Cuando cae la noche, la Avenida Roxas de Davao, la capital de Mindanao, se llena de sombras que arrastran sillas de plástico, carpas de tela plastificada y muchos botes de crema y aceites. Visten coloridas batas, unas rosas, otras azules, las hay verdes y también amarillas. Se reúnen en grupos, según el color de las batas, disponen las sillas de un modo muy ordenado y esperan. Y esperan. Esperan clientes que deambulan por la zona del mercado nocturno, clientes que compran pantalones a veinte céntimos de euro, camisetas a treinta, fundas de móvil a diez y comen enormes batidos de frutas por precios irrisorios.

‘Venimos todos los días’, me dice Lily mientras calibra por dónde meterme mano mientras me despanzurro en una silla de plástico rojo abrazado a un enorme cojín, ‘incluidos domingos: para nosotros no hay días de descanso’, me dice entre risas mientras su hija gatea por entre los pies de los clientes. ‘¿Pies, espalda, cabeza o todo?’, pregunta. Y le respondo que un completo, claro. ¿Todos los días? ‘Todos, el día que no vengo no cobro y no tengo dinero…’. El recinto, que no es tal porque estamos en mitad de la calle, se va llenando paulativamente. Hay caras de sufrimiento masoquista, de ese sufrimiento que pide más sufrimiento porque en el fondo es goce. Tras un fenomenal masaje de pies y sin solución de continuidad Lily pasa a la cabeza. Quiero protestar pero no puedo porque estoy sumergido en un tobogán de sensaciones gustosas. ¿De los pies a la cabeza? ¡Qué más da! Mi vecino de silla suelta pequeños suspiros que me sobresaltan.

Las multitudes vienen y van y los militares no tienen manos para escudriñar todas las bolsas. En septiembre de 2016 una bomba de la más loca familia de las Filipinas, perteneciente a los siniestros botarates de Abu Sayyaf, asesinó a quince personas y dejó gravemente heridas a más de setenta. Imagino la escena de masajistas y masajeados saliendo disparados por los aires y me pongo malo porque de los quince muertos siete eran masajistas. Una de ellas era Vicenta, con solo veintiún años y embarazada de seis meses. Aquí puedes ver cómo quedó todo tras el atentado.

La Avenida Rojas, una avenida muy amplia, con una zona central habilitada para los buscavidas que antes saturaban otras zonas del centro hasta tal punto que la alcaldía les dio este espacio, y de noche, porque caben todos juntos y pueden buscarse unas monedas sin congestionar el centro. A ambos lados se supone que transcurren dos ramales de un río que en realidad son dos brazos de aguas putrefactas repletas de basura. Cada vendedor dispone de un cuadradito de metro y medio por dos metros a cambio de pagarle al ayuntamiento veinticinco pesos diarios (0.45 euros al cambio…). Los beneficios son mayores por lo que sale a cuenta y la gente acude como ríos van a parar al mar. Ríos más limpios que los canales que nos rodean, espero.

Gente humilde que consigue aquí las cosas a las que no puede ni aspirar en los comercios como dios manda. Aquí puedes comer atún recién pescado en las aguas de ahí enfrente, cangrejos de tamaño considerable, bebidas no alcohólicas, las familias peinan el mercado buscando ofertas, el humo de los pinchitos se mezcla con los aceites de los masajistas, el ambiente es popular. Por eso la bomba fue más miserable, por eso tantos vecinos de Mindanao los aborrecen. Porque enarbolan una religión de sangre y sufrimiento, que se ceba sobre todo en los pobres, los más cercanos y fáciles, porque son unos miserables sin pies ni cabeza. ¡Un masajista no sabría por dónde comenzar con uno de esos desgraciados!

Doy un respingo. Lily me ha metido un dedo en un muslo y mi sistema nervioso central ha protestado calladamente. La miro con cara de susto, me mira con una amplia sonrisa, su bebé ha atrapado un móvil de alguna parte y ha puesto dibujos a todo volumen, mi vecino jadea con los ojos cerrados. Lily dice que no puede agradecer más que exista este sitio porque sin los masajes no sabría cómo alimentar a su hijo y que lo de no descansar nunca no lo lleva mal. En las Filipinas parece que cualquiera que te cruces por la calle es un experto masajista y los establecimientos comerciales están saturados de personal: no hay consultas suficientes para acoger a tanto masajista titulado. Así que se reúnen aquí, en la calle, en clubes y asociaciones con nombres como ‘La Asociación de Terapistas amables’ y cosas así. Mola.

Según el ayuntamiento ha llegado a haber hasta catorce asociaciones de masajistas y treinta manicuristas. ‘Al principio los compañeros no querían moverse de donde estaban’, me dice Lily, demasiado joven en aquellos momentos, ‘pero los sacaron a todos, desde vendedores ambulantes a jugadores de ajedrez callejeros’. Imagino las furgonetas de la policía llenas de detenidos heterogéneos en una imagen un tanto surrealista: masajistas, jugadores de ajedrez, vendedores de ropa, quiroprácticos, raterillos de barrio, cocineros, todos trasladados a otro punto de la ciudad: este. Lily termina el masaje y me alarga la mano: al cambio, tres euros por un masaje de una hora…