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Bajo un cielo de zinc y palés de madera nada un tiburón. No ha visto más cielo que ese, gris y metálico, tan cerca de la superficie que podría embestirlo si tuviera necesidad. Pero, con ser triste que el cielo del tiburón sea una chapa, más triste debería resultarle que el océano más cercano se encuentre a tres mil kilómetros de distancia. Porque este Oceanario, el primero que tiene Kazajistán, es también objeto del repelente libro Guinnes como el acuario más remoto de cualquier océano. Tres mil kilómetros. Los tiburones no lo saben pero viven en las estepas centroasiáticas y su hábitat natural está tan lejos como Dinamarca lo está de Cádiz.

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El abuelo alucina con el tiburón

Un abuelo vestido con chaqueta de cuero negra y una gorra se abre paso como lo haría un niño pequeño. A empujones, la mirada perdida, avanza a trompicones. Mira al techo con los ojos muy abiertos, los demás no existimos. El abuelo se pega al túnel y aplasta la nariz contra el cristal. No me extraña, me digo a pesar de que he sido uno de los perjudicados por el arrebato del abuelo. Detrás del cristal se mueve ceremonioso un tiburón de tres metros.

Estoy en Astaná, la capital de Kazajistán, en plena estepa centroasiática. El mar más cercano está a tres mil kilómetros. El tiburón debe estar flipando. El abuelo no es el único que alucina. Un militar se toma fotos con cara de iluminado, una familia corre ansiosa de una pared del túnel a otra con incredulidad, una niña mira una tortuga con cara de familiaridad mientras su madre abre los ojos como poseída. El acuario no tiene nada de extraordinario más allá de su ubicación. Supongo que un tiburón en el acuario de Sevilla está tan desubicado como este kazajo y para los efectos resultará lo mismo.

Pero no deja de asombrarme, a mí y a los visitantes de la estepa, que estos bichos estén tan lejísimos del mar. Porque, como decía, el mar más cercano está a más de tres mil kilómetros. Bueno, hay uno más cercano, a sólo quinientos kilómetros, aunque es un mar moribundo, salado e insalubre que se llevó por delante el desarrollismo agrícola de la Unión Soviética. El mar de Aral. El mar Caspio, que sigue dentro de los límites del país, está a casi tres mil kilómetros, y el Índico se aleja hasta los tres mil kilómetros.

No hay sólo tiburones, claro. Con tres millones de litros de agua de capacidad y veinte acuarios diferentes, el Oceanario de Astaná tiene espacio para otras especies. En concreto, cien. Tres mil ejemplares de cien especies diferentes nadan en la estepa centroasiática. Hay peces de sudamérica y del sudeste asiático, áreas costeras y también profundidades y arrecifes coralíneos. Hay pirañas y pacus de la Amazonía, meros del Atlántico, peces Napoleón del mar Rojo, de las Galápagos se han traído peces murciélagos, caballitos de mar de los arrecifes coralinos, peces piedra… Por supuesto hay algún pez local, como ese esturión que me mira tan divertido como yo lo miro a él: parece hacerme burla, incluso.

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¿Quién mira a quién? El esturión se me acerca, me mira de arriba abajo y se ríe en mi cara…

Y ahí está el abuelo de la gorra, dando saltos por el túnel, entusiasmado con unos animales que le parecen de mentira, él, que no ha visto jamás un océano, ni un mar, ni siquiera un río realmente grande. Hace dos generaciones sus abuelos vagaban por una superficie de tierra infinita, dedicado al pastoreo. ¡Tiburones en la estepa! En 2003 nació el primer tiburón kazajo, el primer tiburón estepario, un tiburón que nada en las cálidas aguas de un depósito artificial mientras fuera nieva con intensidad y los termómetros bajan a los cuarenta grados. Bajo cero, claro. Al menos puede estar seguro de que no lo matarán, como a sus hermanos de océano, para arrancarles las aletas.

¿Ha visto usted alguna vez el mar?, pregunto a una chica. ‘No’. ¿Y usted?. ‘No’. Ni siquiera imaginan cómo es el mar, más allá del modo en que todos imaginamos cómo es la superficie lunar sin que podamos verlo jamás, más allá de las películas, los documentales, las fotografías de aquel reportaje. El tiburón nada ceremonioso, ajeno a la expectación que causa. Y de repente, sube como una bala rumbo al cielo.

A un cielo de hojalata.