Huyendo de la sequía: somalíes desplazados en Digaale

Cuando Roda Mohammed vio morir a su última cabra decidió marcharse. Para qué seguir aquí, pensó, si hace tres años que no cae una gota de agua y ya no hay ni un animal vivo. Así que agarró a sus cuatro hijos y viajó a la capital de su país, Hargeisa. Su marido se quedó, esperanzado como estaba en que la lluvia no podía tardar. ‘No sé qué será de él’, dice mientras vigila que no se le escape ningún niño. Se convirtió entonces en la última capa de una oleada de desplazados anuales. Porque Roda llegó al campo de desplazados...

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