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El Monte Ararat sobre la ciudad de Erevan
Sobre una colina de los alrededores de Ereván, la capital de Armenia, descansan los recuerdos de cientos de miles de personas. Son recuerdos desagradables, recuerdos de sangre, sudor y lágrimas, recuerdos de cuerpos desmembrados, mujeres violadas, miembros cercenados, llanto de niños y personas congeladas por el frío de las montañas. La mayoría de esas personas nunca vio lo que ve la colina que guarda sus recuerdos: el monte Ararat. Un monte sagrado que parece flotar sobre la ciudad en lo que es un curioso efecto óptico que no puede estar más lejos de la realidad. Porque el monte Ararat está en Turquía, al otro lado de la frontera, de una frontera cerrada a cal y canto desde que los armenios declararan su independencia, hace ya más de quince años. O tal vez no esté tan alejado de la realidad y el monte Ararat realmente levite sobre las cabezas de los erevaneses como un imposible que les acompaña cada día sin poder ni rozarlo. La colina, si el día es claro, ofrece un espectáculo grandioso: el macizo rocoso imponente emergiendo entre las nubes lejanas, los fantasmas insepultos deambulando por el enlosado, las conciencias reconcomidas agitando las ramas de los árboles de la pena. El aire, gris como las nubes en el día de mi visita, agitaba también las notas del aria que resonaba trágica por la superficie.
Memorial del Genocidio en Erevan
El conocido como Museo del Genocidio tiene, en lengua armenia, tintes de trabalenguas. Tsitsernakabert, una palabra que significa Fortaleza de las golondrinas pequeñas, es el nombre de la colina y, por extensión, del Memorial del Genocidio y el Museo del Genocidio. Porque, aunque muchos aún lo ignoran, el pueblo armenio sufrió un genocidio en 1915 que casi completó otro genocidio sufrido también apenas veinte años antes. Y así, masacre tras matanza, el armenio es hoy un ser disgregado, etéreo, un pueblo disperso por el mundo, al estilo judío o palestino, un pueblo que lo mismo vive en Nueva York y habla en inglés que en Marsella francés o en Moscú ruso, una sociedad que ensalza a sus grandes personajes contemporáneos como una bandera más segura que su enseña de colores rechinantes. La gran casa de Charles Aznavour, el cantante francés de origen armenio, vigila también el recuerdo de sus ancestros desde otra colina, casi al nivel del la fortaleza de las golondrinas. Los vecinos recitan de memoria la larga lista de armenios universales: el tenista André Agassi, la cantante Cher, el actor Gregory Peck, el ajedrecista Gary Kasparov, el piloto Alain Prost, el director Elia Kazan… Una muestra ilustre del genio armenio, sin contar con compositores, directores de orquesta, pianistas … o personajes de difícil encuadre como el padre de Melody, aquella niña secuestrada, el empresario Raymond Nakachian…
En el interior del museo del Genocidio permanecen congelados los genes de los más famosos armenios. Quién sabe si entre estos niños están los abuelos de Cher, o si este señor tan serio es el bisabuelo de Prost, o aquella dama fue vecina de aquella tía de Agassi. Lo que los armenios sí han decidido es que las fotografías de hoy no recordarán sus vidas en ningún lugar más allá del álbum familiar porque la mayoría de estos rostros murieron hace ya casi un siglo de la peor de las muertes.
Y, tal vez por eso, ven sombras donde hay contraluces y gigantes donde hay enanos. Maestros en el arte del camuflaje, acostumbrado su instinto a nadar contra corriente, no hay otro país igual en las relaciones internacionales. Gran amigo de los Estados Unidos, donde la comunidad supera los dos millones y medio,  cada año llueven ayudas económicas conseguidas por un lobby dinámico y muy influyente. Tan cercano a Rusia, donde viven otros tres millones y medio de armenios, que Moscú mantiene la 102 unidad en una base militar en la ciudad de Gyumri protegiendo la retaguardia turca mientras el gobierno de Ereván vigila al enemigo azerbayano. Tan amiga de Europa, con Francia a la cabeza, y de China, como de  Siria y el Líbano, tan cercana a Irán como a Israel. El armenio es negociante por naturaleza, vendemotos si quieres, pero obligado por unas circunstancias históricas que se pierden en la noche de los tiempos, cuando Yahvé hacía llover inmisericorde sobre la tierra…
Memorial del Genocidio, donde arde la llama eterna en recuerdo de las grandes matanzas de 1915
Aseguran los armenios que sobre el monte Ararat embarrancó el Arca de Noé, y dicen los popes de largas barbas que el jardín de Edén floreció sobre suelo armenio. Tanta evidencia religiosa nos hace comprender que su santo patrón se llame Gregorio el Iluminador y que consiguiera que el cristianismo fuera declarado religión de estado nada menos que en el año 301. El pequeño reino cristiano que resistía contra todo tipo de invasores duró poco tiempo, aplastado ante su propio destino. Muy duros debían de haber sido aquellos hombres para oponerse el crecimiento de Bizancio, al imperio persa, al selyúcida y al posterior otomano. Por no hablar del más reciente de todos: el soviético. ¿Pero en qué clase de sitio os habéis establecido, pobres armenios? Gracias a un espíritu férreo, cristiano y ortodoxo, los seguidores de Gregorio supieron adaptarse durante siglos a vivir bajo las órdenes de otros líderes, desterrados los suyos al limbo histórico visto el poco peso de su nación. Pero vivir bajo el liderazgo ajeno no significaba renunciar al común denominador de su pueblo: el cristianismo. Los armenios podían vivir bajo el imperio turco o el persa: Nuestro Señor Jesucristo seguía adornando los templos y la espasmódica tendencia a persignarse ante las cruces se convirtió en un distintivo de raza.
A finales del siglo XIX el imperio otomano comenzaba a dar muestras de desánimo. Los rusos, por el norte, apretaban las tuercas y el sultán de Estambul y sus visires notaban entonces que escaseaban las circasianas rubias y de ojos azules que sus padres vendían a los traficantes del mar Negro. Apretaban también los franceses y los británicos, y los turcos sentían añoranza de los tiempos en los que controlaban el destino del Cairo y de los santos lugares. Y cuando cayeron en la cuenta de que uno de los pueblos que vivían bajo su manto jugaba una partida secreta con sus enemigos, el poder otomano se enfureció. Los armenios, que poblaban sobre todo la región de Anatolia, recibieron el apoyo del primer ministro inglés ante los desmanes que pudieran infringirles los malvados turcos. Desde Rusia también llegaron cantos de sirena y los armenios, envalentonados, organizaron sus primeras bandas revolucionarias, conocidas como los fedayi. Buen intento, debió de pensar el sultán Abdul Hamid II, pero la retaguardia no está para recibir puñaladas sino para cultivar cebollas. El resultado fue una larga serie de masacres que preparó el terreno al gran genocidio que habría de ocurrir varias décadas más tarde. Alrededor de cien mil armenios murieron y otro medio millón fue desplazado de sus aldeas originales. Para la historia quedaban pues esas instantáneas en blanco y negro.

 

El imperio otomano, enfermo terminal en el nuevo orden internacional, respiraba con dificultad y la turbiedad de sus pensamientos no ayudó a enderezar el rumbo. A principios del siglo XX, la derrota en los Balcanes dejó a Turquía con tan sólo una ventanita a Europa y sus habitaciones del interior, desde Bulgaria a Grecia, perdidas para siempre. Tal vez por pura rabia el trío que destronó a la legendaria raza de sultanes, Talat Pasha, Enver Pasha y Jemal Pasha, los tres Pashas de la organización de los Jóvenes Turcos, se alinearon con Alemania en la primera guerra mundial, una apuesta perdedora, visto a posteriori, claro, y además, por si fuera poco, decidieron expandirse por el norte, justo la frontera en la que se había impuesto el poderoso vecino ruso. Los ejércitos de cosacos se enfrentaron contra los turcos al sur de la ciudad armenia de Kars, en un punto conocido como Sarikamis. Al menos setenta y cinco mil soldados otomanos fallecieron en la épica batalla frente a poco más de quince mil de los hombres del zar. Pero lo que más dolió en Estambul no fue la batalla perdida, que ya era mucho. Los rusos estuvieron apoyados por armenios, que se distinguieron luchando como jabatos. Era el acabóse: los turcos comenzaron a devolver el golpe en la ciudad de Van, poblada sobre todo por armenios. Los tres pashás ordenaron la detención de 600 líderes armenios que residían en Estambul, la mayoría de los cuales fue ejecutado poco después.

Los tres Pashas

Las decenas de miles de armenios que prestaban servicio en el ejército turco fueron desmovilizados. Los militares recibieron una contundente orden: deportar a todos los armenios a los confines de la Anatolia. Y comenzó entonces lo que los descendientes de aquellos infelices denominan genocidio y los turcos suavizan con una más relajada ‘represalia’. El caso es que en la represalia, o en el genocidio, murió un número de cristianos que aún se discute pero que ronda entre los ochocientos mil y el millón y medio de personas.

Esculturas en el Museo del Genocidio en memoria de los exiliados

 

Los vecinos fueron desalojados y trasladados en trenes hacia los desiertos interiores: antes muchos morían a manos de militares furiosos, de saqueadores, bandidos. Las mujeres más bellas terminaban en algún serrallo, los trenes cruzaban la Anatolia con vagones cargados de cadáveres. El hambre, la sed y el frío se llevaron por delante decenas de miles de vidas. Salteadores kurdos atacaban el ferrocarril y mataban a los que quedaban vivos. Al noroeste de Siria murieron decenas de miles en un campo de refugiados levantado al aire libre en una catástrofe difícilmente imaginable.

Interior del Museo del Genocidio de Erevan
Los turcos aún se defienden de la acusación de genocidio. Niegan la palabra y recuerdan el contexto de una acumulación de guerras en las que también murieron miles de musulmanes. Las denuncias de los occidentales que vivían en la zona resultan estremecedoras y los relatos pronto encontraron eco en la incipiente prensa francesa y británica. Se publicaron libros y el tema fue portada de periódicos y revistas. Las mutilaciones que los turcos causaban en las jóvenes cristianas de la Anatolia eran tema de conversación en los salones franceses, los jóvenes británicos soñaban con revivir las hazañas de Lord Byron y morir en el próximo oriente (eso sí, de una manera algo más heroica), el turco volvía a tener la imagen de bruto despiadado que había tenido en Europa siglos atrás.
El genocidio en Armenia es materia de estado, un tema sobre el que no se bromea (¿cómo hacerlo, por otra parte?), es la piedra angular sobre la que se levanta el actual edificio nacional. El genocidio recuerda que una vez, cuando ni siquiera se planteaban lo que significaba ser armenio, estuvieron a punto de fallecer incluso como recuerdo. El genocidio desbarató el proyecto de nación y diseminó sus genes por toda la geografía mundial. La diáspora ha parido grandes personajes de calibre mundial y ha generado un sentimiento de nación que casi no tenían cuando vivían felices en sus aldeas de la Anatolia.

Los armenios del exilio son ahora más activos que hace unos años: tal vez para lavar la mala conciencia de descubrir que proceden de un lugar al que no quieren volver ni amarrados. Miran con simpatía, pero más con envidia, a los judíos, que sí dan ese paso después de su particular travesía por el desierto, pero prefieren enviar miles de millones de dólares y de euros antes que instalarse en el país que Dios les ha dado, un país que pareciera excavado en una roca. Los armenios del exterior casi triplican a los del interior y pronto los cuadruplicarán porque los de dentro tampoco ven muchos motivos para seguir amarrados a una tierra tan difícil.

 

Por eso el genocidio es materia reservada: es una argamasa que mantiene unido a todo un pueblo, contra los turcos, que guardan en sus fronteras ciudades ancestrales de los armenios, como Van o Kars (por no hablar del monte Ararat). Un recuerdo que moviliza a jóvenes de todas partes para evitar que los azeríes, que para ellos no son más que turcos chiítas, puedan arrebatarles el Nagorny Karabagh. No, los armenios no quieren más genocidios y lucharán como colosos antes de que exista la mínima oportunidad de que eso ocurra. En este mitin del Congreso Nacional Armenio, el partido de Ter Petrosian, el primer presidente del país, en 1991, se lanzan gritos de apoyo a la nación armenia y el orador arremete contra Aliev, presidente de Azerbayan, comparándolo con Gadafi, con Sadam Hussein, con Ben Ali, con Mubarak…

Las horribles fotos del museo del Genocidio sirven de recuerdo gráfico, los libros publicados en occidente sirven de anclaje a la realidad y como rechazo a la tentación de confundir la pesadilla con una mala jugada de los sueños: los pashás existieron, ordenaron cortar cabezas y exterminar a todo un pueblo, incluso el Papa de los católicos pisó este museo y su jardín, sembró un árbol y todo, cada día crece el número de países que constata el holocausto (entre los que no está precisamente España).

Los árboles, sembrados por colectivos de todo el mundo arraigan sobre los recuerdos anónimos de gentes sin rostro, las ramas agitan el aire gris de Erevan. Al fondo, el monte Ararat aparece fantasmagórico. No he visto ninguna golondrina pequeña pero sí he sentido el crujir de muchos huesos, el castañeteo de tantos dientes y el crepitar del fuego eterno que guarda su memoria.