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Las orillas del río Buriganga, que atraviesa Dhaka como una cicatriz, ofrecen un colorido espectáculo: franjas de un verde intenso, franjas de un naranja agudo, franjas amarillas, rojas, azules. Las miro de lejos suponiendo que son hileras de ropa tendida al sol y me digo que quiero verlas de cerca. Así que me acerco, saltando entre montañas de basura, a través de una ribera resbalosa llena de detritus y bolsas de plástico, un río de aguas tan lentas y parsimoniosas como densas y sucias. Pero cuando llego al lugar, ¡sorpresa! No hay atisbo de trapos, ni de esas grandes sábanas que presumía ondeando al sol. ¡¡Todo es plástico!! Grandes bolsas de plástico, trozos diminutos de plástico, tiritas muy largas de plástico. ¡Pero ni una prenda recién lavada!

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Estoy en Old Town, como le dicen aquí, en la parte antigua, más concretamente en el sector occidental del barrio conocido como Islambagh, un trasiego de polvo y basura. O tal vez un trasiego de comerciantes y de negocios. O tal vez ambas cosas a la vez. El primer paseo por la ribera del río Buriganga produce algo así como un shock, las toneladas de basuras, las aguas del río que bajan mansas, la gente bañándose y lavándose los dientes, las barquitas que cruzan, montones de plásticos secándose en los ghats de las orillas y otros montones de plásticos sumergidos para su limpieza.
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Una vez se recoge el plástico por las calles, un plástico que suele estar lleno de basura, barro o sabe dios qué otras cosas, hay que lavarlos. Y hay que lavarlos a mano. Y cerca del barrio donde recogen plásticos hay un río. Dos y dos son cuatro en Bangladesh así que los recogedores de plásticos callejeros se van al río y lo lavan: nada más sencillo. Por eso nada es lo que parece en este barrio.

Hay tanto desechos por doquier que algunos tramos del río parecen más un mar de plásticos que otra cosa…

De hecho los secaderos de las riveras parecen una continuación mucho más estética del plástico que se acumula mugriento en las calles, en las orillas del río, junto a contenedores nauseabundos, por los suelos, desechos que aquí alcanzan un momento de hermosura y de belleza, aunque sean falsas…
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Las calles del barrio están repletas de pequeñas factorías que recogen todo ese plástico en bruto tendido al sol y lo reciclan. Una vez limpios se llevan a las polvorientas fábricas (por decirles algo) donde unas rudimentarias máquinas con afiladas cuchillas los reducen a pequeñas tiras. Ahí intervienen nuevos obreros, que pacientemente separan los trozos. Y no lo hacen de cualquier manera: lo hacen por colores. Estos muchachos separan pacientemente los trozos naranjas de los trozos verdes. Aquel de allí examina un pedazo gris y duda si ponerlo en la canasta de los blancos o en la de los negros. Una vez uniformados los colores, toca limpiarlos nuevamente para quitarles la suciedad (y se me antoja entonces imposible que la suciedad desaparezca de esta ciudad). Y cuando los montones tienen el mismo color (o más o menos), se les estruja y aprieta y se les da forma hasta parecer una masa de plástico uniforme. Entonces se introduce en grandes bolsas que irán a otra zona, a las fábricas de la zona conocida como Lalbagh, donde reciben los plásticos usados para elaborar plásticos nuevos.
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En Bangladesh no existe ningún modo oficial de recolectar el plástico usado. No hay contenedores específicos, no hay campañas públicas de concienciación ciudadana, los envases no tienen dibujitos sobre el reciclaje ni hay anuncios en la televisión (según la municipalidad de Dhaka, sólo se recoge el 42% de los residuos sólidos). Los vecinos de cualquier ciudad bengalí tiran los desechos donde creen oportuno, y normalmente no tienen un criterio muy definido.
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Ya he visto esto antes, me digo, en Colombia se desarrolló una clase social de estrato ínfimo pero muy útil para entender que la madre naturaleza siempre desarrolla soluciones a los problemas: allí se llaman ‘recicladores’ y son indigentes que recorren las calles en busca de plásticos, cartones y vidrios que luego cambian por unas monedas con las que subsistir (aunque normalmente les sirve para colocarse con basuko). Muchos son analfabetos pero han aprendido a diferenciar el número 3 (del PVC, policloruro de vinilo) del 1 (del PET, polietileno) y separarlos antes de entregarlos.
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En Bangladesh ha surgido la misma solución, la de los que recogen los desechos para darles una segunda vida (y llevarse unas monedas de paso). Por supuesto los que deambulan como zombies recogiendo plásticos, lavándolos y llevándolos de una fábrica a otra, los que se la pasan en cuclillas dividiendo los plásticos por colores, están a sueldo, es decir: trabajan para otros. O, lo que es igual, sobreviven a duras penas con los 100 takas diarios que cobran: es decir, y ya convirtiendo divisas: menos de un euro al día. En las fábricas el sueldo varía de 6 a 11 euros a la semana, según haya ido, con horarios leoninos de once horas seis días a la semana. Largas jornadas para un mundo, el del plástico bengalí, que también parece largo e inacabable. Me alejo mirando las largas franjas de colores: ya sé que son no ropa tendida. Más que nada porque cualquier prenda que se lave en este río debe de salir más sucia de lo que entró…
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Si quieres más información, en este video explican esta dinámica del reciclado de plásticos en Dhaka: http://mediathek.dfg.de/en/video-detail/the-city-of-5-million-episode-11-the-recycling-business-in-dhaka/