La capital mundial del rickshaw

‘Al aeropuerto, por favor’. El conductor asiente grave, mira ceñudo el horizonte, ampliamente poblado por un frondoso bosque de coloridos autobuses y de chirriantes rickshaws, cierra con pestillo la claustrofóbica caja metálica en la que deberé de viajar, y arranca, mal que bien, su aparato. Es imposible moverse por Dacca sin estos trastos, y también es imposible moverse con ellos: digamos que es imposible moverse por Dacca. Tal vez por ello estos miserables vehículos, impulsados por motorcillos gripados de motitos de juguete o bien por la desconcertante fuerza de esos muslos esmirriados que pedalean bicicletas al borde de la...

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