Este post se ha leíd2079veces

DSC_0595-imp

Abul Hashim es un tipo alto, espigado, bien parecido, de mirada penetrante y una abundante pelambrera que se sublima en una larguísima barba. La mirada penetrante surge del interior de unos ojos que gritan lo que no grita su garganta. Probablemente porque ya no tiene más gritos que dar. Porque los dio todos. Sus ojos gritan el horror de una vida truncada y de un futuro acorralado por el pasado. Porque Abul es un refugiado rohinya, la etnia más amenazada del planeta, un refugiado que huyó del sur de Myanmar, la antigua Birmania, para evitar la muerte y cayó en la peor de las trampas. Está atrapado en una suerte de muñeca rusa: una tragedia horrorosa tras otra tragedia espantosa a la que llegó huyendo de otra tragedia más.

DSC_0593-imp

Porque Abul no existe por ley. Concretamente por la Ley de la Ciudadanía de 1982, promulgada por el gobierno de Myanmar, que excluye a su pueblo de la lista de las 135 ‘razas nacionales’ y lo condena a vivir sin propiedades, sin libertad de movimientos, sin educación ni sanidad, sin derechos fundamentales. El motivo es confuso pero todos parecen coincidir en que la junta militar que domina el país no quiere musulmanes entre sus fronteras porque se jactan de ser un país budista. Otros hablan de ciertos excesos de los musulmanes contra los budistas décadas atrás y del regreso del karma como un bumerang envenenado. Fuera como fuera, Abul nunca conoció otra vida que la del perseguido, la vida de un agricultor de la sureña región de Arakan pero un agricultor sin tierras, sin herramientas y sin derecho a comer. Tampoco podía casarse sin permiso de la autoridad pero, recordemos, la autoridad no te reconoce como vecino así que, de facto, no podía casarse. Ni viajar. Ni cultivar terreno. Ni comer.

DSC_0483-imp

Campo de refugiados de Leda, al sur de Bangladesh

Por si fuera poco, Abul, como todos los rohinyas, era blanco de la ira de los soldados que destrozaban a patadas lo primero que pillaban a su paso. Abul veía cómo de cuando en cuando un vecino, un amigo, un familiar, caía muerto a manos de los esbirros del gobierno de Yangon. Así que Abul, como trescientos mil de sus paisanos, decidió huir de semejante infierno. ¿Pero adónde huir si no existes? ¡¡Al otro lado del río!! Afortunadamente al otro lado del río hay un país musulmán, pensaron los rohinyas, un país hermano que nos aceptará con los brazos abiertos. Y así fue a finales de los años setenta, cuando llegaron por decenas de miles. Y así fue en la década de los ochenta, cuando llegaron por decenas de miles. Y así fue en los noventa, cuando las decenas de miles fueron cientos de miles. Pero al pasar al siglo XXI los vecinos del país vecino se preguntaron: ¿hasta cuándo? Porque el país vecino que se abría tras el río era Bangladesh, un país musulmán, sí, pero también extremadamente pobre: y así fue cómo la etnia más amenazada del planeta fue a refugiarse a uno de los países más pobres del planeta.

DSC_0594-imp

Pero la perspectiva era mucho peor. No tienes derecho a respirar porque, recordemos, la Ley de la Ciudadanía de 1982 te ha borrado de las razas nacionales y como no tienes otro país terminamos concluyendo que te ha borrado de la raza humana. Si aquí son hostiles, allí son cruelmente hostiles. Así que Abul decidió abandonar su huerta clandestina cultivada a deshoras para cruzar el río. Pero, ¡oh, mala suerte!, los soldados del otro lado, del que se presume seguro, han minado el suelo para evitar que los molestos vecinos sigan colándose de tapadillo. Y tú, Abul, el apuesto y espigado agricultor sin tierra salta por los aires en una obscena mezcla de sangre, sudor y lágrimas. Tus piernas se han volatilizado, tus manos se han desfigurado dolorosamente y tus muñones astillados dan buena fe de ello. Tu vida se ha truncado. ¡Pero vives! Aunque, ¿para qué? Doce años después has conseguido una silla de ruedas oxidada en la que te mantienes erguido, con la mirada perdida, ya no reptas sin manos por el hediondo campo de refugiados levantado sobre basuras y surcado por generosas corrientes de aguas negras. Pero sigues necesitando a tu gente para levantarte, para acostarte, para comer, para limpiarte el culo en una de las cagaleras que aquí son tan frecuentes que incluso han construido un hospital cerca para estudiar exclusivamente el tema de las diarreas.

DSC_0561-imp

A su alrededor ríen los niños, que surgen por decenas de las insalubres residencias de los refugiados que huyeron del otro lado del río, bromean los mayores, el calor me hace tambalear, los mosquitos, el intenso olor a vertedero, los excrementos expuestos como trofeos en letrinas de puertas abiertas. ¡Doce años en este estercolero! Sus compañeros al menos tienen la esperanza de huir algún día: unos en barcos suicidas que cruzan medio océano Índico a Malasia y Tailandia, otros en disimular y confundirse entre los bengalíes para olvidar que son rohinyas. Otros sueñan despiertos que la junta militar cae y el nuevo gobierno les devuelve la vida misma. Pero Abul no tiene esperanza. Lo dice con su mirada. Con sus ojos penetrantes que te martillean silenciosos el cerebro: qué más da. Su infierno es el último de los trescientos mil refugiados rohinyas sobre el suelo de Bangladesh, un infierno que se abre en círculos, remedando a Dante, un infierno que surge de sus ojos para envolverte en su deprimente hogar en el bloque C del campo de refugiados de Leda, frente al mismo río Naf que separa su pasado de su presente, un pasado en el que se abre otro infierno más, el de la Ley de Ciudadanía de 1982, y que es más amplio porque el destino de los rohinyas se entremezcla con las demás razas perseguidas por la junta militar birmana, la de los Mon, los Karen, los Kachin, los Chan…

Claro que esas etnias perseguidas tienen algo que los rohinyas no tienen: al menos ellos existen.

DSC_0592-imp