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Mohammed es un fantasma que deambula por la embarrada calle de su hogar como si tuviera una existencia propia. Pero no la tiene. Mohammed es algo así como una ficción que ocupa un espacio físico que no debiera. Los 29.000 refugiados roginyas que residen en Bangladesh están albergados en los campos de Kutupalong y Nayapara, al sur del país, en el departamento de Cox Bazaar, lo más parecido al turismo que puede verse en este país. Su situación es precaria, expulsados de sus hogares con violencia y obligados a depender de la ayuda internacional para sobrevivir. Mohammed Aiyou, sin embargo, los mira con ojos de deseo: ‘ya me gustaría estar dentro’. Porque en los alrededores de Kutupalong viven más refugiados pero llegaron tarde y ahora tienen un problema de existencia: no existen en Myanmar porque los expulsaron y no existen en Bangladesh porque ya se cubrió el cupo de refugiados. ¿No existe entonces Mohammed? Yo lo miro y lo toco y parece que sí existe, es un tipo corpóreo, un tipo que mantiene su dignidad vestido lo más pulcro posible y que antepone ceñudo su cuidado mostacho a mi curiosidad.

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Dice venir de Busidon, o eso entiendo yo, que tiene treinta y ocho años y seis niños, que viven diez en una pequeña habitación de bambú y plásticos en una ladera embarrada y cruzada por aguas negras y todo tipo de basuras. El interior del campo de refugiados, por muchos mosquitos que albergue, se abre entonces como un lugar onírico, como aquel Castillo de Franz Kafka, un mundo imposible de alcanzar, un ideal al que aspirar. Un mundo tan envidiable que el 17% de los menores de cinco años padece malnutrición. Pero un mundo con algunos techos de lata y escuelas para los niños y hasta reconocimientos médicos de vez en cuando. Un mundo. Fuera, diríase, se abre el inframundo.

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Mohammed en el ‘Sitio Improvisado de Kutupalong’, un vertedero habitado por los refugiados que no caben en el interior del campo oficial

 Miro la calle donde viven los roginyas que llegaron tarde y me solidarizo con ellos: cualquier cosa es mejor. El barro se escurre por la pendiente arrastrando las escorrentías de la última lluvia monzónica mezcladas con restos de basuras disueltas en lodo, la acera no es más que una sucesión de sacos terreros que uno pisa con la sensación de abismo, los tejados de las casas plásticos arrugados y sucios fijados con ramitas y piedras. Unas chicas de riguroso negro y cubiertas hasta los ojos me miran con extrañeza, la ropa tendida en un ambiente de humedad delirante, una pareja de ancianos me desliza una fotocopia de un minibillete de mil takas (unos seis euros), la forma más gráfica de pedirme limosna que he tenido jamás. ¡¡Cómo no aspirar a vivir en el interior de esos campos de refugiados que se antojan hoteles de cinco estrellas!! Pero no, no es posible, el gobierno de Bangladesh puso el freno en los 29.000 y dejó fuera al resto, un resto que al principio puso cara de sorpresa, luego cara de resignación y ahora portan caras de desesperación por todo el sur del país. Unas caras que multiplican por diez las caras de los refugiados oficiales, los que sacan de la cartera orgullosos, aunque igualmente jodidos, sus carnés de Refugiado Oficial Roginya. Las cifras son delirantes en un país de cifras delirantes: sólo en los alrededores de los dos campos oficiales viven cuarenta mil refugiados más, la cifra en todo el país se acerca a los trescientos mil que se instalan donde buenamente pueden. Tan delirante que este lugar no existe oficialmente pero tiene su nombre: ‘Sitio improvisado de Kutupalong’…

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‘Siete años llevo ya aquí’, dice Mohammed, el de Busidon o como quiera se llame la remota aldea musulmana del sur de Myanmar de la que fue expulsado a golpes. ‘Todo por ser musulmán’, mantiene ceñudo, y mostacho en ristre, el circunspecto Mohammed. A su lado, Island, que dice llevar otros siete años, insiste en el drama: ‘ha muerto mucha gente en Birmania, no estamos aquí por gusto’. Mi traductor, un buscavidas llamado Max, entra en estado de pánico: ‘debemos irnos porque si nos descubre la policía hablando con esta gente tendremos problemas’. El gobierno de Bangladesh apenas concede permisos a la prensa extranjera para entrar en los campos legales así que los soldados que vigilan la ribera del río Naf, el que separa ambos países y el que utilizan los roginyas para huir, no admiten fisgones. Pero de la multitud sale otro señor, Abdul Hakim dice llamarse, ‘yo también llevo siete años en este vertedero’, dice con prisa, intuyendo que la conversación está a expensas del histriónico Max, ‘con seis hijos, tres niños y tres niñas’, apostilla mientras me los enseña a trompicones en medio de una multitud creciente que viene a observar de cerca a ese tipo tan blanco que soy yo y en el que ven desde un exotismo pálido y sobrenatural a una solución a todos sus problemas.

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Aún queda espacio, mientras Max me empuja al rickshaw, para que se acerque una señora de cincuenta años que dice llamarse Surahato y que también tiene otros seis hijos. ‘No quiero estar aquí’, dice, ‘pero, dígame, ¿qué puedo hacer, donde voy?’. En su pregunta hay una desesperación callada y contenida. Detrás de los bosques y de las pendientes de barro resbaladizo se encuentra su tierra prometida protegida por muros: el campo de refugiados rohingyas de Kutapalong, con su militar cariacontecido que expulsa a los extranjeros con solo una mirada. Dentro, miseria y desesperación. Fuera, miseria, desesperación y envidia.

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