Viaje a Cuba: santeros, orishas y la muerta que acompaña mis pasos

La señora Lucía me mira a la cara y parece transmutarse. Jadea, gime, da brazadas, sus ojos, con un estrabismo evidente, bizquean aún más y, finalmente, parece desplomarse en el sillón mientras sentencia: ‘en tu familia alguien murió ahogado’. Me hace gracia la escena porque La Habana no deja de sorprenderme siempre. La señora Lucía me había alquilado una habitación, la suya, con una descomunal cama rodeada de objetos de santería: un enorme tarro de cristal lleno de agua y en cuyo interior flotaba errática una muñeca que parecía una niña ahogada, un cenicero con colillas de puro, inciensarios,...

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