refugiados rohingyas que viven fuera de los campos oficiales se enfrentan a una ‘desconcertante instantánea de vulnerabilidad’. Que los matrimonios infantiles son frecuentes y que los matan, los hombres de familias de pescadores, muchas veces abusan de las chicas con la amenaza de que las denunciarán para que las repatríen, y tampoco pueden ir a la policía a denunciar nada, que las casan con edades entre los 11 y los 16 y que la perspectiva de futuro más halagüeña pasa por enrolarse en un grupo de mano de obra esclava y huir en cualquier embarcación rumbo al este. Un destino que tiene poco de envidiable porque, siguiendo la perspectiva de Ansar, allí no tendrán mucho más que hacer que robar la miseria que les sobre.

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‘Es desesperante’, me dice Ansar mientras suda como un pollo sin perder esa extraña elegancia tropical que mantiene bajo el aplastante calor y la sempiterna basura. ‘Pero no nos queda más remedio que esperar: pronto llegará el día en el que pueda regresar a casa…’. Una casa que no conoce y que puede que ni exista. Una casa que si entornas los ojos puedes medio ver desde este lado del río Naf. Pero una casa que en la práctica está tan lejos como la luna.

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