Bajo la sombra de la Gran Esfinge

Cuando salgo del corredor de piedras milenarias que da acceso a la explanada de Giza y veo la Esfinge no puedo menos que palidecer de asombro y abrir mucho los ojos. Cuando los bajo (los ojos) y veo esa multitud internacional haciendo piruetas para repetir las clásicas monadas fotográficas en las que besan los morros del pobre bicho milenario no puedo menos que recuperar la sangre que perdí en mi primer asombro y apretar el paso. La Esfinge me impacta tanto con su hierática dignidad como los turistas con su descuidada vacuidad. ¡Qué no habrá visto la pobre Esfinge...

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