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Sobre el tejado de un bloque de apartamentos se desarrolla un partido de cricket. Parece algo raro pero no lo es. Sobre el tejado de otro edificio de apartamentos se desarrolla otro partido de cricket. Y allí hay otro más. Extraño escenario para semejante deporte. A ras de suelo, Dhaka, la capital de Bangladesh, es insufrible. Los atascos son kilométricos, los vehículos acumulan décadas y rayones, la contaminación es intolerable, las aceras apenas existen, el calor te ahoga, las multitudes te aplastan y, como si fuera poco, la ciudad no es precisamente hermosa. La suciedad se acumula por doquier, los hombres orinan en cualquier sitio, toneladas de basura se pudren bajo el sol, al concierto de pitidos y motores broncos se une el ritmo vital del sonoro escupitajo (toda una institución aquí).

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Sin embargo, en las alturas todo es diferente. Se respira paz, se respira placidez, incluso podría decir que se respira aire. La ciudad sigue siendo un terrible marasmo de sombríos edificios de colores apagados, una metrópoli abarrotada y superpoblada de la que nadie acierta a decir una estimación oficial: según el último padrón, de 2013, Dhaka está en 14.5 millones de habitantes. Según cualquier vecino, súmele al menos cinco millones más a la cifra del gobierno. Sea como sea, insisto, en las alturas se respira paz, tranquilidad y aire. Y deporte…

Y no cualquiera sino cricket, la pasión nacional…

 

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Porque el cricket se vive en los campos, en los parques y jardines, en las explanadas y hasta en canchas. Pero cuando queda lejos, qué mejor que subir al tejado con cuatro colegas y montarte un partidito. Así sea en un piso doce, en un veinte o en un trescientos. El cricket es parte del ADN local desde que los ingleses lo trajeron cuando dominaban la región. Sabe Dios quién fue el primero que lo jugó pero no hay bengalí que no lo disfrute y la imagen de niños con sus grandes bates en los parques sustituye a la occidental de niños montando porterías en descampados para jugar aunque sea con una pelota de trapo. El cricket se ha jugado siempre en el golfo de Bengala aunque los pobres bengalíes tuvieron que esperar hasta finales de 1999 para jugar su primer gran partido de liga y al año 2000 para entrar a formar parte de la Federación Internacional de Cricket. Desde entonces, el cricket es la pasión nacional y por eso se juega donde se puede. Y como las madres de todo el mundo coinciden en evitar cristales rotos y muebles deteriorados, siempre quedará el tejado…

Lo importante es que la pelota no caiga porque recogerla es volver al marasmo, a los atascos y a los pitidos, a los charcos, al caos más absoluto…

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