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Las barbas de aquel abuelo destacan sobre la multitud. Son naranjas. El hombre camina ceñudo, enfundado en su kurta (esa especie de camisón islámico tan de moda en los países musulmanes), parece ensimismado. Lo detengo para fotografiarle y su rostro cambia: se ilumina. ‘¿Le gusta?’, me dice en inglés. Sí, le respondo, me parece un color genial. Sonríe complacido y mira al objetivo de la cámara. Quiere estar serio pero está feliz y se le escapa una sonrisita. Mientras disparo la cámara una mano se posa en mi espalda: es otro señor con la barba naranja. También sonríe y me avisa de que está ahí por si quiero otra foto. Y sí, quiero, claro, quién quiere dejar pasar esta oportunidad de fotografiar barbas naranjas y rojas…

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Un buen día el profeta Mahoma vio a su amigo Abu Quhafa con su cabeza como una planta con frutas y flores blancas (excelsa alegoría para las canas) y le dijo: ‘cámbialo y evita el negro’. Se me escapa el por qué de esta frase de Mohammed pero sí que quedó constancia en los Hadith, la colección de dichos del profeta, y que ha sido objeto de sesudos estudios a lo largo de siglos por parte de los eruditos sunitas con un desconcertante resultado: ‘resulta odioso teñirse los cabellos blancos de negro (excepto si existe una razón válida como, por ejemplo, asustar al enemigo del Islam)…

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Al parecer el mismísimo profeta Mahoma se teñía el pelo de rojo o naranja, lo que hace que un buen musulmán no se tiña el pelo de negro. Claro que si lo haces con mala fe, por ejemplo engañar con la edad a una mujer para casarte con ella, entonces la henna se vuelve haram, o prohibido, y se te cae el pelo (figuradamente). Unos antecedentes que nos señalan la evidencia de que este producto proviene de Arabia vía la India aunque las barbas rojas alcanzan su máxima sublimación en este golfo de Bengala.

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Es tan fácil encontrarse estas barbas entre los más viejos como difíciles son de verlas entre los más jóvenes (y es que los jóvenes no tienen canas que ocultar). Tanto que a los abuelos en Bangladesh se les conoce como la generación naranja y nos retrotrae a una época en la que la henna (que aquí se llama mehndi) y el Islam estaban más relacionados. Dicen que una de cada cinco mayores se tiñe el pelo de este llamativo color naranja, un naranja que resulta irresistiblemente fotogénico para una cámara. Erguido sobre la barquichuela que le cruza el contaminado río Buriganga un señor mece su melena cuidadosamente peinada hacia atrás mientras le brillan sus barbas rojas al sol. Tienen algo de hipnótico esas barbas en las que el tiempo dibuja tonalidades complementarias y nos regala rostros coloridos que parecen arder en perennes llamas…

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Me fijo entonces en las enrevesadas patillas, los bigotes imposibles, las barbas que relucen al sol. Si el mismo profeta Mohammed, (alabado y etcétera), se teñía el pelo de henna parece lógico que la práctica haya permanecido entre los más píos de las generaciones más antiguas, sobre todo en la época del Ramadán, y sobre todo también los que han realizado el Haaj, o el peregrinaje a la Meca.

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Hay quien se aplica henna por pura coquetería, se ven hermosos y sonríen con placer ante mi cámara cuando les digo que me llama la atención ese naranja tan brillante. ‘Nos gusta más una barba naranja que una barba gris’, me dice un comerciante de Dhaka, ‘no hay nada de raro en esto’, concluye con una amplia sonrisa. También están los beneficios capilares: ‘evite la caída de su cabello con esta henna’, reza la etiqueta de la henna en un centro comercial. Entre los bengalíes campea la convicción de que la henna tonifica el cabello y evita su caída y si encima te oculta esas canas, pues mejor. Para otros además evita que se le acerquen los mosquitos, reduce el sudor y previene enfermedades de la piel.

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Los juristas del Islam, en cambio, no la permiten en manos ni pies de hombres para no imitar a las mujeres, que lo usan para embellecerse (una belleza meramente contemplativa porque esos mismos juristas prohiben a la mujer que utilice la henna para atraer varones). Claro que los jóvenes de Bangladesh se miran esas cabelleras tan pobladas y oscuras y piensan que les quedan muchos años para colorearse la cresta así que pasan ampliamente de los consejos religiosos y se divierten como lo hacen las muchachas: con risas y henna.

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Por su parte, las muchachas siguen a lo suyo, aplicándose esa plasta sobre manos, brazos y pies (donde la piel es más clara), como lo hacen desde Marruecos hasta las islas Maldivas, una forma de belleza de las más extendidas del planeta. La henna, o aleña, es el tinte natural proveniente de las hojas secas y machacadas de un arbusto llamado Lawsonia que se mezclan con aceites hasta obtener una pasta verde parduzca que es la que luego se aplica sobre la piel formando enrevesados dibujos. O bien, regalándonos espléndidas cabelleras y barbas rojizas que brillan como llamas de fuego…

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