En los cafetales de Tolima

Francisco Romero era un sacerdote tan nervioso que imponía a sus feligreses la más extraña penitencia: sembrar café. Su pueblecito, Salazar de las Palmas, al norte del colombiano departamento de Santander, cambió entonces su fisionomía, el verde de sus praderas y el sueño de sus vecinos. Todo era café. Cada arbusto sustituía a un avemaría, a un padrenuestro, al rosario. Y los vecinos, es de suponer que grandes pecadores, sembraron a su vez infinitas matas de café. Tantas que el cultivo se normalizó y cambió la economía local. De eso han pasado ya casi dos siglos y hoy nadie...

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