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¿Cómo puede ser que un país que apenas ocupa un tercio de la superficie de España albergue una población que roza los 170 millones de habitantes pero al tiempo disponga de espacio suficiente para un gran parque natural? Supongo que con algún equilibrio siempre amenazado por la continua expansión de la población. Pero el parque de la vida salvaje de Teknaf, el único parque natural de Bangladesh, parece sucumbir a una amenaza añadida. A la presión de sus vecinos se ha unido la presión de otros vecinos venidos del otro lado del río Naf, que separa la frontera sur de Bangladesh de la de Myanmar, unos vecinos desesperados porque el gobierno de su país los ha descatalogado de la raza humana y ahora vagan sin residencia ni existencia. Al menos en el lado bengalí no los matan (o no los matan tanto) y pueden residir. Aunque siguen sin existir porque el gobierno de Bangladesh sólo reconoce a 29.000 de estos refugiados y deja a casi diez veces más sin existencia. Aunque sí residencia porque los desplazados vagan por el sur del país, se entremezclan con la población local o viven en cochambrosos campos de refugiados. Pero, como decía, aunque sí residen de facto no existen de iure así que tienen que ingeniárselas para seguir existiendo. Y por sus propios medios, porque al no existir no tienen acceso al mercado laboral, a la sanidad habitual (sea eso lo que sea para un bengalí medio) y a la educación.

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Pero comer, comen. Y un techo necesitan. La primitiva solidaridad de los vecinos bengalíes (ya saben: son musulmanes como nosotros, vienen huyendo de un ejército opresor, son seres humanos) se deterioró conforme los desplazados no dejaban de llegar (ya saben: apenas tenemos qué comer nosotros cómo quieren que compartamos, se involucran en negocios sucios, sus costumbres son distintas). Denegada su existencia pero sin amenazas graves de perder sus residencias, los rohingyas se esparcieron por donde pudieron. Algunos, como decía, entre los vecinos de los poblados. Otros en campos de refugiados, y muchos en campos de refugiados que no existen pegados a campos de refugiados que sí existen. Pero los que llegaron al sur también entraron en un hermoso enclave de más de 11.000 hectáreas, el parque natural de la vida salvaje de Teknaf, el único del país, como dije al principio, algunos en pueblos de su interior, otros en campos improvisados.

El río Naf, al fondo Myanmar, de donde huyen los rohingyas, a este lado de la orilla Bangladesh

Y todos tenían un mismo objetivo.

Lo primero, satisfacer las necesidades básicas. Refugio, comida, bebida. Pero nada de eso es sencillo, sobre todo si no existes. Los rohingyas tienen la suerte, o la desgracia, de llegar a Bangladesh a través de un río ancho pero no infranqueable: el río Naf, que sirve de frontera. Un río que en su parte bengalí da a parar a un hermoso parque natural conocido como Santuario de la Vida Salvaje de Teknaf, (toma el nombre de la principal ciudad de la zona). Un parque por el que deambulaban elefantes salvajes, serpientes pitón, 286 especies de pájaros, ocho tipos distintos de primates, gallos salvajes, cerdos silvestres, cervatillos y trece clases de anfibios. Por no hablar de las plantas. Dicen los expertos que crecen hasta 290 especies, bosque primario, selva húmeda y casi que sin explorar, un paraíso salvaje a orillas de un río y al borde mismo del mar Índico, el del golfo de Bengala.

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A las puertas del Santuario de la Vida Salvaje de Teknaf un cartel medio borrado recibe al visitante. De pronto aparece un ternero, silban las hojas de los árboles, el edificio del centro de interpretación de la naturaleza se yergue imponente a la entrada. Sin embargo, el centro de interpretación está en ruinas: el cableado asoma tras los desconchones de la pared, la exposición informativa tan sólo es visible a través de un cristal sucio, la cartelería arrumbada. Diríase que aquí comienza un parque nacional lleno de vida salvaje y que en según qué puntos ha sido domado para ofrecerlo al público. Un parque edificado con ayuda norteamericana y así lo deja bien claro la placa en la que se da fe de que el señor embajador de los EEUU de norteamérica sudó aquí lo mismo que sudo yo. En el listado de precios de la entrada se especifica todo: incluso el precio por rodar películas en el interior del parque. Sólo que cada día que pasa el parque se parece aún más a una ruina fantasmagórica. Según un estudio de tres grandes especialistas bengalíes en el mundo natural, Mohammed Abu Sayed Arfin Khan, Mohammed Salim Uddin y C. Emdad Haque, el parque, conocido como Teknaf Wildlife Sanctuary, agoniza. Y la culpa no la tiene nadie al tiempo que la tienen todos. Si difícil resulta ya hoy ver alguno de los treinta y cinco elefantes salvajes que se supone merodean por sus colinas, mucho más difícil resultará verlos mañana, y aún peor pasado mañana.

La papelera es el elefante más fácil de ver aunque con paciencia y un buen guía puede verse alguna familia en los puntos más remotos del parque

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Los expertos anteriormente mencionados, Mohammed Abu Sayed Arfin Khan, Mohammed Salim Uddin y C. Emdad Haque, se lanzaron a estudiar qué quedaba del único parque nacional bengalí y sus conclusiones son desoladoras. En 1980 el parque contaba con el 100% de su bosque intacto. Pero el primer gran desplazamiento de rohingyas ya asomaba (a finales de los setenta) y el goteo de refugiados sin nada pronto se convirtió en habitual. En 1990, el bosque intacto había caído al 55% debido a la presión migratoria y en 2010 tan sólo resiste el 8% del bosque original. El parque resiste el embiste, y la prueba es que en este país superpoblado aún queden elefantes salvajes correteando por ahí, pero agoniza y, lo que es peor, no se adivina un final. ¡En 25 años el parque ha perdido el 92% de su masa original!

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Porque, recapitulemos: el 100% de los rohingyas no tiene tierra pero necesita un espacio donde ubicarse: luego acota un terreno y lo habita. Si el terreno es parque natural o no, poco importa. Una vez delimitado tu espacio, necesita levantar una estructura a modo de vivienda, por muy miserable que sea: puede ser de bambú, de madera, de barro, de plástico. O de todo a la vez, que es lo más habitual. Luego necesitan material: cortemos unos árboles, dice alguno, recolecta cañas de bambú, dice otro. Cuando los desplazados son cientos de miles, que no caben en los núcleos urbanos ni en los campos de refugiados (porque ya están llenos), el bosque lo siente. Pero no se vayan: aún hay más. Los refugiados necesitan madera en forma de leña para calentar las noches frías, para hervir el agua, para cocinar, para bañarse. Leña que debe estar seca porque si no difícilmente arderá: por eso se la llevan seca y rompen la verde para que se vaya secando… Y además comen, luego necesitan frutas y verduras y huevos y animalillos a los que hincar el diente. Por si fuera poco, estos desplazados son campesinos de zonas remotas de Myanmar, desplazados sin derechos a sanidad ni a medicinas, luego acuden a los remedios tradicionales de sus pueblos y envían a los boiddah, los curanderos, a recoger plantas medicinales. Pero la recolección y la caza no se corresponden con unos asentamientos que no tienen nada de nómadas: deben pues cultivar alguna cosa que no esquilme por completo el supermercado del bosque: por eso cultivan algunos productos básicos que no casan con lo que es la selva primaria. Por ejemplo: el betel, una nuez que se mezcla con una hoja y sirve para mascar durante horas y horas y que te da un ligero sopor energético que se traduce luego en escupitajos rojos que engalanan los sucios arcenes bengalíes.

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Vendedores de betel, arriba la hoja, abajo la nuez de areca: se consume envuelta la nuez, una solución de cal y a veces algo de tabaco en la hoja de betel

Los estudiosos de los que hablaba antes, Mohammed Abu Sayed Arfin Khan, Mohammed Salim Uddin y C. Emdad Haque, investigaron la vida de dos poblaciones situadas en el interior del parque, las aldeas de Kerontoly y la de Lheda, la primera con casi un 90% de población rohingya, la segunda con alrededor de un 20%. Los resultados son descorazonadores y los recoge este libro, Life in locker, sobre el drama de los rohingya. En ambos municipios, situados (insisto) en el interior del parque, han desaparecido ya los gallos y gatos salvajes, los cerdos silvestres, los cervatillos. Ya no hay pitones, lagartos monitores, macacus rhesus, zorros, puercoespines, tortugas de barro. La tensión social aumenta entre los rohingyas desplazados y los vecinos bengalíes porque la escasez de recursos los separa aún más. Por las calles del campo de refugiados de Lheda se hace imposible andar si no es dando ridículos saltitos: acaban de traer leña. Necesitan muchos kilos de leña al día para mantenerse estas 15.000 personas. Al fondo del miserable poblado se levanta el bosque. Parece verde y salvaje. Pero no lo es, no es salvaje, si le silbas viene corriendo, por su espesura deambulan cazadores, recolectores, chamanes, agricultores. Han domesticado el bosque.

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