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El Father Benjamin quiere enseñarme su parcela, en una amplia finca al norte de Dhaka. ‘Tenga cuidado donde pisa que justo ahí ayer matamos una cobra’, comenta serio mientras doy un ridículo saltito y miro alerta las altas hierbas. El Father Benjamin habla sin coger aire mientras se abre paso armado con un paraguas verde, ‘no sea que nos coja un chaparrón’: parece cualquier cosa menos un curtido misionero con casi tres décadas de trabajo en el insalubre trópico del golfo de Bengala.

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Cuando Benjamín Gómez llegó a Bangladesh, a principios de los noventa, el país era indómito, desconocido, pobre. ¡¡Como si hoy no lo fuera!! En aquel entonces Benjamín Gómez no era aún el carismático Father Benjamin sino el Padre Benjamín, un joven javeriano del madrileño municipio de Ambite que soñaba con misiones desde que encauzó su carrera a lo espiritual. Incluso dirigió durante un tiempo las relaciones de la comisión episcopal con la prensa en lo referente a las misiones y lo suyo no era más que una cuestión de tiempo. Así que cuando tuvo la oportunidad se plantó en algún sitio donde el trabajo fuera menos fácil, más exigente, tremendamente exótico. Y encontró en Bangladesh el lugar idóneo para luchar contra los elementos. Cuando llegó apenas había nadie en la zona donde se instaló, a unos cien kilómetros al norte de Dhaka, ni siquiera había embajada de España en la capital, aunque todo cambia y el segundo productor mundial de ropa no puede menos que tener una representación del hombre más rico del mundo gracias a la ropa (sea quien sea…): España tiene ahora embajada, aunque sea conjunta con los Países Bajos y sospecho que el madrileño ha tenido algo más que ver que la propia Inditex…

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Afortunadamente no vino solo y desafortunadamente la compañía no le duró mucho. El padre Benjamín entorna los ojos y ve fantasmas que sólo él puede ver. ‘El padre Tonino’, murmura recordando a su compañero de aventuras, ‘el padre Tonino’. Y ese es el nombre que marca su recorrido: el padre Tonino. Otro javeriano, como él, un italiano que también soñaba con misiones y con extender la palabra del evangelio al infinito y más allá. Pero el padre Tonino quiso ser tan pobre como los pobres. ‘Era tan espartano que dormía sin mosquitera’, cuenta el padre Benjamín, ‘y cogió la malaria cerebral’. Duró tan poco que el traslado resultaba inviable y murió en una tierra a la que aún se estaba aclimatando. Pero dejó sembrada su semilla en forma de Benjamín Gómez, polifacético e incansable: tanto que me esfuerzo por cogerle el paso pero siempre me lleva la delantera…

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El father Benjamin entorna nuevamente los ojos y ve su futuro: ‘ya he dado orden de que me entierren aquí cuando muera’, dice rotundo descubriendo que su país de acogida será también su tumba. ‘El traslado de un cuerpo es carísimo, hace falta un sarcófago especial que aquí sólo tiene la embajada norteamericana, tampoco me espera nadie en España: ya he cedido mi herencia a mi hermana y a mí me enterrarán aquí’. Es lógico, pienso, esta ha sido su casa en los últimos veinticinco años, habla el idioma local, mezclado con frases en inglés y algún que otro taco en castellano, sus amigos son locales, su obra se adivina tras cada árbol, en los edificios en construcción, en los colegios acabados, en el porche de su casa. ‘Ha costado hacer todo esto’, dice flemático mientras el jardín invita al paseo y a la calma. Y ‘esto’ es un complejo con decenas de escuelas, un hospital, cientos de viviendas para gentes sin recursos. ‘Y ha costado porque no sólo hay que construir, con lo que eso agota, sino que hay que luchar contra las mafias locales, que siempre piden una propina, que te roban trozos de terrenos, falsifican escrituras o te obligan a contratar a su gente bajo la amenaza de reunirlos a todos ante las puertas de tu casa para protestar porque no tienen trabajo…’. No en vano Bangladesh es el vigésimo quinto país más corrupto del mundo, según Transparencia Internacional (pincha aquí). No es, además, el primer misionero español que conozco en un lugar francamente difícil: pincha aquí para recordar al padre Max en Mindanao.

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‘Le muestro esto’, dice con cierta desgana mientras me conduce al terreno trasero a la vivienda, ‘pero tenga cuidado donde pisa porque ahí mismo matamos ayer una cobra’, me dice como el que encuentra hormigas en la cocina. Aún con la mirada extraviada en busca de serpientes mortales me asalta un olor sospechoso. ¡¡Una pocilga en un país islámico!! A modo de isla en mitad de su parcela se levanta una pequeña pocilga con cinco cerdos que gruñen felices mientras chapotean en un gran charco. ‘Son la donación de un empresario español’, comenta mientras ve que mi atención se desvía de la piara a un cartel alusivo a un equipo de la liga española. ‘No me saque fotos de eso que me la van a liar’, me pide el father Benjamin mientras río para mis adentros porque el empresario debe compartir mi forofismo futbolero…

Father Benjamin ante la, posiblemente, única pocilga de Bangladesh…

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‘Vea cómo son mis vecinos que ahí vive una señora con sus hijos y nunca le hemos negado nada’, comenta mientras señala la finca colindante, ‘pero descubrimos que durante la noche enviaba a sus hijos para robarnos cosas, y no una vez sino muchas y no hacía caso de nuestras quejas, a pesar de que les mantenemos prácticamente con comida y tal’. El father Benjamin ideó una estrategia exitosa: ‘llené ostentosamente varios cubos con excrementos de cerdo, procurando que me viera, y lo esparcí por toda la valla de separación’. El padre Benjamín se ríe por lo bajini, como un niño travieso, ‘y ya no han vuelto a robarnos nada…’. Los cerdos gruñen apacibles en su montón de barro, ajenos al islamismo del entorno. El padre Benjamín mira los cerdos, casi jabalíes para ser sinceros, mientras hace cálculos: con cada uno sacará carne para dos meses, dice, ‘tienen que criar más, aquí la carne de cerdo es imposible de encontrar’. El padre Benjamín mira una lona bajo la que se esconde una gran carga de arroz: ‘nos la robaban unos trabajadores pero los descubrimos y nos la han devuelto: aquí hay arroz para dos años’.

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El father Benjamin tiene un aire a un Jesús Gil del trópico, su camisa abierta hasta su prominente panza, su verborrea incansable y amena, sus ‘y tal’. Pero si en algo se parece al nefasto difunto es en su energía inacabable. Lo mismo me muestra un estanque lleno de peces para el consumo de su colegio que subo escaleras arriba para conocer las aulas llenas de ordenadores antiguos que algún empresario textil donó para limpiar conciencias, que descubre un tractor, ‘de una empresa de ropa’, luego una serie de baterías especiales que dan una luz blanca, paneles solares que sólo ofrecen una pálida luz amarilla, sillas de árnica, obras de un edificio nuevo, edificios sin obras, patios, una piscifactoría a prueba de aves ladronas, huertos, jardines. Convertido a fuerza de necesidad en un contable, que a veces oficia misa, el padre Benjamín es todo un personaje y el corazón que late en la comunidad cristiana de Bangladesh. Lo mismo me lleva a un terreno cercano donde construye otro colegio para niñas que supervisa las obras de un edificio donde piensa ubicar no sé qué cosa.

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Durante un cuarto de siglo ha construido un hospital, decenas de colegios y cientos, tal vez miles, de casas, y ha pasado de vivir en un enclave selvático y abandonado a sentir el aliento del progreso bengalí. ‘Antes aquí no había nada, solo gente muy pobre, indígenas adivasis que vivían de recoger leña y sembrar arroz, nada más’. Ahora la cosa ha cambiado. ‘Hay industriales italianos, catalanes, me encuentro gente de Getafe o de Alcorcón’, el entorno cambia y las mafias locales aprietan aún más a sus paisanos. ‘Nadie tiene escrituras de propiedad, aunque lleven viviendo generaciones, y las mafias les echan de las tierras para levantar más fábricas’. Fábricas de todo tipo, desde cerámica a ladrillos, pero sobre todo textiles. ‘Les pagan una mierda’, dice abruptamente, ‘y encima me piden que les envíe gente porque les duran poco… ¿cuánto esperan que permazcan si los tratan fatal y encima casi no les pagan?’.

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Su energía es inagotable y aún le queda tiempo para tener sus diferencias con las hermanas de una congregación cristiana vecina. Pero padre, si en este país los cristianos son cuatro monos, le digo, ‘sí’, responde, ‘pero cuatro monos mal avenidos’… Todo se me antoja una tarea de proporciones bíblicas: ¿cómo luchar contra esa corrupción? ¿para qué lucha un misionero cristiano por un montón de gentes que ni siquiera son cristianos? ¿para qué luchar contra las singularidades culturales que atrapa incluso a los inconformistas? ‘Los matrimonios concertados, por ejemplo’, dice el Father, ‘hace poco tuvimos un conflicto a cuentas de una chica que estudia aquí y que es un portento, muy inteligente, se esforzaba mucho, aprendía todo lo que se le ponía por delante pero un día llegó el padre y con trece años dijo que la había comprometido y que se le llevaba…’ La lucha debió de ser épica: el ‘es mi hija’ contra ‘es mi alumna’, y no me cabía duda del resultado final. ‘Se quedó pero la relación con los padres resultó muy deteriorada porque le habíamos chafado un negocio’. Porque las niñas son una carga y un negocio del que sacar al menos una dote.

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‘Se reproducen como moscas’, contesta cuando le digo si se siente presionado por la increíble población creciente de Bangladesh. ¿Son ya ciento setenta millones? ‘No’, responde, ‘cuando lleguemos a los ciento setenta millones dicen que estallará una guerra y se matarán entre ellos’, dice enarcando las cejas, ‘lo único que podemos hacer es trabajar y rezar’, para acto seguido abrir mucho los ojos y preguntar alegre, ‘¿un gin tonic?’. ¡¡Sí, por fin, un gin tonic en un país estrictamente musulmán y encima en ramadán!! El Father Benjamin tiene algo de aquel San Manuel Bueno Mártir, el cura de Unamuno que había perdido la fe pero no podía volver atrás. No digo que el Father la haya perdido pero sí que ya no es Benjamín Gómez, el joven con ansias misioneras y él mismo parece sospecharlo cuando me dice aquello de ‘la Iglesia me tiene ya por perdido pero es que hago tantas cosas…’.

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