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Kalu es una cría pero ya tiene cuatro hijos, un cuartucho inmundo en un campo de refugiados y un marido que lleva un año sin decir ni pío. Se embarcó rumbo a Malasia, me cuenta, porque la situación alcanzaba cotas de tragedia, sin nada que hacer, sin nada que comer, sin ningún futuro que darle a sus hijos. El riesgo es importante porque los roginyas, que es la etnia más perseguida del planeta, no tienen derechos en su tierra de origen, Myanmar (la antigua Birmania), pero tampoco tienen derechos en su tierra de acogida, Bangladesh (una de las naciones más pobres del mundo).

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Kalu a las puertas de su casa en el campo de refugiados de Leda, al sur de Bangladesh

Después de siete años en tierras bengalíes y de una desesperación que se iba sumando a otras desesperaciones, el marido de Kalu contactó con una de las muchas mafias que prometen llevarte a los países del otro lado del arco índico, Tailandia, Malasia, incluso Indonesia. Allí habría trabajo, le dijeron, podrás enviar dinero a tu familia, poco a poco la situación mejorará, sólo tienes que esforzarte.

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Estos son los barcos de los pescadores bengalíes que trasladan, según los roginyas, a los inmigrantes a barcos nodriza en alta mar

Y el marido de Kalu reunió dinero para pagar a las mafias, dejó a deber otra fortuna que pagaría con su trabajo, y se embarcó. Me cuenta mi amigo Ansar que los roginyas llegan de noche a la playa de Teknaf, suben a bordo de barcos de pesca, que son de un exotismo insoportable, y se adentran en el mar hasta encontrar grandes cargueros desvencijados y a medio hundir que los llevarán al destino prometido. Cuentan los medios de comunicación que el destino prometido no se parece en nada al destino prometido y que muchos de estos inmigrantes desesperados acaban en campos de concentración, vendidos como carne esclava, asesinados en el sur de Tailandia y enterrados en fosas comunes, o en el norte de Sumatra, asustados y empequeñecidos.

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Eso los que tienen suerte: los que no, mueren ahogados en barcos que se hunden sin que nadie se entere, o mueren de hambre o de enfermedades en el interior de las bodegas de esos cargueros que deberían ser pasto de desguace y no de un capitán sin escrúpulos que hacina cientos de cuerpos en unas condiciones inhumanas, sin poder levantarse durante días ni siquiera a estirar las piernas. O a comer. O a orinar. O a cagar, si es que se me permite semejante ordinariez. Porque los inmigrantes roginyas, como cualquier hijo de vecino, comen y beben y cagan.

Bodega de un barco cargado de inmigrantes rohingyas (foto del Ministerio de Exteriores de Myanmar)

El marido de Kalu, como la misma Kalu, huyó de Myanmar porque el gobierno birmano no acepta a los musulmanes como ciudadanos por ley, concretamente la Ley de Ciudadanía de 1982, un contratiempo que les obliga a huir como sea y a donde sea. En primer lugar, a Bangladesh, el país vecino donde son tan pobres que sólo pueden compartir miseria. Luego a echarse al mar en busca de algo que hacer y de un futuro que les ilusione, porque en Bangladesh no pueden trabajar porque tampoco existen. Por último, en un país lejano donde tampoco existen pero tienen la vana ilusión de trabajar ilegalmente en algo que les aporte un sueldo de miseria para poder enviar unas monedas a su familia. Claro que en todo este proceso algo puede fallar y tú, que esperas pacientemente a las puertas de tu casa, no enterarte jamás.

¿Llegó tu marido al mercante? ¿Sobrevivió al trayecto en una bodega hacinada? ¿Pasó hambre, pasó sed? ¿Pudo estirar las piernas? ¿Sobrevivió al campo de concentración tailandés? ¿Encontró trabajo en Malasia, o en Indonesia? ¿Está trabajando y ahorrando dinero para enviarme? ¿Habrá sobrevivido a todo eso pero ahora ha conocido a otra mujer y ya no quiere saber nada de su esposa, de sus cuatro hijos, de su inmundo cuartucho en un campo de refugiados perdido en uno de los países más pobres del mundo? Kalu Begum no sabe nada, sólo espera paciente. Pero algo le huele mal: hace un año que no tienen noticias de su marido. ¿Cuánto más debe esperar?

¿Y qué alternativa tiene?

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