Justo bajo mis pies unos padres trajeron a su hija adolescente para que la desvirgara algún desconocido. Sentado sobre una pared medio derruida mis pies cuelgan sobre lo que debió ser el sancta sanctorum del templo romano de Júpiter mientras el atardecer colorea la plaza de un amarillo líquido y brumoso. Puedo imaginar entonces a los padres agarrados de la mano, sonrientes, intercambiando miradas cómplices mientras que un desconocido, insisto, desfloraba a su hija impúber. Suena duro pero suena duro ahora: hace cinco o seis mil años podía no sonar tan extraño. Los cananeos eran así, tenían esas costumbres, quién soy yo para cuestionarlas. Parece que los griegos no las erradicaron del todo porque posteriormente los romanos, tan aficionados a las fiestas subidas de tono, mantuvieron algunos de esos ritos y probablemente les añadieran alguna ocurrencia nueva. Un poco más allá del sancta sanctorum, sabe Dios dónde, otras parejas copularon en serie, habría amantes apoyados en las paredes, sexos húmedos. Poco queda hoy de aquello: de los cananeos desde luego poco más que alguna referencia lejana porque ni piedras constan y lo que construyeron los romanos está como manga por hombro.

Desde el templo de Baco las columnas del templo de Júpiter no parecen tan grandes como a sus pies…

De hecho, el propio sacerdote cananeo era la representación del dios Baal y la sacerdotisa de su esposa, la lúbrica Astarté, y como tales se dedicaban al noble arte del fornicio con sus acólitos y feligreses. ¡Qué menos que vicio nefando en una ciudad que, cuenta la leyenda, fue fundada por el propio Caín tras matar a su hermano Abel! Si usted que me lee pone cara de no creerse esta versión debe saber que hay otra leyenda más que asegura que un demonio llamado Eshmundi fue su primer vecino… Sea como sea esta es la ciudad de Baalbek, o dicho de otro modo, la ciudad de Baal, del fenicio Baal, que es el dios sol. Los romanos lo vieron bien y continuaron con su nombre aunque romanizado: Heliópolis. O eso queremos creer porque apenas quedan restos fenicios que mantengan esta versión de ciudad cananea más allá del nombre. Frente a mí un alucinante complejo de piedras desperdigadas, plazas comidas por el tiempo, columnas gigantescas que se mantienen en pie de milagro. Del templo original, de tal vez cuatro o cinco mil años atrás, no queda ni una sombra.

Poco queda de aquella época de sacerdotisas entregadas al sexo…

¿Y qué ha pasado para que los descendientes de esos lujuriosos vecinos hayan cambiado tanto? Porque en la calle las mujeres van cubiertas por un velo, en el caso de las más descocadas, o llevan el reglamentario chador chiíta. Los chicos parecen más predispuestos a cualquier cosa: pero con la vecina, nunca con sus familiares. ¡Qué diferencia! Si ves a alguna mujer con el pelo descubierto a buen seguro será cristiana, probablemente maronita o del rito ortodoxo griego-melkita, pero lucen recatadas. Dos mujeres cubiertas con varias capas de ropa caminan pesadamente con cara de póker. ¿Serán las descendientes directas de aquella adolescente desflorada por un desconocido ante la atenta mirada de sus padres? ¡Quién sabe!

La entrada en el complejo te deja convertido en una simple ameba…

¿Dónde está la ciudad del sexo, de la perdición y la lujuria? Los cananeos, que no eran sino fenicios y son los actuales libaneses, dedicaban sus orgasmos al dios Baal, un dios guerrero al que en ocasiones representaban en forma de toro joven, y bajo su sombra se esforzaban en magreos con sacerdotes y sacerdotisas que la mentada deidad agradecía con estupendas cosechas, ganado rollizo y nubes dispuestas a soltar lluvia en esta tierra gris. ¡Qué hizo mal la Humanidad para que otros dioses nada promiscuos sustituyeran al alegre Baal y a la desinhibida Astarte! Mirando alrededor no atisbo rastro alguno: tal vez porque después de los cananeos vinieron los griegos con Alejandro Magno a la cabeza, los ptolomeos de Egipto y más tarde los romanos y después los cristianos de Bizancio seguidos de los Omeyas y los turcos seleúcidas, el propio Saladino, los mamelucos, las hordas mongolas, el ejército de Tamerlán, los cruzados y el imperio Otomano. ¡A quién le quedan ganas de hacer el trenecito después de tanta tralla! 

Las estatuas de las hornacinas desaparecieron hace tanto tiempo como los jolgorios romanos.

En la época otomana los exploradores europeos redescubrieron el entramado histórico y les faltó tiempo para planear su saqueo y expolio. Pero a ver quién es el guapo que se lleva estos enormes templos que eran mucho más grandes que los de la propia Roma. Por aquí pasaron exploradores norteamericanos, franceses e ingleses pero fue el emperador Guillermo II de Alemania el que le dio una segunda vida a estas piedras (y hasta dejó una impronta imborrable en el hotel Palmyra, justo enfrente de las ruinas). Así que cualquiera que quiera imaginarse cómo era el templo fenicio, o cananeo, debe de soñar levantando paredes que nadie podrá refrendar pero tampoco rechazar. Lo más que sabemos viene por la Biblia, fiable según la fe de cada cual, las crónicas antiguas que nunca sabremos qué tienen de realidad o ficción, y las leyendas locales, que lo adornan todo de un modo excepcional. De los ritos sexuales con los que he empezado el relato solo podemos intuirlos debido a que muchos fueron absorbidos por invasores como los romanos, que ya eran lo suficiente lúbricos como para rechazar de plano una buena fiesta. Tanto que Eusebio de Cesarea mostró su desagrado en pleno siglo IV D.C. por los hábitos lujuriosos de estos vecinos que permiten ‘que sus esposas e hijas se prostituyan públicamente para complacer a Astarté…’. 

Después de tanto jolgorio hoy solo podemos ver algo parecido a un desnudo mirando arriba, a los frisos del templo de Baco: la sociedad actual de Baalbek es de lo más recatada..

Porque, parece ser, los cananeos pensaban que las mujeres casaderas debían de perder la virginidad en el santuario divino antes de contraer matrimonio. Una suerte de impuesto a Astarté, la diosa de la tierra y la fecundidad que compartía espacio y lecho con el toro Baal. Porque a los cananeos les gustaba tanto el sexo, en cualquiera de sus variantes, que su ciudad mas famosa no es esta de Baalbek sino la de Sodoma, destruida por la ira divina de un Yaveh enfurecido por la calentura de sus siervos. Quién sabe. Lo único cierto es que el templo a Baal desapareció hace muchos siglos, que de Astarté no queda nada, como no queda nada de los estratos sucesivos: piedras griegas desperdigadas, templos romanos despedazados reconvertidas sus piedras en edificios que se perdieron también para dar lugar a nuevas construcciones cristianas, turcas, árabes.

Las columnas del templo de Júpiter a lo lejos y el templo de Baco a la derecha desde la ciudadela de los muchachos de Saladino

Estoy sentado en el sancta sanctorum del antiguo templo de Júpiter. Atardece y no hay nadie más. Estoy solo. ¡Estoy solo en uno de los conjuntos arqueológicos más impresionantes de Oriente Medio! Pero sí veo sombras que se mueven entre las brumas de mi entendimiento: en los alrededores de Baalbek vivió Adán, Caín mató a Abel, está enterrado Noé y quién sabe si su zoológico particular, y también tuvo residencia Abraham antes de instalarse definitivamente en Urfa, en la actual Turquía. De hecho dice el Génesis que Abraham vino a Baalbek a calmar a otro personaje bíblico, Nemrod, bisnieto de Noé, que se enfrentó a Yahvé con un brote de furia de mil pares de narices porque no quería admitir que su fortuna y felicidad provenían del Más Alto. Un berrinche tan grande que terminó construyendo la famosa torre de Babel algo más al oriente, en Babilonia, desde cuyas alturas pretendía atacarlo. Sin embargo, los árabes consideran que la torre se construyó aquí, en Baalbek, y no en la actual Irak. Otras leyendas dicen que el rey Salomón fue quien encargó el primer templo dedicado a Baal para darle gusto a sus concubinas procedentes de esta zona, un templo que parecía una fortaleza y que acabó regalando a su amada reina de Saba. Según estas leyendas, cuando murió Salomón los fenicios se hicieron con la región y siguieron embelleciendo el templo, que atraía peregrinos de todo el mundo conocido.

A pocos metros del enorme templo de Júpiter está el de Venus, digna heredera de la lúbrica Astarté…

Baalbek había encontrado su lugar en el mundo. Una ciudad sagrada, presta a acoger miles de peregrinos y a sacrificar a miles de inocentes en su admirado templo, una referencia religiosa antes de que Jerusalén fuera algo más que un polvoriento enclave más al sur. Hay quien dice que el culto al dios Sol no es local sino proveniente del Egipto de los faraones, que ocupó esta zona durante su apogeo. Sea como sea la fama lúbrica de los cananeos, o fenicios, y de Baalbek en concreto ya era llamativa en su época. Baal, al que los romanos continuaron adorando bajo el nombre de Júpiter, o padre de los dioses, tuvo asegurado su reinado con esos locos romanos. Y su pareja, la tal Astarté, también porque Grecia y Roma la sustituyeron por Afrodita y Venus para aprovechar esos ritos tan alegres. Los romanos construyeron además un templo a Venus, no fuera ella a perderse esta alegría genital, y otro a Baco, enorme este último y muy bien conservado, y no puedo menos que imaginarlo escenario de borracheras míticas y fiestas pasadas de rosca.

De los cananeos dicen también que no todo era tan alegre y sensual (o pornográfico) y que sacrificaban niños para calmar a coléricos dioses como Moloc. Dice Cleitarcos en el 300 A.C: ‘Cuando desean un gran favor entregan como voto a uno de sus hijos para asegurar el éxito de su petición: en el lugar se yergue una gran estatua con sus manos extendidas sobre un brasero. Tenía la cabeza de un becerro, el símbolo de Baal, y el niño era puesto en los brazos enrojecidos por el fuego. Las llamas cubren al niño, que se encoge, y su cuerpo cae en el hoyo ardiente del ídolo. Se hacía un gran ruido de tambores para apagar los gritos de la víctima…’ En Cartago se ha hallado un cúmulo de veinte mil urnas con las cenizas de los infantes sacrificados. Sabrá Baal cuántos murieron aquí…

El hijo de Baal se llamó Adon, Dionisio para los griegos y Baco para los romanos, un hijo no menos alegre y dispuesto que dio la excusa perfecta para que el descoque se convirtiera en intergeneracional, no solo en la línea del parentesco sino en la de la sucesión de civilizaciones: si Baal merecía una orgía, Adon una borrachera. Si Júpiter no perdonaba una orgía, Baco no rechazaba otra copita.

El templo de Baco mueve a la muda admiración más que a beberte unos tercios…

Vale: representaban fuerzas de la naturaleza. Pero, ¿qué mayor fuerza de la naturaleza que una feligresía entregada y entregando? De no ser por los sacrificios humanos, numerosos por cierto, la cosa no tendría desperdicio y hoy habría muchos más creyentes. ¡Qué menos que organizar saraos frecuentes y festivales y alegres veladas para que los creyentes no dejaran de creer! De hecho en las noches fenicias de sangre y placer los devotos ‘giraban, se entralazaban y bailaban en un espíritu colectivo de éxtasis, se flagelaban, felices por el sufrimiento, y alguno podía incluso arrancarse los órganos sexuales para ofrecérselos a Astarte’ A brutos no les ganaba nadie…

Los romanos, como decía, continuaron este delirio (es de suponer que el espeluznante sacrificio infantil había terminado siglos antes), felices de encauzar a Baco en estos ritos del salvaje medio este… Por eso reconstruyeron la ciudad siguiendo los pasos de sus predecesores. Donde estaba Baal estaría Júpiter, donde estuvo Astarté pondremos a Venus, donde el bello Adon lamía sus heridas vivirá Baco en su templo. Solo que los romanos lo hicieron todo tan a lo grande que incluso hoy te quedas perplejo viendo la talla de cualquier piedra. Solo el templo de Baco, que se conserva extrañamente intacto, es mayor que el Partenón griego…

Las ruinas de los antiguos templos al fondo de una calle de la actual Baalbek

La llegada del cristianismo lo cambió todo. Eusebio de Cesarea, como hemos visto antes, se horrorizó ante el despendole generalizado y al propio emperador, Constantino, empeñado como estaba en implantar el cristianismo como religión del imperio, dio luz verde al cambio de ciclo. A partir de ahora, debió decir, menos follar y más rezar. Y los templos comenzaron a adoptar otros aires, más serios, menos lúbricos, con una espiritualidad menos aberrante, sin sangre de sacrificios, sin genitales arrancados, sin sacerdotisas prostitutas. Constantino se granjeó una fama de destruyetemplos en otros puntos del actual Líbano que hoy nos sirve para encontrar el punto de ruptura de la religión libidinosa y lasciva.

Las piscinas ya no tienen agua pero guardan altorrelieves con sirenas

Constantino ordenó acabar con esa fiesta inmoral, establecer un arzobispado y construir una basílica cristiana en el lugar del altar a Júpiter. No llegó a verla terminado porque murió antes de que sus feligreses echaran a escobazos a los espíritus acumulados durante tantos milenios en las esquinas de tanto templo. Pero ya había dado el portazo a tantos años de jolgorios: un poco de recato, por Dios. Los locales aún continuaron con sus alegres ritos durante algún tiempo y hay crónicas que aseguran que a finales del siglo VI, dos siglos después del arrebato de Constantino, los vecinos de la ciudad todavía acudían a las viejas tradiciones para darle vidilla a la religión.

El antiguo altar de Júpiter, posteriormente altar cristiano bizantino, resiste el paso del tiempo en este maravilloso yacimiento.

A finales del siglo VI, eso sí, dos potentes terremotos y posteriores incendios destruyeron la obra no solo de las sombras cananeas sino de las romanas y bizantinas. La puntilla le vino poco después con la invasión árabe de esa religión que no admite devaneos ostentosos en el ámbito de lo sexual. Salgo del yacimiento con la sensación de que los vecinos de la ciudad van a agarrarse en sentido trenecito para recordar milenios de jolgorio religioso y desparpajo sexual. Pero no, he vuelto a la realidad. Los antiguos cananeos, los romanos más sinvergonzones, lucen hoy barbas al estilo de Nasrallah y ellas se tapan de pies a cabeza. Aún conservan la tradición de sacrificar a sus hijos enviándolos al frente, en este caso sirio. Pero de sexo, nada. He visitado Baalbek tarde, demasiado tarde…

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