Etiqueta: Stalin

Viaje a Spassk: el gulag fantasma de la estepa

Crece la hierba rala hasta donde se pierde la vista. El terreno es plano, aunque el horizonte se eleva para formar una pequeña estribación que alivia la mirada. El suelo es infinitamente llano, surcado por leves desniveles. Algunos pájaros sobrevuelan el inicio del verano en la estepa. Y nada más. No hay un árbol, un río, una nube, un arbusto. Bueno, sí: hay cruces dispersas, algunos monolitos, placas conmemorativas. Y bajo esas ondulaciones hay exactamente siete mil setecientas personas que murieron de frío, de hambre, de un disparo, de un golpe de tos. ‘Cuidado donde pisa’, me dice el...

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Viaje a Kazajistán: el país de Nazarbayev

Desde el aire, la nada. Una extensa superficie verdosa que se pierde en el horizonte. A ras de suelo, sin embargo, todo es él. Nursultán Nazarbayev. Desde el aire, el noveno país más extenso del planeta. Dentro de sus límites cabrían España, Francia, Alemania, Noruega, Holanda, Bélgica, Italia, Portugal, Hungría y Polonia. Fuera de sus fronteras la pregunta es sólo una. ¿Kazajistán? ¿Eso dónde está? Sin embargo no sólo es una enorme extensión de terreno. Es el principal productor mundial de uranio, exporta casi ochenta millones de toneladas de petróleo al año, y sus reservas combinadas en Tengiz y...

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Viaje a Mingrelia: Laurentis Pavlovich Beria, el genocida rastrero

    Laurentius Beria alcanzó un grado tan unánime de odio y repulsa que al morir la Enciclopedia Soviética pidió a sus lectores que recortaran con unas tijeritas la página de su biografía y la tiraran a la basura. La siguiente edición vio ampliada la entrada del estrecho de Bering, para que la magna obra no perdiera volumen. Beria fue un monstruo en vida, un ser abyecto y rastrero, pelota y lisonjero, un ser detestable e hipócrita, un asesino en serie, un asesino de masas y un genocida en toda regla. Pero Laurentius Beria fue algo más: la esperanza...

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Viaje a Gori, la cuna de Stalin

Viaje a Gori, la cuna de Stalin A finales de 1936, Yekaterina Zdhugashvili recibió la visita de su hijo, Iosif, un raro evento porque el pequeño Soso, como le llamaban en su infancia, no tenía mucho tiempo para la familia. La anciana Yekaterina vivía en Tbilisi, la capital de Georgia, en una miserable habitación con un catre negro en un enorme palacio. El pequeño Iosif venía acompañado de guardias y ayudantes y la anciana le miraba sin comprender. Ella preguntó: ‘Iosif, ¿qué eres exactamente?’. ‘Secretario del comité central del partido comunista’, le respondió Soso, pero su madre le miró...

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