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Los niños perdidos

A finales de 2012 Atta Ullah abandonó su miserable choza del bloque D y se despidió nervioso de su padre, Sultan. Miró con indiferencia el cartelito escrito a mano que diferenciaba su cuartucho de los demás cuartuchos del campo de refugiados de Leda, al sur de Bangladesh: habitación 191. En su interior se debatía una lucha: la del que odia el lugar, la del que tiene miedo de abandonar el lugar. Porque el lugar es una miserable habitación, la 191 del bloque D de un insalubre campo de refugiados abandonados a su suerte al sur de Bangladesh: sí, miserable y todo lo que quieras pero su hogar al fin y al cabo. Con su esterilla mugrienta, con sus paredes de bambú y cartón y los techos de plástico sujetos con piedras y palos, con los recuerdos de juegos infantiles, de insectos en la comida, de tu padre frustrado y cabizbajo, de tu madre preocupada porque el arroz escasea.

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Ese es tu hogar, piensa Atta, ese es Sultan, tu padre, ahí están tus hermanos, aquel rincón era tu rincón cuando jugabas con un trozo de madera en el suelo. ¡Y al tiempo qué triste llamar hogar a este miserable cuartucho que se inunda con las lluvias y que es un horno bajo el sol! Al menos no estarás solo, te animas mientras bajas la cabeza ante tu padre, manoseas una pequeña bolsa con tus pocas pertenencias. Contigo irá Janialam, el hijo de Hussain, y Anayed, Kashim y Abusoyed. Seguro que Anayed está nervioso despidiéndose de su padre, Munaf, con lo que cascarrabias que es el hombre. ¡Y qué decir de Kashim! Su padre, Abdullah, nos echaba a patadas de la puerta de su cuartucho cuando éramos chiquillos porque hacíamos ruido. Dice Kashim que seremos dieciocho vecinos del campo de Leda los que embarcaremos en la playa. Mejor, las caras conocidas siempre ayudan a llevar con calma la travesía.

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En la playa los pescadores nos meten prisa con dureza y nerviosismo. No quieren que aparezcan los militares que patrullan últimamente con más celo de lo debido. Parece que las mordidas no surten ya el mismo efecto y se inmiscuyen con más virulencia que antes. Meten mi bolsa de cualquier manera en la barca que nos enlazará con el mercante en alta mar. Tan descuidados que se ha mojado con el agua del fondo y Janialam recibe un manotazo cuando les pide cuidado con sus cosas: mejor callarse. No hay luna y la oscuridad es total. Escucho la respiración agitada de Janialam, de Abusoyed, de Atta. De todos. Mi corazón quiere salirse del pecho por la boca y la cierro para evitar que se me escape y que me siga entrando espuma de agua salada. Tengo la ropa empapada y la humedad en la bolsa ahora es lo de menos. La oscuridad me impide saber quién da las órdenes en el barco y sólo la luz de una débil lámpara me permite distinguir la forma de la nave. Allá vamos.

Barco de pescadores en el río Naf, al fondo las costas de Myanmar

Apenas puedo moverme y una pierna comienza a entumecerse. De pronto: un grito. Allá lejos veo una luz oscilante: es el mercante que nos llevará a Malasia. Por fin. Mientras subo por un cabo espoleado por los gritos de arriba y de abajo me fijo en que no estábamos solos en el mar. Hay más barcas de pescadores. Y todas traen gente. Arriba nos cuentan antes de meternos en la bodega, apiñados y sin espacio ni para respirar. Ciento sesenta y seis, escucho decir a un marinero con muy malas pulgas. Eso es mucha gente, creo que con la mitad ya estaríamos incómodos en esta bodega medio inundada que apesta a humanidad y a gasoil.

Fuente: Ministerio de información de Myanmar

No sé cómo aguantaremos hasta Malasia porque son casi cuatro mil kilómetros pero llegaremos, te dices, os decís, miras a tu alrededor y ves las mismas caras de desesperación, los mismos labios murmurar frases de ánimo mientras castañetean en la penumbra, el frío, el miedo, la incertidumbre. Pero, ¿qué más da? Tu presente es tan difícil que raro sería igualarlo. ¡Y no digo ya empeorarlo! No, te dices, voy a coger ese barco que me llevará a otro barco que surcará el océano Índico y me dejará en un país musulmán como es Malasia y allí encontraré trabajo y conoceré a una chica fantástica que se casará conmigo. Allá vamos.

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Los niños hallados

Zayed Jack, el refugiado de guerra que sueña con volver a ser periodista, termina de contarme la historia. A finales de 2015 Hussain mira distraido el cielo del campo de refugiados: hoy lloverá con total probabilidad. Instintivamente comprueba el techo de su miserable cuartucho, el número 125 del bloque D en el campo de refugiados de Leda, no se le vuelva a desprender. Y entre sus pensamientos aflora el rostro de Janialam, siempre tan digno, tragándose el llanto y los mocos mientras se despedía de su madre. ¿Estará bien? ¿Llegó sano y salvo? ¿O se hundió por el camino? ¿Qué fue de su hijo? Es una sensanción inenarrable esa de no saber qué ha sido de tu hijo, desconocerlo todo hasta el punto de ignorar si está vivo o muerto. Tal vez por eso haya crecido esa amistad con Kalu (pincha aquí para recordar su historia en este blog), tu vecina de enfrente, esa chiquilla a la que has visto crecer y en la que nunca reparaste hasta que llegó a tu cuartucho llorando porque su marido cumplía ya un año desde que se marchó a Malasia sin recibir una sola noticia. ¿Llegó?, te preguntaba, ¿estará bien?, te lloraba, ¿habrá encontrado trabajo?, se preguntaba, ¿habrá conocido a otra mujer?, se lamentaba. ¡Un año! Nosotros pronto cumpliremos tres, ¡tres años!, sin saber nada de Janialam y sólo nos queda encomendarnos a Allah porque sólo Él sabe.

Algunos de los desaparecidos nuevamente aparecidos y vueltos a perder

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Y entonces llega Sultan con la mirada extraviada. Viene acompañado de un muchacho al que llevo tiempo sin ver. Sultan balbucea algo: ‘están vivos’. ¡¡Están vivos!! ¡¡Alhamdulillah!! ¡¡Gracias a Allah porque sin su ayuda esto no sería posible!! Pero entonces, ¿por qué las lágrimas de terror de Sultan? El muchacho cuenta lo que sabe: nunca llegaron a Malasia, señor, me dice con respeto. Fueron interceptados en alta mar por patrulleras birmanas y desde entonces están recluidos en una prisión del estado Mon, en Myanmar. ¡Pero eso está lejos de aquí! Tal vez dos días en autobús desde la capital, Yangon, aunque habría que cruzar la frontera ilegalmente y eso es complicado. Tanto como vivir en un sitio en el que no te quieren y te hacen la vida imposible.

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Los niños vueltos a perder

Y entonces recuerdas que no eres, que no existes, que tu presencia es fantasmagórica en el lugar donde naciste porque tu propia vida está prohibida. Siempre ha estado difícil, a decir verdad, pero desde la ley de Ciudadanía de 1982 el gobierno de los militares de Birmania declararon inexistentes a los musulmanes del estado de Rakhine, o Arakan. Desde entonces no pueden tener documentos de identidad, ni trabajar, ni casarse, ni viajar de una población a otra. Tampoco pueden tener propiedades ni cultivar los campos ni vender los productos que trabajen porque no pueden trabajar. Desde entonces los musulmanes birmanos del estado de Rakhine han abandonado sus tierras por cientos de miles, muchos a Bangladesh, muchos a Tailandia, muchos a Malasia y muchos también a Indonesia y hasta las Filipinas. Y muchos también han muerto a manos de los militares birmanos y en brazos de las poderosas olas que el océano Índico regala a la meteorología mundial.

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Tal vez haya tantos bajo el cálido mar de los indios como en el miserable campo de refugiados de Leda, un campo a reventar con más de quince mil vecinos de los que ocho mil son niños y niñas y muchachos y muchachas que recorren sus resbalosas calles saltando sobre toneladas de basuras y que se esconden en un eterno juego del escondite entre cuartuchos inmundos y hediondas letrinas de puertas abiertas. Sultan y Hussain se funden en un sentido abrazo. ¡¡Están vivos!!, dicen mientras mezclan lágrimas, ¡¡pero qué vida es esa!!, se asombran al pronto, ¿¿pero qué vida es esa??, se preguntan desesperados porque están en una prisión de los mismos que te declararon inexistente y te prohibieron hasta beber agua y te expulsaron de tu país a palos y sin miramientos. ¡¡Y no puedes llamarlos por teléfono para que te expliquen si necesitan algo, si están heridos, si les tratan bien!! Porque, recordemos, no existes para la ley.

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Esta noche Sultan quiere recordar a su hijo y a los hijos de todos. Así que se reúnen a las puertas de su cuartucho y cuentan historias de mequetrefes mocosos que chapoteaban en los charcos del monzón. Hussain, el padre de Janialam, palmotea los recuerdos más graciosos, Munaf, el de Anayed Ullah mira la hoguera con ojos tristes, Abdullah apenas habla mientras recuerda cómo los echaba a patadas de la puerta de su casa cuando eran molestos chiquillos, Hakim Alí sólo tiene ojos para Abusoyed, su hijo perdido y encontrado y vuelto a perder. No están lejos pero para lo que es el caso, es como si estuvieran en la luna.

¡¡Están vivos!!

¿¿Están vivos??

 

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