Al final de una lengua de tierra, en los confines meridionales de Bangladesh, y hecho un sandwich entre un caudaloso río y el extenso golfo de Bengala, se encuentra Teknaf, la ciudad del fin del mundo. Si es que esto que ven mis ojos es una ciudad. No hay razón turística para pisar sus polvorientas calles más allá de una visita al archipiélago de San Martín, cuatro islas situadas a doce kilómetros de la costa donde tirarse a la bartola entre palmeras o explorar los fondos del mar. Las calles de Teknaf son descuidadas y sin acerado, los comercios están diseminados en un gran mercado callejero que abarca toda la población, si buscas un bar sudarás la gota gorda y no lo hallarás. Me recomiendan un hotel seguro, el Milky Resort, y me insisten mucho en la seguridad pero la habitación me recibe con una nube de mosquitos, una cucaracha de interesante tamaño, hormigas que zigazguean en una inacabable fila. Si Teknaf no es el fin del mundo se le parece mucho. ¿Para qué venir?

Porque Teknaf es mucho más. Es una de esas ciudades que engañan al visitante. Su apariencia lánguida tiene algo de rural, de pasado, de niños jugando todo el santo día en la calle hasta que las madres salen babucha en mano. Pero, insisto: Teknaf es mucho más. Por sus calles desfilan refugiados rohingya que huyen del exterminio genocida que los acaba al otro lado del río, cárteles de la droga que ajustan cuentas a tiros, disparos perdidos, ejecuciones extrajudiciales, falsos hoteles que sólo disponen de la carne fresca de adolescentes birmanas, cadáveres anónimos, agentes secretos, enfrentamientos a disparos entre policías y contrabandistas, alijos de metanfetamina escondidos, abandonados, robados. También hay cosas más normales: un proyecto de hacer un puente con el país vecino, pescadores que rebuscan el fondo del estuario, cultivos de arroz y unas salinas que se inundan de cuando en cuando. Espacios abiertos, el único parque nacional del país, playas larguísimas, gente amable.

La mezcla de todo ello hace, como decía, que Teknaf parezca el lugar más decadente y cándido del planeta. Sus calles no son dignas de tal nombre, salvando el breve trecho cuesta arriba que hace de centro donde varios comercios venden de todo, desde atrevidos vestidos que compran mujeres en niqab a joyas de oro muy amarillo pasando por telas baratas, cacharros de plástico, cremas de manos. Eso en el corazón de la ciudad pero los mercados se desparraman por todas partes. Hay mercados llenos de peces exóticos, mercados de bueyes de agua, mercados de telas y pañuelos, incluso mercados clandestinos de drogas y jóvenes birmanas, aunque estos últimos no son fáciles de ver y sólo existen en los rumores clandestinos. Hay tantos mercados que tengo la impresión de que todos los vecinos son vendedores y clientes a distintas horas del día. En un descampado una joven vende piedras, las coloca en fila, pone una encima de otra, las limpia de polvo, las mira orgullosa. Un paseante se pone un dedo en la cabeza y me indica que está regular de la chaveta. ¡Qué más da! ¡Lo importante es no perder el paso y vender, lo que sea, como sea, vender!

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Arriba la vendedora de piedras, con sus piedras expuestas

La gente vende cualquier cosa en un contexto que mezcla la pobreza más miserable y la humedad insoportable de un pueblo costero del trópico. Un muchacho vende algo que me parecen coloridas habas, aquel de allí trozos de plásticos, ahora recorro una larga fila de abuelos sentados que venden hojas y nueces de betel, la nuez que mascan con tanto afán en todo el sudeste asiático y que deja estrepitosos escupitajos rojos en el suelo si no los limpias rápido. Y aquí tampoco lo hacen. Y precisamente el betel es uno de los sostenes de este pueblo, de los sostenes legales, claro.

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Vendedores de betel, arriba la hoja, abajo la nuez

La nuez de betel, unas salinas, la pesca, alguna granja de gambas y la agricultura son las industrias de esta ciudad abandonada al sur de una larga lengua de tierra. No hay espacio ni conocimiento para más. Mirando los datos no es para menos: (aunque no hay más censo que el de 2001…): sólo un 24.4% de los varones están alfabetizados, un porcentaje que sube al 29.3% entre las mujeres, prácticamente la mitad de la población vive de la agricultura y un veinte por ciento del comercio, el resto: sabe Dios..

Paseo entre miradas de asombro (no es habitual encontrarse un rostro pálido por aquí) y de indiferencia y así encuentro el puerto de Teknaf, donde se amontonan las extravagantes y coloridas barcas de los pescadores, con formas de babucha árabe, y los pesqueros que parecen sacados de una película de piratas. Dicen las malas lenguas que antes de traer pescado algunas llevan refugiados rohingya a buques mercantes que les esperan en alta mar para llevar la carne fresca a Tailandia, a Malasia, a Indonesia.

Por la orilla de la playa ruedan los cadáveres de peces globo desechados de alguna embarcación, pasean señores ceñudos que de lejos parecen señoras ceñudas porque visten sarong, esas telas coloridas que hacen las veces de pantalones, faldas, jerseys, pañuelos para el resfriado, monederos y hasta bolsillos de fondo profundo, pasan motos, autobuses, cuatro por cuatro, grupos de paseantes, pescadores. Visito Teknaf en pleno ramadán y el estómago me lo recrimina a gritos. Los restaurantes quedan reducidos a uno en semejante festividad y ni siquiera así tengo asegurado el almuerzo porque sólo abre al caer el sol.

A las afueras viven en la mayor de las miserias un grupo de refugiados rohingya. Sus casas están medio inundadas, apenas tienen para comer, viven hacinados en casas que parecen desmoronarse. Pero la miseria es democrática en esta ciudad del fin del mundo. Sus vecinos son bengalíes locales y tienen los mismos charcos en sus casas, el mismo hambre, los mismos techos a punto de desmoronarse. No sienten la asfixia del cercano campo de refugiados de Leda y sí más libertad pero la miseria mantenida en el tiempo no puede ser buena. Al otro lado del río Naf las masas de rohingyas esperan agazapadas para cruzar a lo que consideran mundo libre. ¡Y eso que Teknaf es uno de los sitios más miserables de uno de los países más pobres del planeta! En la zona del mercado un muchacho me habla en inglés. Le pregunto dónde puedo encontrar algún refugiado rohingya. ¿Rohingyas? Ni idea, me contesta. Gracias, le digo mientras me voy. Poco después aparece en una moto y me para unas calles más allá. ‘Yo mismo soy rohingya’, me dice, ‘pero no quiero que nadie lo sepa’. Sus aventuras ya las conté aquí. Miro entonces con desconfianza: ¿quién es refugiado, traficante, espía? ¿quién es simplemente un tendero, un campesino, un pescador?

El monzón amenaza en el horizonte. Teknaf no merece una visita y no merece perdérsela. En Teknaf no hay nada que merezca la pena y no hay nada que decepcione. A las afueras aún caminan libres los últimos elefantes bengalíes en libertad, hay campos de refugiados que saquean especies exóticas para mayor desesperación de los pocos ecologistas que pisan el área, y hay listillos locales que acaban con las tortugas marinas que chapotean entre refugiados y traficantes. En Teknaf hay bandas de secuestradores que raptan niñas birmanas refugiadas en los campamentos para venderlas a tratas de prostitución sin que les tiemble lo más mínimo la conciencia. Las zonas de prostitución se multiplican desde la última oleada de refugiados.

Si buscas Teknaf en google, que es la fuente máxima y principal del conocimiento actual, apenas encontrará usted que me lee nada sobre la ciudad. Le dirán en cuatro líneas que pertenece a Cox Bazaar, la capital de departamento a cuatro horas en autobús, le dirán que es el punto más al sur del país y que se dedican a la pesca. Poco más.

Pero si pone la ciudad en google noticias, entonces la cosa cambia. Las noticias se suceden: traficantes de droga se entregan a la policía, refugiados mueren ahogados al zozobrar su embarcación, detienen a gran capo de la droga, tiroteos entre bandas, Angelina Jolie pasea por los alrededores, las fuerzas de seguridad bengalíes requisan millones de pastillas de metanfetamina. Así ha sido siempre. Una ciudad en la que no hay nada que ver pero que tuvo su papel en la guerra contra Pakistán de 1971, cuando se convirtió en un centro del tráfico de armas para las guerrillas independentistas y un lugar de torturas para los paquistaníes, que asesinaron aquí a cientos de personas.

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Myanmar, o Birmania, está tan cerca que parece pueda tocarse estirando las manos y no extraña que los refugiados rohingya pasen tan fácilmente a bordo de los pesqueros…

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Los laboratorios de metanfetamina están al otro lado del río Naf, ese que cruzan los musulmanes huyendo del genocidio, laboratorios de cristal que envían su mercancía a todo el mundo y que alijan de noche o que traen los propios refugiados en sus locas carreras por salvar sus vidas. Muchos rohingyas se metieron en el negocio por pura supervivencia y aprovechaban el éxodo para hacer de mulas para traficantes de Myanmar. Con el tiempo hubo quien vio negocio y ahora cada vez más trafican con una droga que conocemos como cristal o metanfetamina pero que ellos llaman Yaba, una palabra tailandesa que significa ‘Medicina loca’ porque puede producirte precisamente eso: locura. Las píldoras de cristal no son como las europeas: aquí realmente vuelven loco al personal y en algunos lugares, como en Zamboanga, al sur de las Filipinas, le achacan un asesino en serie que mataba al azar a los peatones. Según las autoridades locales cada vez más refugiados se ven involucrados en el tráfico de drogas e incluso en tiroteos con la policía y en unos meses han muerto al menos una docena de rohingyas acribillados a tiros.

Los traficantes de Teknaf tienen nombres y apellidos: Nurul Huda, que se dedicaba a ayudar en los autobuses de la avenida principal (si esto es una avenida y hay algo principal aquí), el señor Ekram, que conducía algo parecido a un taxi. Parados que en España definiríamos como de larga duración que ya no están aquí, ni ellos ni sus competidores. Han pasado de la pobreza miserable que campea en la ciudad a comprar grandes cantidades de tierras cultivables, conducir los deportivos más caros y a poseer apartamentos en las áreas residenciales más exclusivas del país. La metanfetamina, o yaba, es lo más rentable en estos tiempos pero hay más posibilidades: oro, refugiados, prostitutas, cerveza birmana. Telas, bueyes de agua, incluso especies protegidas.

El autobús que me sacará de Teknaf es digno heredero de la colorida parsimonia local. ‘Ocho horas hasta Chittagong’, me dice el conductor mientras hace sonar el claxon sin motivo. Dejo Teknaf con lástima, con nostalgia. Para un periodista es un lugar perfecto. Y para un espía, para un traficante, para un contrabandista. Lo siento por los pacíficos vecinos que quieren una vida tranquila. Viven en un paraíso endemoniado. La lástima desaparece pronto porque el trayecto de ocho horas tendrá un sonido igualmente endemoniado. El conductor no deja de tocar el claxon ni un minuto…