Joselito Mellora no inspira miedo aunque se cambie el nombre a Ali

Desde una pared de la avenida Roxas, donde brilla y humea el mercado nocturno, me miran fijamente los terroristas que buscan los militares. Tienen nombres extraños esos terroristas. Hay uno que se llama Joselito y pienso que le resta credibilidad en la lucha armada. Claro que yo no vivo aquí y no sé si Joselito se impuso con vehemente violencia y ahora su solo nombre inspira respeto y temor. A mí no, la verdad. No lo conozco y solo lo veo sonreír con un collar de balas de grueso calibre, vestido de camuflaje, acompañado de una amplia caterva de rostros amenazantes y turbadores.

Bajo él Cardawi, una chica de belleza salvaje, no parece una terrorista de la yihad sino de las FARC su melena suelta y sus gruesos labios abultados mientras hace como que no mira a la cámara. También me llama la atención un tipo en penumbras que parece un crío y se apellida Apóstol Facturan: ¿cómo puede un yihadista apellidarse Apóstol? En general parecen muchachos de campamento aunque alguno hay que ya ha superado la edad de los boys scouts y entonces sí inspiran miedo. Como ese tipo que no tiene ni nombre más allá de un rostro mofletudo y lejano, o ese otro que me recuerda al cruel Zarqawi y que se hace llamar Khatab.

O Abu Ashma, de rostro huesudo y cara de mala leche, y qué decir del que se hace llamar Baby. Craso error porque los jovenzuelos tienen ideas más enrevesadas que los mayores. Te miran fijamente esos terroristas, parecen amenazar en silencio esos terroristas, tienen acojonados a toda una ciudad esos terroristas. Afortunadamente solo me miran desde un póster arrugado junto al que descansa, metralleta en mano, un soldado apoyado en la pared.

Cae la noche en la ciudad vieja de Davao, en la isla de Mindanao, y los comerciantes colocan sus mercancías en el Mercado Nocturno. Pantalones a veinte céntimos de euro, fundas para móviles, pescado asado, zumo de durián, masajistas callejeros. Un ambiente de fiesta con familias emperifolladas, pandillas de niñas risueñas, muchachos con la travesura en la mirada. Y soldados fuertemente armados que escrutan cada bolsa que entra en el recinto. En la memoria sigue instalada la noche del 2 de septiembre de 2016 cuando una bomba segó la vida de quince personas y dejó gravemente heridas a otras setenta. ¿A quién en su sano juicio se le ocurre poner una bomba entre este gentío? Corren los niños tras una pelota de trapo, discute una pareja bajo el toldo de una tienda, dos chicas con velo charlan animadamente mientras esperan su refresco bajo una espantosa humareda de pinchitos a la barbacoa. Cristianos y musulmanes se cruzan en una ciudad abierta, tan amable como caótica, tan simpática como decadente.

Pero la amenaza está ahí y tiene un nombre propio. Abu Sayyaf, el grupo terrorista del que ya he hablado aquí. Un grupo de majaras sin escrúpulos que adelantó en varias décadas las peores atrocidades del Daesh. Unos días antes del atentado el presidente de las Filipinas, Rodrigo Duterte, que había sido alcalde de esta ciudad, ordenó al ejército acabar con el grupo terrorista después de que decapitaran a un muchacho de dieciocho años porque su familia no pudo pagar el rescate. El anuncio no sentó bien a los disparatados terroristas y una de sus ramas, el denominado Grupo Maute, conocido también como Estado Islámico de Lanao, actuó como suelen: masacrando civiles. Poco después del anuncio del presidente protagonizaron su más conocida acción: la invasión y destrucción de Marawi, una ciudad al norte de Mindanao. En Marawi murieron decenas de civiles, soldados, policías y, por supuesto, yihadistas, la batalla duró cinco meses y provocó miles de desplazados y la declaración de la ley marcial en toda la isla. Aún hoy la mayoría de los pobres vecinos no han podido volver a sus hogares y los militares siguen extrayendo minas de caminos y veredas, casas derruidas y edificios a medio caer.

Son las fiestas locales, Kagayawan, unas fiestas que podrían traducirse como ‘bonitas’ y que no es más que un explosión de color y flores con las que los vecinos agradecen a la naturaleza los regalos que nos da y las cosechas tan magníficas. Así que las avenidas principales se llenan de colores, flores y multitudes. Los soldados escrutan al público, las vallas impiden el paso libre de una calle a otra, los controles de carretera se suceden. Las autoridades han lanzado un aviso por la radio: si ven algo raro llamen inmediatamente a la policía. No noto miedo entre el gentío pero es evidente que los militares están estresados corriendo de un lado a otro.

El grupo Maute fue fundado por los hermanos Omar y Abdullah Maute, que les dan el nombre en un arranque muy poco original, y juraron lealtad al Estado Islámico de Al Baghdadi en 2012. Por eso llevan sus banderas negras, al estilo de los descerebrados de Oriente Medio, y procuran elevar el tono de la apuesta de los sirios e iraquíes. Además de la bomba en Davao y de la destrucción de Marawi, los Maute también han atacado la embajada norteamericana en Manila y protagonizado secuestros y atentados menores. Omar Maute y el líder de Abu Sayyaf, Isnilon Hapilon, fueron abatidos por el ejército filipino poco después de la épica batalla de Marawi, donde ya había muerto el otro hermano, el tal Abdullah, un tipejo que gustaba de mostrarse sonriente tocado por un turbante con la bandera del ISIS.

Pero, por raro que parezca, el grupo Maute es una guerrilla familiar radical islámica que funciona como matriarcado: la madre de los fundadores, de Omar y Abdullah, es la cerebro de este grupo que sueña con la peor de las sharías. Ominta Romato Maute es su nombre, aunque ella se hace llamar Farhana, y repasando el cartel de terroristas veo que tanto Romato como Maute se repiten constantemente. ¿Será una pandilla de primos yihadistas? Ominta (obviaré el Farhana, con su permiso), creen las autoridades, fue la fundadora, su principal financiadora y asesora, además de madre de siete becerros apellidados todos Maute. Su marido, Cayamora Maute, no quso quedarse atrás y fue detenido mientras viajaba fuertemente armado en compañía de su segunda esposa. Hay quien dice que este grupo es más de lo que parece, que tienen altas conexiones políticas, que poseen una empresa de construcción en Manila que les da mucho dinero y que la propia Ominta reclutaba soldados años atrás cuando la familia militaba en la principal guerrilla de la isla, el Frente Moro de Liberación Nacional. Sea como sea, Ominta, o Farhana, fue detenida mientras atendía miembros de su clan heridos en la batalla de Marawi.

Fuera como fuera, las bolsas y las mochilas sobresaltan a los policías, los guardias jurados, los militares. Allá donde vayas te las harán abrir, un soldado puntilloso rebuscará con un palito en los bolsillos más recónditos, mirará con extrañeza la cámara de fotos si tienes un objetivo voluminoso, sonreirán nerviosos mientras examinan el interior de tu mochila mientras (creo yo) trata de tranquilizarse pensando que un guiri no viene a poner bombas. No, no vengo a poner bombas ni a ponerme a tiro de la loca familia Maute. Tan solo quiero un zumo de frutas y un masaje en una de esas sillas de plástico blanco… Si es posible, sin que explote una bomba…