Los muertos insepultos de la Fontanelle

El cementerio de la Fontenella alberga los huesos de muertos sin sepultura, muertos sin descanso, occisos de guerras lejanas, de enfermedades contagiosas, muertos nuevos y muertos viejos, almas atormentadas que vagan erráticas porque sus espíritus se sentían ultrajados por esta falta de atención. Ánimas que, no obstante, encontraron consuelo en el buen corazón del napolitano medio, el vecino de cualquier casa, el feligrés de alguna de las quinientas iglesias de la ciudad, el camorrista que extorsiona a su panadero, el marinero a sueldo, el que cocina pizzas. Por eso descansan aquí, mimados y ordenados, algunos con monedas sobre el cráneo, otros con caramelos, con peluches, con estampitas de las vírgenes o de los santos o del mismísimo Jesucristo. Dice un cartel a la entrada que los napolitanos han intentado al menos darle alivio a estas almas abandonadas con pequeños gestos amables. Por eso hay napolitanos que han adoptado una de estas calaveras, uno de estos húmeros, tibias, de esos omoplatos, como miembros de su familia. Y les traen caprichitos, bien un caramelito, bien un rosario, ora una estampita, ora un relicario. Los muertos, que están muertos pero no han dejado de ser sensiblones, pueden devolver los favores y hacen pequeños milagritos y ayuditas del día a día: por eso algunos cráneos están en urnas de cristal, por eso alguno tiene pintarrajeado un Jesús te ama, por eso les llevan...

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