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Las montañas de Tian Shan son visibles desde toda la ciudad, con sus cimas eternamente nevadas

Hay que alejarse de Almaty para ver la ciudad que ya no está. La que cultivaron los neolíticos, los escitas, los mongoles de la Gran Horda, los nómadas de las estepas, los colonos rusos. Porque si miras a tu alrededor sólo ves grandes avenidas, rascacielos, frondosos parques, autovías de seis y ocho carriles. Todo a una escala de gigante. De gigante soviético. Porque la ciudad de antaño, la que vio nacer las primeras manzanas, la ciudad en la que lamió sus heridas Trotski, los barrios en los que creció la ira del más radical de los extremistas rusos, Vladimir Zhirinovsky, ya no existe. Es una gran urbe sede de bancos internacionales, hogar de sofisticados cafés de ambiente cosmopolita, de grandes empresas. Allá a lo lejos las montañas de Tian Shan me recuerdan que soy un tipo extraño: no voy a subir a pasearlas, a deleitarme con la naturaleza, a agotarme con el trekking que parece ser el único motivo por el que se acercan aquí los visitantes. Porque, siendo francos, Almaty no ofrece más atractivos turísticos que el Mercado Verde, que tiene los mismos encantos que cualquier mercado de pueblo, una catedral de madera y una mezquita al uso. Exigua tarjeta de presentación para cualquier touroperador.

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En el mercado verde de Almaty sólo me llama la atención el exotismo de los rostros, la carne de caballo en puestecitos y las manzanas, que son el producto local que la región exportó al mundo entero…

Llego a su aeropuerto internacional procedente de Astaná, la capital del país, Kazajistán, que aquí aún se ve con suspicacia porque la capital, dicen, somos nosotros. No lo dicen en vano: desde su fundación como ciudad (tal y como entendemos las ciudades) en 1854, por parte de los rusos, Almaty, antes Alma Ata, fue la capital de las estepas. Pero antes que rusa fue todo eso que he dicho antes: un asentamiento para tribus dispersas, que dejaron sus túmulos funerarios como buenas tribus arcaicas, y más tarde asentamientos dispersos que encontraron acomodo en la Ruta de la Seda que ahora intenta resucitar Pekín como carta de presentación en su camino a la Gran Potencia Mundial. Porque Almaty vive una segunda, o tercera, puede que incluso enésima, resurrección gracias al vibrante empeño de los chinos en resucitar sus antiguas rutas para lograr, al más puro estilo villano de Spiderman, el control del mundo. Y ya la salida del aeropuerto deja adivinar lo que le espera a uno en la ciudad. Árboles, hileras de árboles, verde, mucho verde, avenidas grandiosas en la línea urbanista soviética. Pero con edificios nuevos, torres de rascacielos, modernas urbanizaciones, coches de alta cilindrada. Poco queda pues de los diseminados que los rusos convirtieron en ciudad a mediados del siglo XIX con la construcción de un fuerte para apuntalar el extremo oriente de los zares.

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Representación del ataque mongol a la ciudad de Otrar sita en el museo de Almaty. Abajo lo que queda de aquella civilización…

Para conocer la historia hay que acercarse al Museo Central de Kazajistán, que sigue en esta ciudad y no en la moderna capital, y sentir el pasado en forma de esqueletos, de una espantosa colección de animales disecados, de muestras de vasijas y reproducciones que hablan de una nación que tiene más de dispersa que de grande. Los ecos del museo me presentan lo que consideran ‘Catástrofe de Otrar’, una gran civilización que unió China con Europa, los Urales con Siberia y Oriente Medio con el Lejano Oriente. ¿Otrar? ¡Nunca escuché hablar de esto! Y sin embargo, ahí está. Un territorio en el que la influencia mongol y china son mas que evidentes. Otrar se remonta al siglo I AC y los chinos la conocían como Kangju, una rosario de pequeños estados y ciudades de población turca. ¡Ah, esos turcos de las estepas rusas! Siempre me ha fascinado que las raíces turcas se encuentren en Mongolia, hay quien dice que incluso en Japón.

En Otrar, como decía, todo iba sobre seda, nunca mejor dicho, hasta que en 1218 una caravana de comerciantes mongoles entró en la ciudad. ¡Espías!, dijeron los vecinos mientras arrestaban al jefe de la expedición para ejecutar más tarde a toda la comitiva. ¡Mala suerte! El jefe era embajador del gran Genghis Khan, el poderoso vecino que era conocido además por sus malas pulgas. El emperador mongol envió otra expedición exigiendo el castigo de los exaltados pero los vecinos volvieron a vacilarle: decapitaron al nuevo enviado y afeitaron las barbas de sus compañeros, una ofensa al parecer tan grave como la propia decapitación. Genghis Khan no aguantó más: destruyan a esos mequetrefes. Y las hordas mongolas no sólo ejecutaron a los faltones de Otrar sino que demolieron sus murallas, destruyeron los pueblos de sus alrededores y apagaron una potente luz de la ruta de la seda. Otrar volvió a la vida poco a poco cuando el iracundo mongol falleció y apenas un siglo después asomaba nuevamente la cabeza. Pero su situación central en las estepas le traería otra vez malas vibraciones: el aún más colérico y cruel Tamerlán la eligió para acantonar sus tropas pero pilló un resfriado y murió en la ciudad. Una muerte ridícula que desencadenó graves y continuas luchas intestinas entre los mongoles por hacerse con el poder y que regaló a la pobre Otrar tres siglos de guerras permanentes. A finales del siglo XVIII sólo vivían cuarenta familias y en unos años la ciudad murió del todo. Hoy no es más que una suerte de túmulos grandotes que adornan las paredes del museo de Almaty y la imaginación de los nacionalistas kazajos. En cada esquina del museo hay una mujer sentada mirando el móvil. Incluso sin mirarte saben cuándo sacas la cámara para hacer una foto y saltan como gacelas para evitarlo. ¿Cuál es el problema de hacer una foto a una foto de una foto?, le pregunto a una de ellas. Nerviosa sonríe, mira alrededor, al techo, intuyo que nos vigila la KGB, la NKVD y la moderna FSB al unísono, mira a su rincón, su móvil y vuelve al cómodo refugio de la pantallita. Me escabullo y sigo haciendo fotos.

Nada recuerda a Otrar en Almaty, sobre todo porque está bastante lejos de su ubicación actual. Luces de neón, grandes arboledas, jóvenes estilosos sorbiendo té y fumando chicha a la puerta de cafés. Olor a barbacoa de carne de caballo, leche de camella, pinchitos de cordero. Los kazajos son increíblemente diversos, pienso para mis adentros, sobre todo porque estoy a tiro de piedra de China y la población no parece exclusivamente asiática. Hay muchos rubios, muchas rubias, gentes con cara de las montañas del Cáucaso, reductos de los deportados por Stalin tras la segunda guerra mundial, de los colonos rusos que han llegado por oleadas paralelas a la conquista norteamericana del Far West. ‘Esta es la ciudad de las manzanas’, me dice la recepcionista del hotel con cara de fatiga, como si vinieran otras hordas reclamando esta información. No, no vienen. Y los que lo hacen están de paso, rumbo a las montañas. En el museo rinden homenaje a las nacionalidades que pueblan este extraño país: veo judíos, chechenos, ucranios, polacos, ingusetios, alemanes del Volga, griegos, coreanos, turcos, uigures…

Están metidos en vitrinas, sus trajes tradicionales, maniquíes étnicos, libros en idiomas ininteligibles. Parecen almas congeladas, desubicadas y descontextualizadas. A día de hoy tan sólo la mitad de los vecinos de Almaty es kazaja, si entendemos como kazajos los habitantes tradicionales de este país. Un tercio de la ciudad es rusa, casi un seis por ciento chinos de Xingianj, no es difícil encontrar tártaros, coreanos, kirguizes. Un paseo por la calle es un paseo a la diversidad euroasiática. Tanto que incluso me topo con una torre Eiffel de pega a las puertas de un comercio…

Un multiculturalismo y un cosmopolitismo rechazados en el pasado por Stalin y del que hoy reniegan los partidos de derechas. Los dos extremos de un mismo sinsentido. Porque tal vez gracias a ello Almaty es hoy una potencia económica que produce el 20% del PIB de todo el país, el motor económico no sólo de Kazajistán sino también de Asia Central, sede de BTA, el principal banco centroasiático y uno de los más potentes de Asia, sede de la bolsa kazaja y futura sede de un Sector Financiero a imagen y semejanza, en espíritu al menos, del World Trade Center y del Tokyo Midtown. Su empeño es convertirse en el principal centro de negocios de Asia Central y para ello se apoya en la imparable nueva ruta de la seda china, el proyecto de Belt and Road, que hará pasar por aquí una de las más poderosas autopistas del mundo: la que unirá Europa Occidental con la China occidental y que, como cuenta Bruno Macaes en su The Dwan of Eurasia, perlará el trayecto con ciudades internacionales donde se agilizará el comercio internacional.

Salgo a la calle a buscar algún vestigio histórico que echarme a la boca. León Trotski, me digo. El revolucionario soviético, que tan mal se llevó con Stalin, estuvo aquí. Trotski fue el hombre de confianza de Lenin, ministro de Asuntos Exteriores, comisario de Guerra, diseñó el primer Ejército Rojo, dirigió exitosamente decenas de batallas. Alguna huella debe quedar. Pero no. Apenas queda un ladrillo de cuando León llegó a la ciudad en enero de 1928. Hombre de confianza de Lenin, como decía, lo perdió todo cuando su mentor sufrió un ataque cerebrovascular que lo dejó medio lelo. De repente se vio enfrentado a parte del Politburó y convertido en enemigo acérrimo del peor de los enemigos acérrimos. Iosif Stalin. Cuando la nueva directiva se hizo con el control total lo mandó a uno de los extremos del nuevo imperio. Alma Ata. O Almaty. Una región habitual de deportaciones y exilios porque apenas unos cientos de kilómetros más al norte estuvieron también exiliados otros ilustres ruso. Como los escritores Fiodor Dostoievski o Alexander Solzhenytsin, entre otros muchos.

Trotski fue deportado a la estepa con su mujer y su hijo y se encontró una ciudad desorganizada, cubierta de nieve, con grandes mercadillos al aire libre por el que pululaban nómadas de las montañas. Trotski se inhibió de la miseria que veía a su alrededor y se dedicó a escribir cartas: en solo un año más de ochocientas. La Almaty de Trotsky nos llega a través de su Autobiografía y describe, entre reflexiones políticas, una urbe que aún no contaba con tren situada en una tierra de nadie porque ni siquiera existía aún la República Socialista Soviética del Kazajistán (que se creó un año después de su llegada, en 1929). El revolucionario pasó solo un año en una Almaty que no llegaba a los cincuenta mil habitantes, frente al más de un millón trescientos mil de hoy, una ciudad que era sinónimo de Remoto y Apartado.  ‘No tenemos un libro ni un papel, no tenemos lápices’, se quejaba no sé cómo. Trotski reconocía que no tenía ni idea de adónde lo enviaban y cuenta en sus memorias cómo llegó a Bishkek, la capital de la actual Kirguistán y en aquel momento conocida como Frunze. ‘Era la última estación de tren. Hacía un frío terrible. Los rayos del sol se filtraban por entre los copos de nieve y nos cegaban. Nos dieron botas de fieltro y abrigos de piel de oveja…’ Trotsky insiste una y otra vez en el frío de los montes Kurday, cómo la cantidad de ropa que llevaban les impedía moverse y cómo tenía la sensación de llevar un muro encima. ‘A las tres de la mañana el coche se detuvo en absoluta oscuridad. Habíamos llegado. ¿Pero a dónde? Nos dijeron que estábamos en la calle Gogol, frente al hotel Dzhestsya’.

Recorro la calle Gogol pero la casa no queda más que en fotos. La calle es una gran avenida que se ensacha y se encoge en distintos tramos. Ahora aparece un puentecito sobre un río revuelto y plomizo, ahora te protegen frondosos árboles de la fina lluvia, ahora surgen prometedores cafés de exuberantes jardines donde la peña fuma chicha mientras suena una música terrible. La calle es demasiado larga como para abarcarla sin desgastar las suelas de los zapatos y me declaro exhausto. Evidentemente no queda nada de Trotski. Lo que fue su hotel es hoy una vivienda más. No hay una placa, un busto, nada. Al fin y al cabo el revolucionario León fue enemigo de la nación durante los años de la URSS y hoy, que ya apenas se recuerda lo soviético, nadie sabe de qué les hablo. La calle Gogol es una arteria principal en la ciudad y recorrerla de cabo a rabo ofrece la oportunidad de ver el lujoso centro, o uno de los varios centros que tiene, pero también barrios obreros y viviendas menos modernas de mi primera impresión. Equivoco el lugar donde debió vivir Trotski con una envasadora de Coca Cola y un vecino ríe la ocurrencia. ‘Es al otro extremo de la calle’. ¡Lástima! ¡Hubiera sido una paradoja importante!

En la ventana que estuvo antes de esa ventana bajo la que me empapo de fina lluvia convivieron durante días Trotski y su hijo, incapaces de salir de la habitación. Cuando salieron de su enclaustramiento descubrieron un mundo nuevo y extraño. ‘Algo que me encantó de Alma Ata fue la nieve, blanca, limpia y seca. Como hay poco tráfico y pocos peatones permanece con todo su frescor durante todo el invierno’. Dichoso él que no lidió con este tráfico interminable. Trostski comienza a entusiasmarse y la primavera lo vuelve loco. Los brotes de las primeras amapolas le entusiasman y no ve campos: ve inmensas y coloridas alfombras. ‘La ciudad no tiene sistema de aguas, no tiene luces ni calles pavimentadas’, cuenta, ‘en el bazar del centro los kirguizes se sientan ante las puertas de sus tiendas expurgándose los piojos, sacudiéndose los mosquitos. La malaria campa a sus anchas, el ambiente es nauseabundo y durante los meses del verano aparece un número extraordinario de perros rabiosos. Los periódicos, por si fuera poco, reportan muchos casos de lepra en la región…’

Parece otro país, otra ciudad, otra vida. Y otro mundo. Las tiendas están sobreabastecidas, los niños juegan en los barrios y los peatones se chocan con las farolas mientras consultan sus teléfonos móviles. En la plaza Abylai Khan unos muchachos comen donuts a las puertas del Starbucks mientras una anciana interpreta una extraña melodía con su dombra, algo parecido a un laúd de dos cuerdas. La diversidad de Almaty alcanza aquí su máximo esplendor. Una suerte de punk chino con una lacia cresta rubia charla animado con una chica eslava de pelo y ojos azules. Una campesina rusa invita a sus hijos a un helado mientras a su lado baila una chica de aspecto indio: tres chicas de ojos rasgados les hacen fotos mientras luchan con sus velos. El invierno de Trostski debió de ser estremecedor pero con el verano los colores explotan. Ahora y antes.

‘Alquilamos una casa a un campesino que tenía huertos frutales en un colina con una gran vista a las montañas nevadas de Tian Shan’. Un año raro el que pasó Trotsky. ‘Tierra de inundaciones y terremotos, a los pies de la cordillera de Tian Shan y al borde ya de la misma China, a 250 kilómetros del ferrocarril más cercano y a 4.000 de Moscú, un año e cartas, libros y naturaleza. Aunque tuvimos algunos amigos en secreto, sobre todo estuvimos aislados del resto de la población, que no podían acercársenos sin ser castigados, a veces muy duramente…’ Pincha aquí para leer el libro.

Definitivamente no parece quedar nada del revolucionario. ¡Esperen! Como un sueño aparece un pelotón desfilando en el parque Panfilov. Un parque que homenajea a veintiocho soldados de infantería de esta ciudad que murieron defendiendo Moscú contra los invasores nazis. Como toda ciudad soviética, Almaty guarda grandes monumentos en memoria de la Segunda Guerra Mundial, que aquí es la Gran Guerra Patriótica. Miro asombrado el enorme tocho de escultura de la que surgen rostros muy realistas. Tanto que parecen una continuación de la plaza donde tontean los jovenzuelos. Veo surgir un soldado que parece chino junto a otro que parece eslavo.

Pero la música que acompaña a los soldados que desfilan a pocos metros me capta nuevamente. Tras el pelotón unos ancianos muy ancianos cargan una gran foto enmarcada en la que se ve a otro anciano muy anciano. ‘Son héroes de la Segunda Guerra Mundial’, me dice alguien mientras un soldado me mira enfurruñado porque le he hecho una foto. Me recuerdan a los héroes de las guerras abisinias que encontré no hace tanto en Etiopía.

Auténticos fósiles vivientes, estos abuelos combatieron contra los nazis en la II G.M

La comitiva la abre un oficial eslavo seguido de la tropa, casi todos kazajos, algunos llevan en almohadoncitos las medallas que ganó el difunto hace ochenta años, el ataúd está envuelto en la bandera kazaja. ‘El que lleva el retrato es su hijo’, me cuenta un fotógrafo y veo entonces el extraordinario parecido entre el hijo y el padre. Estoy maravillado: ¡son historia viva, antiguos combatientes que lucharon contra los nazis! ¡Estos tipos son contemporáneos de Zhukov, de Paulus, de Hitler y Stalin! El pelotón se dispersa, familiares, soldados y políticos charlan. Los ancianos, sujetados cuidadosamente por sus familiares, apenas pueden mantenerse en pie para una sesión de fotografías. ¡Qué paradoja que estos luchadores contra el nazismo compartan cuna con uno de los personajes más oscuros de la nueva Rusia! ¡Un hombre que admira a Hitler, que quiere que Rusia desplace sus fronteras hasta Alemania, que Austria y Europa occidental en general queden en manos de Berlín mientras que Rusia resucite la Unión Soviética pero en lugar de comunista, liberal y ultranacionalista.

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Almaty es una ciudad tranquila y segura pero esta bulla callejera me da paso para hablar de un orate ultranacionalista que sueña con Hitler y que nació precisamente en la ciudad

Cuando Vladimir nació en un barrio pobre y frustrante de Almaty no imaginaba que su sólo apellido sería considerado sinónimo de loco extremista, de neonazi postsoviético o de nacionalista suicida. Pero lo es. Decir hoy Zhirinovski es decir radicalismo a la antigua. Y Zhirinovski, sinónimo de patria rusa, nació aquí, en Almaty. Su madre enviudó cuando él apenas tenía un año de edad, tuvo que lidiar en uno de los extremos de la Unión Soviética con Vladimir y sus cinco hermanos y su experiencia resultó tan traumática que llegó a decir que en los setenta y tres años de su vida no tuvo ni uno solo alegre. La experiencia de su madre se trasladó al pequeño Vladimir, que no veía kazajos sino parásitos que ‘no trabajaban porque se aprovechaban del trabajo de los rusos’. Vladimir y los suyos tenían tanto odio acumulado que no veían que era precisamente al revés. Tanto que, como dice Christopher Robbins en su impagable The Land that dissapears, los apartamentos bajos, los más ruidosos y que nadie quiere, hoy siguen llamándose ‘apartamentos kazajos’. Si alguien conoció bien la inmundicia de vida de los kazajos de aquel momento, considerados ciudadanos de tercera: su madre y los seis hermanos vivían miserablemente en un apartamento de una sola habitación. Como era el último dormía sobre un tronco, se sentía permanentemente enmedio de algo, ‘mi infancia no tuvo gracia alguna’, ha recordado el extremista en sus memorias. ‘En mi apartamento no había libros, ni juguetes, no había papeles, ni teléfono: sólo recuerdo el hambre’, y hasta episodios de envidia de sus compañeros porque tenían bolígrafos y él no.

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No es raro encontrar símbolos de la antigua URSS por toda la ciudad, una experiencia que convirtió al joven Vladimir Zhirinovski en el paradigma de ultranacionalista disparatado que es hoy

Su visión se asemeja más al Almaty que describe Trotsky que a la que yo veo a mi alrededor. Una ciudad joven, moderna, en cierto modo vibrante. Veo un bar que se ríe de la KGB y juega con su estética para que jóvenes a la última moda beban vodka hasta altas horas de la noche, veo restaurantes caros y muy a la última, veo comercios que no tienen nada que envidiarles a los europeos. Zhirinovski no ha querido nunca que se le equipare a la infancia de los soviéticos a lo largo y ancho de todo el imperio. La culpa de su drama es de los kazajos. No importa que los rusos se vieran de un modo similar en toda la URSS. Su carácter creció moldeando un niño tímido, solitario, un niño que creía en altura al mismo tiempo que en odio: ya no era solo a los kazajos. Los chechenos, los ingusetios, los kalmukes, los circasianos. Todos eran culpables del declive eslavo. Una pesadilla, supongo, para alguien nacido en una ciudad tan diversa…

Sólo vio una salida para escapar del hoyo en el que se sentía preso: estudiar duro, como un burro. Consiguió que lo aceptaran en el Instituto de Lenguas Orientales de Moscú, una institución muy prestigiosa donde su personalidad sufrió un nuevo soplo de odio furibundo: los hijos del sistema soviético. Los veía como vagos, borrachos, siempre pendientes de la fiesta y el cada día más radical Vladimir se volvió a refugiar en los libros. A los veinticuatro años no sólo no había tenido jamás novia sino que tampoco tenía amigo alguno. Se graduó en soledad, lo que realimentó aún más su odio al mundo, y volvió entonces su vista a sus raíces. ‘Asia Central no es Asia Central’, cuenta, ‘sino Rusia porque cuando llegamos allí no había nadie y mientras llevábamos la civilización los kazajos vivían en sucias cabañas llenas de barro, sin electricidad, sin agua corriente, simplemente como seres primitivos’. Curioso que nadie le hiciera caer en la cuenta de que él mismo vivía así, según su propio discurso. Tan así que su apartamento hoy es un lugar de peregrinación para neonazis venidos incluso de los EEUU.

Y odio tras rencor, frustración tras amargor, el joven Vladimir creó un partido político llamado Partido Liberal Democrático de Rusia. Si le faltaba algo a su discurso racista, clasista y lleno de rencor era el antisemitismo, y pronto lo sacó a relucir. Al tiempo, por cierto, que alguien sacó también registros de Almaty en el que aseguraban que Vladimir no era Zhirinovski sino Edelshtein, un apellido judío a más no poder, aunque él lo niega con vehemencia (qué menos). Su partido de rabia y odio subió como la espuma porque la impotencia que sentía el radical kazajo no era único: era muy común. Millones de rusos pensaban que esas bestias primitivas con las que habían compartido imperio les habían hundido su orgullo, su país y su economía. Y cuando las repúblicas socialistas soviéticas comenzaron a separarse al colérico Vladimir casi le da un soponcio. No sólo era ilegal e ilegítimo, según su criterio, sino que la Madre Rusia sufría una amputación traumática de una parte crucial. Porque, ¿qué es Rusia sin sus estepas? ¿Quiénes se creían esos primitivos beduinos para robarle a la Madre Patria su oro, su petróleo, sus enormes extensiones? En su futuro soñado, Kazajistán volverá a ser ruso y Almaty, su ciudad natal, la capital del distrito centroasiático ruso:  ‘Sueño con los soldados rusos limpiándose las botas en las cálidas aguas del Océano Índico’, ha dicho alguna vez en una declaración de hasta dónde su delirante orgullo herido puede llegar.

‘El repicar de las campanas de la Rusia Ortodoxa en las orillas del Índico y del Mediterráneo serán un mensaje de prosperidad y paz’. Vladimir se convirtió en carne propicia para programas televisivos de gritos y violencia, sus insultantes diatribas contra los judíos y extranjeros resonaban en los apartamentos de rusos rabiosos y coléricos, su ira se extendió por los confines de la Rusia que Fue: hay que atacar a Occidente, los estados Bálticos deben ser castigados con basura radiactiva y aires contaminados que se orientarán con ventiladores gigantes, la frontera rusa debe moverse hasta Alemania, mostraba planes militares para invadir Irán, Turquía y Afganistán, amenazó a Japón con numerosos Hiroshimas si no les devolvían las islas Kuriles. El discurso se hacía cada vez más surrealista, bélico y disparatado pero con cada disparate nuevo le crecían los votantes. ‘Prohibiré los anuncios de televisión, los chicles y el veraneo en las playas’, gritaba mientras además agredía a alguno que otro de sus contertulios, ‘el 90% de las noticias serán exclusivamente sobre Rusia, el vodka será gratis y legalizaré la poligamia para que ninguna mujer rusa tenga que estar sola’.

En 1991 alcanzó el 8% de los votos rusos y pudo, como líder de su partido, sentarse en la Duma, el congreso ruso, en 2003 su partido quedó en tercer lugar en los comicios y comenzó a tratar de tú al otro Vladimir, Putin, con el que dicen que tiene un trato para aglutinar el voto más radical sin que suponga peligro alguno. De vez en cuando sale en alguna tertulia diciendo algún disparate, como que Condoleeza Rice, en el momento secretaria de estado de los EE.UU, necesitaba un hombre al lado, o que se propone prohibir Coca Cola y Pepsi Cola. Zhirinovski sigue presentándose a las elecciones presidenciales pero ha convertido su partido en un refugio para delincuentes. Dice el fiscal anticorrupción español, José Grinda que el partido de Vladimir daba cabida a criminales con el único propósito de ‘ampararse en su inmunidad parlamentaria, impidiendo la actuación de la Policía y Justicia rusas’. Nada que no nos suene en tierra patria, por cierto.

En un restaurante tradicional la camarera se acerca con el bolígrafo en ristre. ¿Que de dónde soy? De España, le digo. La camarera ríe abiertamente, bate palmas, me ofrece un chuletón de caballo y se señala la camiseta. ¡Es la elástica de la selección española! No hay garito que no ofrezca todos los partidos de las ligas europeas, aquí a deshora. Los bares, los restaurantes, todos llenos de jovenzuelos que saltan con los goles de Messi o de Hazard como si fueran suyos. La mezcolanza es llamativa y resulta raro ver a un coreano jaleando a Iniesta, a un checheno entusiasmado con Sergio Ramos, a un chino brindando por Salah. En el parque central de Almaty termino mi viaje a la ciudad. Las familias hacen cola para montar los hidropedales, comen pinchitos a todas horas, prueban fortuna en atracciones soviéticas con desconchones.

Hay musulmanas con hiyab, familias chinas cargadas de trastos, niños rubios que saltan en camas elásticas, kazajos gordos como globos que saludan con un Salam Aleikum mientras tragan enormes jarras de cerveza. A fuerza de tragar civilizaciones durante siglos los kazajos son hoy coloridos, diversos, multiétnicos. Almaty, además, es una gran ciudad con un futuro vibrante y un pasado ciertamente pintoresco. La pujanza de su economía casa perfectamente con el megaproyecto chino de la nueva ruta de la seda. Curioso, me digo. Un proyecto que sigue los pasos de los primeros invasores mongoles, los de Genghis Khan, en su loca expansión a Occidente y que toma forma en una ciudad que terminó por agradar a su más famoso exiliado. Sólo espero que su hijo más indeseado, el ultranacionalista Vladimir, siga siendo un no menos pintoresco producto local. El de una historia intensa y con un punto de locura.