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‘Es un desastre, los abandonan permanentemente’. La hermana Kathleen se levanta de su siesta para recibirme en plena canícula de Chittagong y supera la modorra para contar una realidad terrible sin que parezca una queja. ‘Tenemos niños pequeños, desde apenas recién nacidos hasta los seis años’, me comenta sin siquiera preguntar mi nombre mientras muestra una habitación repleta de cunas metálicas. Son cunas antiguas, de hierro con desconchones, cunas que me traen al pensamiento películas igualmente antiguas de orfanatos y curas y cosas terribles.

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Aquí no hay curas sino hermanas pero sí cunas antiguas y también cosas terribles. ‘Tenemos treinta y cinco niños y niñas, la mayoría son huérfanos pero hay muchos que los padres no quieren’. ¿Y se los traen aquí?, pregunto cándido a la hermana Kathleen pero ella mira con ojos acuosos, cansados y hasta cierto punto tristones y me dice que no. ‘Hacemos batidas por los barrios pobres, los slums de las afueras, y rescatamos a los que podemos, muchas veces los dejan abandonados por cualquier parte’.

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Me estremezco entonces mientras observo el apacible sueño de un bebé que no suelta su biberón ni un momento. ¿Será este un niño abandonado junto a cualquier pared mugrienta? ¿O sus padres llegaron a una desesperación controlada que les permitió cederlo? ‘Cuando cumplen cinco años intentamos devolverlos pero casi nunca tenemos éxito’, observa la hermana la paz de la habitación comunal, ‘por eso hemos tenido que organizar otras dependencias para niñas de hasta veinte años’.

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Es el convento de las hermanas escolásticas RNDM, Nuestra Señora de las Misiones, de Chittagong, la segunda ciudad de Bangladesh, una orden francesa fundada por una monja católica del siglo XIX que se cambió el nombre a María del Corazón de Jesús y extendió los tentáculos de su creación por medio mundo (pobre). Aunque mi fe se disipó en mi más tierna adolescencia no puedo menos que admirar el trabajo de esta cuadrilla.

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La hermana Kathleen me muestra una sala llena de bebés abandonados y yo siento un nudo en la garganta y ahora que lo escribo vuelvo a sentirlo

La hermana Kathleen es una hermana en Dios, me dice con sus ojos vidriosos, y la cruz que pende de la pared así parece verificarlo, pero al momento aclara: ‘los niños suelen ser hindúes, musulmanes y budistas pero curiosamente no hay cristianos’. La comunidad cristiana de este remoto país es mínima, apenas un 0.2%, y en Chittagong no deben de superar unos pocos de miles en el barrio de Paterghatta, el barrio portugués donde residen casi todos. De hecho la comunidad cristiana parece haberse adueñado de todo el barrio y las calles son sorprendentemente silenciosas y limpias en comparación con el absoluto caos que se respira fuera.

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‘Les damos un techo, de comer y procuramos enseñarles algunos rudimentos de la educación’, me cuenta la hermana Kathleen mientras prepara el momento. ‘La leche, los pañales, todo cuesta tanto dinero y nosotros sólo nos financiamos a base de donaciones particulares’… En la sala contigua a la de las cunitas hay una sala aún mayor. Duermen todos apaciblemente. Imposible no conmoverse ante la imagen de tanto bebé durmiendo a pierna suelta en un bosque de rejas de metal. Si quieres saber algo más de ellos, o apoyarles de algún modo, esta es su página web: http://www.rndmorphctg.com/en/

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Los datos de Chittagong son para echarse a llorar: según la oficina de estadísticas bengalíes y el programa mundial de alimentos, el 42.1% de los niños de Chittagong menores de cinco años tiene problemas de crecimiento y el 36.8% presenta peso por debajo de la media. Unos porcentajes que son grandes pero que no son más que media y que se subliman en el distrito de Bandarban, donde el 47.7% de los niños están raquíticos. Eso quiere decir que uno de cada dos niños, o que la mitad de los niños, tienen problemas de alimentación (según estos datos: pincha aquí) Aún así, no es preciso demonizar a esta extraña ciudad. Chittagong es la piedra filosofal de Bangladesh. Por su puerto pasa el 80% del comercio nacional, la ciudad genera el 40% de la riqueza industrial y el 50% de los ingresos del estado. Ahí es nada. Claro que la tarea es ardua y la redistribución no resulta fácil. Las cifras de pobreza general se superan a lo largo y ancho de este país tan superpoblado. Unos ejemplos: según el Banco Mundial, el 26.1% de los vecinos de Chittagong son pobres de solemnidad, un porcentaje que alcanza al 30.5% de Dhaka, que es la capital del país, y que se dispara hasta el 42% en la ciudad de Rangpur, donde uno de cada dos es pobre de narices: aquí el link.

Cifras demenciales aunque a la baja, según el Banco Mundial, porque Bangladesh ha hecho un esfuerzo tan grande que los 63 millones de pobres de solemnidad del año 2000 son ahora alrededor de 46 millones. Una cifra igualmente demencial pero que denota un trabajo colosal que sería ridículo no reconocer. Ya en la calle no puedo dejar de mirar los niños que deambulan medio desnudos, la enorme cantidad de pedigüeños que siguen al exótico blanco mano en ristre, la suciedad que levanta muros de basura putrefacta por todas las calles.

¿Cómo abandonar a un niño en ese escenario?

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