Este post se ha leíd2110veces

DSC_9666 2-imp
DSC_9626 2-imp
En la eterna semipenumbra de los bajos de un edificio desvencijado y gris del centro de Dhaka, la capital de Bangladesh, cosen sin respiro decenas de sombras. Son sombras sonrientes, cansadas porque llevan trabajando muchas horas y cada minuto que pasa les hace más largo el trayecto, pero sonrientes porque hoy les visita de pronto un extranjero occidental, un hecho rarísimo según me cuentan, y sonrientes también porque al fin y al cabo no trabajan en las enormes fábricas del norte de la ciudad, donde las condiciones están más cerca de la esclavitud que de otra cosa. Con total seguridad usted que me lee viste ahora mismo alguna prenda fabricada en Bangladesh y, quién sabe, cosida por alguno de estas sombras sonrientes que me rodean, en cuclillas, sentados en el suelo, en banquetitas. Porque Bangladesh parece vivir exclusivamente para confeccionar ropa, desde vaqueros y camisetas a zapatos y camisas, desde fulares y chemises a cualquier cosa que uno pueda ponerse en el cuerpo.
DSC_9654 2-imp
DSC_9624 2 (1)-imp
La Gran Industria Patria ha lanzado a la calle a millones de braceros dispuestos a perder la pestaña ante una antiquísima máquina de coser y ante verdaderas montañas de telas por moldear. Mohammed se levanta del suelo y me abraza efusivo mientras vigilo sus intenciones porque veo en sus manos unas enormes tijeras que se pierden en mi espalda… Pero Mohammed responde a la media del bengalí: amable, simpático y servicial. ‘¿Quiere un té?’, pregunta y responde por mí, ‘por supuesto que quiere un té’…

Mohammed me invita a un té

 DSC_9628 2-imp
Nadie sabe muy bien cuántas fábricas textiles hay en Bangladesh y tan sólo existe una estimación general: entre 5.000 y 6.000. El margen de error es grande, mil más, mil menos, pero se justifica en un país que es tan pequeño como habitado (casi ciento setenta millones de habitantes en un tercio de España) y en el que te encuentras gente cosiendo en los rincones más insospechados. Los bajos de los edificios del centro de Dhaka están parcelados para que los sastrecillos valientes confeccionen vaqueros. El norte de la ciudad de Dhaka está repleto de horribles edificios que ya desde la calle se presumen diáfanos y amueblados con largas mesas repletas de sastrecillas valientes, fábricas donde no importa que haya o no haya sol porque están abiertas ininterrumpidamente, con turnos que cubren las veinticuatro horas del día.

Las fábricas del norte de la ciudad son edificios horribles en los que se adivinan las factorías textiles con sus luces fluorescentes encendidas a todas horas

DSC_9865 2-imp
En Chittagong están también por las afueras y su puerto, el más importante del país, es un incesante devenir de grandes barcos cargados de contenedores repletos a su vez de ropa. ‘Es un puerto extraño’, me comenta un español que trabaja para una firma de ropa española en Dhaka, ‘porque los grandes cargueros no pueden entrar en el interior del muelle por falta de calado así que hay que fletar la ropa en barcos más pequeños que luego hacen el trasvase a los grandes cargueros en alta mar’. Ropa. Por todas partes.
DSC_9645 2-imp
DSC_9615 2-imp
Cuando cae la tarde en Chittagong aparecen ejércitos de muchachos empujando carros de madera con pirámides de ropa barata, toda falsa. Las multitudes entran entonces en los centros comerciales, donde se vende la ropa de marca, toda verdadera. Tan verdadera que las etiquetas muestran el dinero en euros aunque aquí nadie haya visto un euro en su vida. El precio que pago en la caja no tiene nada que ver con el precio que consta en la etiqueta: pago dos euros por lo que pone quince. ‘Es ropa de marca’, me dice la cajera con una sonrisa. En los bajos del edificio del centro de Dhaka un puesto resulta especialmente colorido: vende marcas… Veo D&G, veo Levis y John Baner, las etiquetas de marcas chillan sus colores ante mi cámara y la señora que los vende las maneja como oro en paño. Esos pantalones de allí pueden costar 25 euros, o lo que es lo mismo: la mitad del sueldo de la sombra de aquel sastrecillo valiente…
DSC_9649 2-imp
DSC_9658 2-impDSC_9659 2-imp
Es ropa de marca, pienso mientras leo que el 80% de las exportaciones de todo el país son textiles. O dicho de otro modo: fuera del comercio textil, apenas hay nada más. Según este informe de Human Rights Watch (pincha aquí)  las condiciones de seguridad son malas, los abusos laborales y sindicales están muy extendidos y las amenazas violentas, e incluso agresiones físicas importantes, forman parte del contexto habitual. Sin mencionar las horas extras impagadas, los horarios reglados que no se cumplen y los sueldos que se dan con cuentagotas. ‘Siempre están buscando personal’, me comenta el padre Benjamín, un religioso javeriano establecido en Bangladesh hace ya veinticinco años, ‘a veces se acercan hasta aquí para pedirme que les envíe gente pero no lo hago porque sé por qué les duran tan poco: los tratan como a animales y encima les pagan una miseria’. Las exportaciones suponen a este paupérrimo país más de 24.000 millones de dólares anuales, una fortuna que pasa por delante de las narices de unos trabajadores que no logran cobrar más de 68 dólares al mes (y esto después de pelearlo mucho porque hasta 2014 sólo cobraban 39 dólares mensuales…).
DSC_9616 2-imp
 DSC_9646 2-imp
DSC_9662 2-imp
La tragedia del Rana Plaza, en abril de 2013, donde murieron más de mil cien personas en el incendio de la fábrica en la que trabajaban cuando los dueños del local cerraron las puertas para evitar que se escaparan fue un toque de atención que atrajo la curiosidad de todo el planeta. Una atención misteriosamente distraída porque los dueños del cotarro no están en Dhaka: hablamos de GAP, de Mango, de Zara, marcas conocidas mundialmente que encuentran aquí un campo abonado para producir sus diseños con precios competitivos. Para ello disponen de una industria con cuatro millones de trabajadores (casi la mitad de todo el trabajo industrial del país), el ochenta por ciento mujeres, que confeccionan ropa a una velocidad frenética en lugares de dudosa salubridad. El sesenta por ciento de esa ropa terminará en Europa mientras que el otro cuarenta por ciento irá a los EE.UU. Y con todo esto, Bangladesh tan sólo es el segundo productor mundial: le gana China aunque los expertos creen que terminará por sobrepasarla en los próximos años.
DSC_9644 2-imp
DSC_9634 2-imp
DSC_9661 2-imp
Tanto depende Bangladesh de la industria textil que tiene un sinfín de universidades dedicadas a este tema: ingeniería textil, tecnología textil, ciencia textil, moda y tecnología, tecnología creativa, diseño, manufactura… En el patio de la embajada alemana se reúne parte de la comunidad española, casi toda dedicada al mundo textil. Una joven gallega confiesa estar sobrepasada por el caos del país. ‘Antes trabajaba en París pero me ofrecieron venir a diseñar los productos directamente aquí y me vine pero no sé lo que aguantaré…’ Las calles son caóticas, el loco festival de claxon permanente y el sonido de fondo de los sonorísimos escupitajos resulta sobrecogedor. ‘Y que tardo más de dos horas en llegar a mi trabajo, me paso horas metida en un atasco’. Sin embargo, es rentable. Resulta rentable para las empresas internacionales, que acuerdan recibir ciertas cantidades de ropa de las grandes fábricas, las que están en los suburbios del norte de Dhaka, en Savar y Tongi. Resulta rentable para las pequeñas empresas, o más bien minúsculos talleres que se establecen en cualquier parte para producir ingentes cantidades de prendas con las que abastecerán también a las grandes fábricas. Toda ropa es poca.
DSC_9630 2-imp
DSC_9635 2-imp
DSC_9656 2-imp
Mohammed me enseña su taller: apenas tres metros cuadrados con grandes montañas de vaqueros. Cose sin parar junto a un empleado y me invita a un té mientras me mira como el que ve a un marciano. En ese cubículo pasa nueve horas diarias, a veces diez, muchas más veces incluso doce. No gana más de diez o doce dólares a la semana pero al menos no tiene a nadie gritándole o impidiéndole ir al baño cuando tiene la necesidad. Tras la tragedia del Rana Plaza los sueldos subieron un setenta por ciento, que parece mucho pero que ha dejado el sueldo medio en esos 68 dólares mensuales que mencionaba antes. Pero sobre todo la tragedia dejó una amenaza: si los salarios siguen subiendo, las grandes fábricas buscarán otros horizontes y los cuatro millones de empleados, con sus muchos más millones de familiares dependientes, se quedarán sin nada. ¡Horror!, debió de pensar el gobierno al imaginarse la caída de las importaciones. ¡Horror!, debieron de pensar los sastrecillos cuyas sombras sonrientes se deslizan por las penumbras de los bajos del edificio del centro de Dhaka. Horror porque la realidad del día a día es agotadora. Pero la alternativa es la nada más absoluta y eso les horroriza aún más. En las oficinas de las grandes marcas de ropa de occidente, curiosamente, la sensación de horror se diluyó entre cuadros excel: las cuentas vuelven a cuadrar, los beneficios merecen la pena. Bangladesh seguirá siendo un enorme taller de costura….
DSC_9664 2-imp