Con el vigilante de las pirámides de Giza

Yaya Ali no encuentra descanso. Corre de un lado para otro, salta, gesticula, toca el silbato. Grita, hace aspavientos, se enfada. Señala a las alturas, pone gesto serio, colérico, lo mismo se relaja y sonríe que frunce el ceño y empuña su porra con cara de pocos amigos. Me estresa verlo porque le ha tocado el lugar más complicado: la cara de la pirámide de Kefrén más cercana a la entrada general. O, dicho de otro modo, la primera en recibir la marea de visitantes. Los niños escalan por los bloques, los enamorados escalan por los bloques, los muchachos...

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