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Aún resuenan por las paredes los ecos de los pasos de los orondos miembros del Soviet abjasio saliendo en tromba de los ascensores, aunque éstos, los ascensores, yazcan despanzurrados en sus huecos, sus cables mirando la negrura vertical en una muda súplica, o tal vez en un recuerdo de sus años felices. Las oficinas están abiertas, arrancadas puertas y marcos, y crujen los pasillos al paso del visitante, las baldosas levantadas en una orgía de papeles, excrementos y escombros, un silencio sólo roto por el parsimonioso deambular de alguna vaca lechera…

parlamento de Abjasia

Los ascensores que una vez usaron los gerifaltes soviéticos hoy están despanzurrados en sus huecos

 

La escalera de servicio amenaza ruina, su hermosa balaustrada salpicada por ráfagas de metralla, y sólo después de vencer los primeros miedos puede el visitante subirlas mientras evita pensar que todo puede derrumbarse en cualquier momento. De las ventanas de lo que una vez fueron oficinas de altos techos, con sillería en altorrelieve, escapan ramas de plantas exóticas, angustiadas por la falta de ministros y secretarios de estado y de administrativos pelotas y del traqueteo de las máquinas de escribir. O tal vez por la falta de luz: pero no de agua porque las tuberías sobresalen de los techos resquebrajados goteando impenitentes desde hace más de veinte años.

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Basura en el vestíbulo del parlamento de Abjasia

 

En un rincón se acumulan kilos de desechos, hay botellas de plástico y de cristal, veo algunas de refrescos y de agua pero muchas de vodka, hay jeringuillas, papeles quemados, suciedad, charcos de agua oscura. Fuera, en los espléndidos jardines, pastan despreocupadas unas vacas rollizas evocando a aquellos orondos soviets, y en el amplísimo aparcamiento pensado para grandes celebraciones, un taxista escucha música y dos adolescentes ensayan un baile. A las puertas del gran edificio, el pedestal que soportaba la estatua de Lenin descansa hoy de aquel esfuerzo, liberado por los vecinos de un país que ni existía entonces ni existe hoy. Aunque en aquel momento tenía, al menos, un parlamento de quince plantas, construido con piedra georgiana, un tocho de estilo soviético levantado en los años 60 y que albergó, entre otros, la sede del comité del Oblast, una de las divisiones administrativas de la URSS, el comité del Komsomol, las juventudes comunistas, y al propio partido comunista de Sujumi.

 

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Difícilmente podían suponer aquellos jovenzuelos comunistas que años después un terrible baño de sangre mancharía esas escaleras en las que posaban despreocupados. Por ejemplo, la sangre de Guram Gabiskiria, el último alcalde georgiano de Sujumi, ejecutado a los pies de la escalinata junto a sus hombres de confianza por los rebeldes abjasios, pincha aquí. Aunque creo que tal vez la basura esparcida por doquier les llamaría más la atención…

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Desde el interior del parlamento de Abjasia se observa aún el pedestal sobre el que se erigía la estatua de Lenin, aunque Vladimir fue derribado por una masa enfurecida a principios de los años 90

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El pedestal donde estuvo Lenin

En 2008, el entonces alcalde de Sujumi, Alias Labakhua, propuso derribarlo y reemplazarlo por un edificio más acorde a los nuevos tiempos, porque el esqueleto que domina los cielos de la ciudad sigue exactamente igual que en 1993, cuando se hizo aún más alto con las largas columnas de humo que se elevaban al cielo no ya de Sujumi sino de toda Abjasia y hasta de la vecina Mingrelia. No parece la imagen más adecuada para un país que nadie reconoce eso de tener un parlamento quemado, con las escaleras colgando, la fachada chamuscada y cientos de botellas y jeringuillas rodando por las oficinas. Allí hay agujeros de bala, más allá un armario de archivos con la cerradura reventada, hojas danzantes provenientes de la antigua biblioteca, pintura descascarillada en los muretes, FUCK GEORGIA pintado en rojo en la pared.

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Los vecinos se acercan sigilosos y tiran por las ventanas muebles que ya no les sirven, incluso bolsas de basura, y por las noches los jovenzuelos más locos se acercan para trepar por su interior, el sueño de todo adolescente que se precie. A pocas manzanas, un BMW último modelo derrapa en una de las avenidas principales, trata de doblar por una calle con escaso tino y acaba estampado en una farola. De su interior salen cuatro muchachos, rapados y con cara de Esmirnoff: el conductor mira compungido el coche, totalmente reventado, y se lía a patadas con lo que queda, una actitud loable pero que expulsa de inmediato a los curiosos que nos hemos acercado al accidente.

 

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Yo mismo ante el deteriorado parlamento de Abjasia

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Sujumi sigue en ruinas y las del parlamento son las más estentóreas pero no las únicas, aquí puedes ver la riqueza arquitectónica de esta bonita ciudad.

Y aquí un reconocimiento de esas ruinas y el interés que tiene también Georgia en recuperar las que un día pertenecieron a georgianos.

Un país del que puedes saber algo más a través de mi experiencia si pinchas aquí.

Aquí puedes ver fotos de los terribles días del asalto al parlamento, pincha aquí

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‘El 14 de agosto (de 1992) me encontraba en el parlamento de Sujumi’, contó el diputado Natela Akaba a Human Rights Watch, ‘cuando a las 11.00 A.M nos comunican que un gran frente de tanques había entrado en Abjasia a través de la región de Ochamchira. No podíamos creerlo porque teníamos una buena relación con Shevernadze y habíamos llegado a un principio de acuerdo para liberar a los rehenes con una fuerza conjunta de georgianos y abjasios. Pero me asomé a la ventana del edificio y, ¡ya estaba disparando! Vi helicópteros y entonces supe que la cosa iba en serio. Todos los diputados corrieron para ponerse a salvo porque parecía claro que seríamos los primeros objetivos, aunque la ciudad estuvo ocupada en media hora…’

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Hasta las palmeras murieron acribilladas por ráfagas de metralleta en la toma del parlamento de Sujumi…

El relato de Akaba supone el principio del fin para este mastodóntico edificio. Todo comenzó meses atrás, cuando los diputados abjasios se impusieron en una serie de votaciones para perfilar su independencia de un país, Georgia, que acababa de independizarse a su vez de la URSS. Desde diciembre de 1990 los abjasios venían fantaseando con su nación y los georgianos que vivían en Abjasia, que eran incluso más que los mismos abjasios, se opusieron con rotundidad. A principios de 1992, los secesionistas incluso recuperaron la constitución de los años veinte, cuando fueron independientes por unos meses, para excluir su inclusión en el nuevo país, Georgia, a su vez en plena efervescencia nacionalista.

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De las oficinas sólo salen ramas

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Al problema independentista de Abjasia se unió la extrema precariedad de Georgia, con dos líderes enfrentados y reclamando el gobierno del país, por un lado Edvard Shevernadze, el antiguo ministro de exteriores soviético, y por otro el poeta Gamsajurdia, el primer presidente de la Georgia postsoviética, ambos con ciertos tintes mafiosillos que presagiaban un conflicto más antes que después, sobre todo porque sus partidarios se enfrentan a lo largo y ancho de todo el país y los de Gamsajurdia hasta secuestran al comité de DD.HH de Georgia en Abjasia. Y fue antes. Con el aviso de independencia, la Guardia Nacional georgiana, y los paramilitares Mkhedrioni del Gran Macarra del Cáucaso, Ioseliani, cruzan el río Inguri y se lían a tiros con todo el que pillan. En este punto retomamos el relato del diputado Akaba: los rebeldes vienen con todo y el parlamento es su objetivo, más que nada porque el presidente del nuevo país, Vladislav Ardzinba, se encuentra dentro. Ardzinba no era cualquiera sino el ideólogo de la limpieza étnica de su remedo de país: no quería georgianos en el ejército, ni en el parlamento, tampoco en los equipos deportivos nacionales y casi ni en las calles. Las bombas georgianas, por supuesto, no tardaron en buscarlo con tal ahínco que Ardzinba salió corriendo al interior de Abjasia para hacerse fuerte con 1.500 hombres en la pequeña población de Gudauta. Aquí puedes ver algo mas del controvertido Ardzinba. A sus espaldas, el parlamento de Sujumi comenzó a adoptar la forma y el color que tienen hoy.

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Las tropas georgianas penetraron calle por calle pero apenas había civiles desarmados que eran abatidos sin miramientos. El 18 de agosto, en pleno alto el fuego, los georgianos tomaron el parlamento y lo destrozaron a su antojo, tal y como habían hecho con los edificios cercanos. El gobierno abjasio, entre tanto, recibe ayuda incluso de los guerrilleros del Cáucaso norte, como Shamil, el checheno que se haría famoso años después por sus espectaculares atentados. El edificio del parlamento comenzó a mascar su tragedia, la del propio país, sus paredes cuarteadas, acribilladas y ahumadas, la bandera de Georgia ondeando sobre las primeras ruinas. El gobierno de Abjasia estaba en cuadro, asediado en Gudauta y sin apenas medios cuando apareció el actor más importante de la región: Rusia, quienes consiguen en septiembre de 1992 un alto el fuego y la retirada de los georgianos de un país que ya dominaban casi por completo.

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Recuperó entonces el péndulo el terreno perdido y los insurgentes abjasios se dieron a la venganza, aunque en sus excesos fastidiaron, sobre todo, a sus propios vecinos. Las escenas de pillaje permanecen aún en las retinas de los que las vivieron y muchos a día de hoy se preguntan todavía quién les disparó, quién les robó, quiénes fueron los violadores, si georgianos o abjasios, y quién la víctima, georgianos contra georgianos y contra abjasios, y abjasios que martirizaban a georgianos y, por supuesto, abjasios. El más ilustre de los perjudicados resultó el propio Edvard Shevarnadze, que estaba en Sujumi para tratar de poner orden cuando los abjasios volvieron a entrar en la ciudad a sangre y fuego. Dicen los reportes que estaba en el edificio agónico del Parlamento cuando tuvo que salir corriendo para huir a bordo de un buque ruso… Días después le seguirían los pasos alrededor de trescientos mil georgianos que todavía esperan en Georgia el día en el que puedan volver. Para terminar de enredar la historia, el otro presidente georgiano, Dviad Gamsajurdia, asediado por las tropas de Shevarnadze, y creyéndose perdido, se suicidó de un disparo a principios de 1994.

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Aquí tienes el reporte de Naciones Unidas sobre los hechos de aquella terrible guerra que causó decenas de miles de muertos y cientos de miles de desplazados y que nos deja la insólita imagen de un edificio oficial, todo un Parlamento, así, como pasto de vacas y refugio de borrachuzos.

 

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