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En el campo A no quieren ver extranjeros. Si aparece un coche se aproximan desafiantes, puños apretados, labios fruncidos y miradas amenazantes. Fuera: es lo primero que dicen. El conductor, Mohamed, que es local, se baja, el otro Mohammed, trabajador de una ONG alemana que también es local, le sigue vehículo abajo. Nada. No hay nada que hacer.

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Es un mundo pintoresco, como fuera del planeta, colorido pero sin que el color aquí tenga una connotación alegre. Todo lo contrario: es deprimente. El color proviene del desecho, de lo que los demás no quieren, de la basura. Es basura colorida que se ha convertido en albergue permanente. Los vecinos eran pastores, agricultores, nómadas según quién, gentes de enclaves muy remotos en todo caso. Ya no. El que era nómada ahora es sedentario, el que era pastor ya no tiene ganado, el que araba el campo ahora sólo lo pisotea. Todos ellos, que eran gentes de enclaves muy remotos, son ahora pasto de campo de desplazados periférico. Sin nada que hacer durante todo el día.

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Por si fuera poco, después de tres años sin llover, las nubes han arrastrado lluvia al Cuerno de África y ha caído una gran tromba de agua que, por irónico que parezca, no servirá de nada. Bueno, sí. Ha servido para incrementar el drama de los que no tienen agua. Los habitantes de las casas de plástico, cartón y trapo viven la más trágica de las paradojas: han huido de la sequía para sentir que el cielo se les abre sobre sus cabezas y les inunda sus miserables tiendas. La poca ropa que tienen está mojada, las mujeres desmontan iglús para volver a montarlos secos.

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‘No he dormido en toda la noche achicando agua’, me dice una señora en State House, otro campo de desplazados más al centro de la ciudad. En el Campo A nadie se digna a hablarme. ‘El problema es que hay muchas ONGs que vienen, toman fotos, recogen testimonios, levantan planos, convocan a los líderes comunales y prometen volver con inversiones: pero nunca vuelven porque’, dice Mohamed, ‘presentan todos esos papeles ante los organismos internacionales, consiguen mucho dinero y desaparecen sin dejar rastro’. ¡Sin dejar rastro!

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Miro a mi alrededor y veo miseria, tal vez lo más bajo que uno puede caer: sin tierra, sin alimentos, sin ayuda, viviendo bajo un calor espantoso, con el ganado y los campos perdidos, acurrucados en minúsculas y coloridas tiendas construidas con plástico, cartón y ropa vieja. ¡Pero son una fuente de riqueza para desaprensivos! Por eso no quieren ver a ningún extranjero. ¡Fuera!, gritan enfadados.

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El Campo A no está tan lejos como el de Digaale pero tampoco tan céntrico como el de State House. Digamos que está en un limbo a la espera de que alguien, no saben quién, los reubique en algún lugar más llevadero. Las sequías han desplazado a casi cien mil personas a la capital de Somalilandia, arrancadas de sus pastos y ganados muertos en zonas remotas del país y asentadas en campos de desplazados a lo largo y ancho de Hargeisa. Lugares sin agua, electricidad, sin apenas ayuda extranjera y sin ninguna ayuda local, zonas donde entran hienas y donde las mujeres denuncian sufrir todo tipo de abusos sexuales porque ni policía tienen. El Campo A no tiene ni nombre porque sus habitantes son desplazados recientes.

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‘Es un milagro que sobrevivamos’, dice el ministro de asuntos exteriores de este país que nadie reconoce, Saad Ali Shire, ‘hacemos lo que podemos y realmente es milagroso que no haya habido grandes mortandades durante esta sequía, pero sin ayuda de la comunidad internacional no podremos superarlo’, cuenta en esta entrevista donde vislumbra guerra en el futuro si nadie les reconoce como país. ‘Somos una economía basada en el pastoreo y la mayoría del ganado ha muerto: nos llevará veinte años recuperarnos si es que no sobreviene otra sequía…’

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Hay aldeas que han muerto al tiempo que moría el ganado. Por ejemplo, Balicigal, patria chica de doscientas personas que abandonaron en bloque el pueblo porque no tenían nada que beber: se han secado sus fuentes, se desplomó una gran alberca construida con dinero extranjero, los pozos excavados no tienen agua y los que podrían darla están sin excavar. Mientras mis amigos los Mohameds discuten, una señora me invita a ver el entorno: salgo y la sigo pero el ambiente no es propicio. Del cielo no cae el agua necesaria, y cuando cae es inútil y dañina. De fuera no viene la ayuda necesaria, y cuando viene es inútil y dañina…

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