Desde el mirador de la calle Riad Sultan veo las playas de Tarifa, de Barbate, del litoral de Cádiz. Recuerdo entonces las veces que he mirado este mismo paisaje pero al revés, desde el otro lado del estrecho, o del espejo, porque tal parece. La gente se acumula en el mirador, dejan volar la vista en los muchos tonos azules del estrecho, se entretienen intentando ver la vida del otro lado, del lado desconocido: del mío. Hay un momento que temo encontrarme a mí mismo mirando desde el otro lado. Pero no, no me veo. Tampoco se verán los curiosos que miran el horizonte porque no están allí. Están aquí. Alguno puede que para siempre, alguno puede que por poco tiempo. Desde el mirador de la calle Riad Sultan veo, por ejemplo, la gran duna de Bolonia, el ferry que une las dos orillas en apenas media hora, los montes de Tarifa, incluso la isla de las Palomas. Tarifa, y España por extensión, están tan cerca que no me extraña que muchos africanos crean que pueden cruzar este mar tan azul pataleando desde un flotador de unicornio.

Abajo, el puerto de Tánger refulge manchas blancas como en el otro lado refulgen manchas blancas los puertos de Algeciras, de Tarifa o de Conil. Todo parece igual, aquí puedes pasear y mirar a lo lejos tierra extranjera, otro continente, igual que allí, aquí puedes recargar el móvil, ver una serie de Netflix o alquilar un coche como en España puedes encontrar un chiringuito de venta de móviles, asomarte a un mirador en Gibraltar o meterte en un garito de alquiler de coches en Formentera puerto.

Pero la diferencia es grande, claro, porque muchos de los que cruzan irregularmente el estrecho de Gibraltar antes se han subido aquí y han mirado a lo lejos, minimizando los riesgos, las distancias, los peligros. Mirando el ir y venir de los ferris, de los pesqueros que refulgen allá abajo, de las lanchas deportivas y pensando: ¿y si yo fuera en uno de ellos?

Este es el punto más cercano entre los dos continentes, entre África y España, apenas catorce kilómetros. Por eso incluso intuyo los vehículos por la carretera entre Tarifa y Bolonia, por eso parece que podría llegar nadando si fuera David Meca, por eso las barquitas de los pescaderos tangerinos me suenan tan familiares: solo se diferencian en los nombres, unos en alfabeto latino, otros en alfabeto árabe. Solo por eso las distinguimos cuando aparecen abandonadas en las playas de Cádiz, desfondadas por el sobrepeso y el roce con los escollos, las bolsas de comida repartidas por el interior, la ropa mojada embarrada sobre la arena. Como yo miro la costa española antes la han mirado norteafricanos calibrando cómo cruzarla pero también subsaharianos espantados por la masa de agua.

Y antes incluso Truman Capote y su pandilla de indeseables, desde David Bowles a William Burroughs, desde Tennessee Williams a Jack Kerouac, desde Gore Vidal a Luchino Visconti. No sé qué tiene este mirador del que se quedaron prendados Yves Saint Laurent, Rock Hudson, Matisse o Delacroix. Si fue cierto el mito de Hércules debo pensar que se asomó a este peñasco antes que yo, y desde él un amplio elenco de nombres míticos: desde la prehistoria se asoman gentes a soñar cómo llegar a aquellos montes que están en lontananza. Desde el siglo VI antes de Cristo se menciona la ciudad en las crónicas de los jonios y luego sabemos que fue fenicia y cartaginesa, que su población migró en masa a la costa de enfrente en tiempos púnicos, que Claudio la elevó a colonia romana y los vándalos de Genserico se la apropiaron para luego entrar en el imperio bizantino y más tarde en el reino visigodo.

La duna de Bolonia destaca desde Tánger a poco que metas zoom…

Si con eso no es suficiente aún deben llegar los tiempos árabes, en los que el mirador se convierte en atalaya para las conquistas del otro lado del estrecho, pero también fue portuguesa y los marinos lusos planearon sus incursiones en el continente africano mientras veían la inamovible duna de Bolonia que veo yo desde aquí. Pero también fue española, en los tiempos en los que España y Portugal fueron una, y por no menospreciar a ninguna potencia Tánger fue incluso regalo de bodas de la corona española, siempre dispuesta al dispendio, a la corona británica. Solo a finales del siglo XVIII Tánger consigue ser marroquí, y capital nada menos que del reino de Marruecos, aunque no sería su punto final. Porque en esta ciudad el punto final no existe. En 1925 las grandes potencias se reúnen a tiro de piedra, pero al otro lado, en Algeciras, para repartirse una vez más el mundo y como Tánger es tan deseada deciden compartirla todos: Bélgica, España, EE.UU, Francia, Países Bajos, Portugal, Reino Unido y la Unión Soviética se la reparten a modo de condominio y la renombran: Zona Internacional de Tánger. Si pudieran resucitar fenicios, cartegineses y griegos también pedirían algo. Esa profusión de culturas y nombres conocidos asomados a este balcón al estrecho me produce escalofríos. 

En la kasbah la costa de Tarifa entra por las ventanas. En las azoteas, entre ropa tendida, Europa vigila a la mujer que tiende una chilaba. Desde las calles más altas, desde el borde del puerto, desde cada rincón, el estrecho de Gibraltar está presente. Más allá del balcón de la calle Riad Sultan Tánger, y su pasado, se asoman al Atlántico. Quién sabe los que aún quedan por asomarse.