En una boda eritrea

Ibrahim salió de su hogar con lo puesto y tres años después todavía no ha vuelto. Atrás dejó todo, todo lo que a uno lo caracteriza, sus libros, su ropa, su cepillo de dientes, sus fotografías. ‘No quería que nadie sospechara’, me dice mientras sus amigos cantan a voz en grito. Y comenzó a caminar hacia el norte, sin saber siquiera dónde estaba el norte. ¿Y por qué se va así, sin decir ni adiós, sin una maleta, de tapadillo? ‘Porque aquello es invivible’, me dice. ‘Por favor’, susurra, ‘no vaya a poner mi nombre en ninguna parte’. ¡Y...

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