Apenas queda nada del esplendor persa en la ciudad de Shusha. Como ya conté en este blog los vencedores armenios de los años noventa desterraron el barrio azerí sin sacarlo de la ciudad, lo arrinconaron y olvidaron hasta que las fastuosas villas se desfondaron, las comió la maleza, se agrietaron sus paredes, se resquebrajaron las vías, las aceras. Y murió. Tal vez en aquella esquina de la mezquita Yukhari Govhar Agha, que se cae a trozos y en cuyo interior alguien ha hecho el gamberro de un modo muy evidente, se reclinó Aga Mohammed Khan Kayar, un personaje trágico, desgraciado, tan maltratado por la vida como maltratador de sus congéneres. Porque hoy Shusha no tiene ni veinte mil habitantes (y bajando), apenas queda nada en pie y lo que queda da lástima porque sus últimos habitantes resisten en un núcleo de horribles bloques soviéticos, resquebrajados, ruinosos, como barrio chungo de gran ciudad. El resto, las grandes mansiones, las antaño cuidadas calles, las villas azeríes, están muertas. Y con ellas los recuerdos de otras épocas, cuando personajes históricos como el mencionado Aga Mohammed caminaban sus calles y daban lustre a la ciudad. Y hablo de Aga Mohammed porque no era un personaje más. Aga dio solidez a Persia, recuperó las tierras que mordían las potencias del momento, desde los rusos a los británicos pasando por los mongoles. Y aunque parezca mentira esta ciudad brillaba tanto entonces que el propio rey de reyes tuvo a bien recorrerse medio imperio para luchar por ella. Nadie lo diría ahora, como decía, convertidas las calles en sombras surcadas por algún gato, el silencio interrumpido por algún gorgojeo, una señora que busca lavanda entre los restos de un muro de mampostería derrumbado sabe Dios cuánto tiempo atrás.

Una señora busca lavanda a los pies de la muralla
Las mezquitas están abandonadas y la muralla de los tiempos del kanato descuidadas

Porque Aga Mohammed Khan estaba destinado desde su cuna a regir los destinos de sus compatriotas. Para eso tuvo que nacer en una tribu belicosa, la Qayar, hijo de un notable contestón del momento, Mohammed Hasan Khan, líder de un puñado de pueblos nómadas y amenaza constante al poder de la dinastía reinante, la Afsharida. Y frente a él, Adel Sha Afshar, no hace falta que diga que un miembro relevante de esa dinastía, la Afsharida: tan relevante como rey. O sha. Adel Sha también tuvo una vida belicosa, enfrentado a medio reino con tal de mantener el poder, desde los yazidíes del Kurdistán a los uzbecos, desde los kurdos a las tribus locales, pasando claro está por trifulcas en su propia familia. Y en estas luchas Adel Sha se encontró a la tribu de los Qayar, la de Aga Mohammed cuando aún no era Aga, una tribu que amenazaba con cambiar la dinastía del trono si le daban la mínima oportunidad. Así que el rey de Persia, Adel, apenas recién coronado, se ajustó los machos para plantarle cara a sus detractores. Y uno de los primeros fue Mohammed Hasan Khan, el padre del personaje que nos ocupa, Aga Khan, que envalentonado por la poca experiencia de un rey recién llegado al trono se atrevió incluso a sitiar la ciudad de Astarabad, en la costa del mar Caspio, hoy conocida como Gorgán y antiguamente para los griegos como Hircania. 

Ni que decir tiene que cuando Adel supo que habían atacado la ciudad se presentó para capturar a su opositor pero el tipo ya había huido alocadamente. Tanto que dejó atrás a su hijo mayor, el mentado Aga Khan, quien cayó en manos del nuevo y ofendido rey. Su primer instinto fue matarlo, qué menos debió de pensar, pero Adel, fiel representante del malaje refinado de los persas, decidió cambiar su vida por sus huevos. ¡Literalmente! ¡le rebanó su hombría al pobre chiquillo, que no tenía aún ni cinco años! El pobre Aga, que en aquel entonces era simplemente Mohammed Khan (el Aga le vino como descripción: era el apelativo que le daban a los eunucos de la corte…), fue entonces devuelto a los suyos. El mensaje era especialmente potente porque castrar al mayor de los hijos de tu enemigo no deja de ser un desafío de, perdonen la expresión, dos pares de cojones. Pero Adel no podía ni sospechar lo que había hecho porque el niño había perdido sus atributos pero no la mala baba del que habría de vivir toda una vida contrariado por no ser como los demás. 

A pesar de algunos tramos peor conservados la muralla se mantiene aceptablemente

Paseo por la muralla de la ciudad de Shusha, la misma a la que se enfrentó Aga Mohammed y donde su padre se estrelló sin éxito. Se cae a pedazos. Por allí camina un soldado armenio que fuma un cigarrillo a escondidas, quién sabe si huyendo de algún oficial. Por allá se acercan unos niños muertos de la risa. Una muralla de mediados del siglo XVIII que, a pesar del abandono, se conserva medio qué, a ratos bien, a ratos desmoronada. Las murallas tienen dos kilómetros y medio y protegían la fortaleza de Khan Panah Ali Bey, un persa tributario de Adel Sha que fundó el primer kanato del Karabagh (un virreinato sometido a la corona central de los persas) y que llamó a la ciudad, en un acceso muy ególatra, Panahabad (la ciudad de Panah). Su ascenso como capital del kanato la convirtió en un centro cultural de primer orden aunque los armenios aseguran que antes de los iraníes ya había una fortaleza medieval cristiana. En sus inicios Panah tuvo sus más y sus menos con la corona persa aunque al llegar el nuevo rey, Adel, las cosas se tranquilizaron y hasta firmaron un acuerdo en el que éste lo reconocía como khan del Karabagh. Apenas un año después de constituido el kanato y con su muralla luciendo nueva e inexpugnable, Mohammad Hassan, el padre de Aga Mohammed, la atacó con saña pero no le salió del todo bien y tuvo que dejarla viva, abandonando incluso los cañones a pie de muralla, porque a sus espaldas, en sus tierras de origen, el rey de los persas, en ese tiempo Karim Khan Zand, atacaba a su vez su hogar y para defenderlo sólo estaba su hijo, Aga, el niño eunuco.

Las mezquitas de Shusha se mantienen en pie pero en estado de ruina total

Y allí, mientras su padre corría de vuelta a casa dejando la muralla intacta, el joven Mohammed Khan, el hijo de Mohammad Hassan, se enfrentaba a los enemigos de la familia. El joven había perdido sus genitales pero no su inteligencia y con apenas quince años formaba parte importante de su tribu, la Qayar. Su padre seguía peleado con medio mundo y lo mismo se enzarzaba en una guerra contra los Pastunes del actual Afganistán que seguía empeñado en vengar los santos huevos de su hijo contra los gobernantes de Persia. En ese maremágnum de idas y venidas, el joven Aga Mohammed Khan sufrió la pérdida de su padre a manos de unos traidores y tomó la batuta de la tribu junto a su hermano Hossein. Pero tuvieron una desafortunada idea: asediar la ciudad de Astarabad, la ciudad en la que perdió sus huevos cuando aún no sabía ni montar a caballo. ¡El hombre tropieza dos veces con la misma piedra! El asedio no sólo no logró sus propósitos sino que tuvo que salir por patas como años atrás salió su padre para caer en las garras del jefe de los Zand, la dinastía reinante en Persia, Karim Khan. 

Sin huevos ya que perder y con un corazón palpitante, la vida cambió entonces para el joven Aga. Karim Khan valoró la inteligencia del pequeño contestón, hijo del gran contestón, y le convenció para que abandonara las armas. Aga, prisionero pero prisionero dulce, fue enviado a Shiraz, que en aquella época era la capital del imperio (además de capital de la poesía, el vino, las rosas…). Aga vivía rodeado de respeto, prisionero pero admirado por su fina inteligencia, sin deseo sexual pero aclamado en el harem, de la tribu Qayar pero sostén de la dinastía Zand. El rey accedió a darle los caprichos que pedía, que tenían mucho de nepotismo porque sus hermanos alcanzaron grados tan altos como Hossein, que llegó a ser gobernador de una provincia. Pero nadie es eterno y menos en una época de enfermedades incurables y batallas interminables: Karim murió en una refriega contra tribus turcas del vecino imperio Otomano y el reino se tornó una escabechina para hacerse con el poder. 

Mientras, Shusha se desarrollaba como ciudad. Su fundador, Panah, había muerto y era su hijo, Ibrahim, el que llevaba las riendas del gobierno y la ciudad creció hasta los diez mil habitantes. Shusha se hizo fuerte, su fama de centro cultural también creció y atrajo a escritores, intelectuales, músicos y poetas de todo el mundo persa. La ciudad tenía hermosos caravenserais para las caravanas que recorrían exhaustas la ruta de la seda y el barrio azerí, a pesar de su destrucción, da una idea de lo que debió de ser en su día. Desde uno de los minaretes de la mezquita veo los tejados hundidos, aún se distingue el caravanserai, la silueta de otra mequita proyecta una sombra misteriosa entre las ruinas. Y al fondo, las cumbres nevadas del Nagorno Karabagh. No tenían mal gusto estos persas, pienso mientras bajo la intrincada y medio destruida escalera de la torre…

https://en.wikipedia.org/wiki/Shusha

Con casi cuarenta años Aga Khan huye de su vida cortesana y retoma el mando de la tribu que dejó dos décadas atrás. Su personalidad debía de ser de armas tomar, y el  retrato tristón que nos ha llegado muestra a un tipo con evidentes muestras de mala baba: sus cejas enarcadas en una pena eterna, su rostro largo y enjuto encajado en un tocado muy persa pero que parece exprimir sus arrugas al máximo. Castrado, sí, pero aún con de mambo: en 1789, mientras los franceses hacían su revolución, logra erigirse como Shahanshah, o rey de reyes. El sha que había heredado el trono de Karim, Lotf Ali Khan, se refugió en la ciudad de Kerman, en el actual Irán, y los vecinos lo protegieron de tal modo que Aga Khan tuvo que mantener un costoso asedio durante seis meses. Cuando consiguió la victoria tan enfadado estaba con el apoyo popular a su enemigo, que había escapado protegido por los vecinos, que alcanzó la cumbre de su ignominia cuando ordenó cegar a todos los hombres de la ciudad. Y para que no quedara duda los soldados recibieron una orden inequívoca: sacar los ojos, meterlos en sacos y esparcirlos ante Aga Khan. Así fue como, dicen las crónicas, veinte mil ojos rodaron ante el monarca eunuco, que disfrutó lo indecible de su victoria mientras ordenaba también entregar como esclavas a las mujeres y a los niños de los vecinos sin ojos a sus soldados. Otras crónicas bajan el número de ojos a siete mil pero añaden otras minucias como que el furibundo Aga Khan le comentó a su hombre de confianza que si había alguno desparejado lo corregiría con los suyos… 

Aga Khan dedicó también un monumento como recuerdo de la dinastía extinguida, la Zand, y como exaltación a la recién llegada, es decir: la suya. Y el ocurrente castrado ordenó levantar una pirámide de cráneos, no tan delirantes como las de Tamerlán, que se contaban por decenas de miles, sino algo más modesta: una funesta caravana de carros trasladó las cabezas de seiscientos vecinos hasta la cercana ciudad de Bam, donde les añadió otras trescientas más. El resultado fue un monumento que, según los cronistas, estuvo en pie hasta 1810. El rey saliente, el tal Lotf, había huído pero por poco tiempo. Capturado poco después, el previsible Aga Khan lo encarceló, ordenó arrancarle los ojos y ejecutarlo. Y ordenó también castrar a su hijo, esperando tal vez que en el futuro hubiera otro monstruo de su calibre. Su habilidad para el mal subía con cada paso: en Jorasan capturó a su rey, Shahrokh Shah, del que sospechaba tenía magníficos tesoros ocultos del legendario rey Nader, el tío de su mutilador, y le puso en la cabeza una corona hueca sobre la que vertió plomo derretido. El pobre rey murió poco después lamentando formar parte de la dinastía Afshar, la misma a la que perteneció el castrador del rey eunuco..

En la muralla de Shusha hoy sólo pastan caballos y juegan niños entre muros resquebrajados

Su mala leche fue beneficiosa para el concepto nacional de Persia porque el recién llegado instauró su dinastía, la de los Kayar, y unió la nación persa. Para ello tenía que cumplir una vieja tradición: conquistar el Cáucaso sur y también la región del Daguestán, hoy en Rusia. Y para ello se encaminó en 1795 precisamente a Shusha, la ciudad que ya asedió su padre cuarenta años atrás. Aga Mohammed ya tenía atados, y bien atados, los territorios de la gran Persia pero para demostrar su valía debía conquistar lo que hoy es Georgia, Armenia y Azerbayan. Y para eso debía conquistar el kanato de Shusha. Ibrahim, el hijo del fundador de la ciudad, aguantó el tirón con quince mil hombres mientras que Aga, el Real Eunuco, atacaba con setenta mil soldados. Las mujeres de la ciudad formaron cuadrillas junto a los hombres, los armenios de Shusha, que luego vivirían tantas masacres a manos de musulmanes, se posicionaron con ellos contra el aspirante a rey de los persas. Durante treinta y tres días resistieron a un enemigo muy superior y consiguiero aburrirlo. Aga Mohammed, con un mosqueo de tres pares de narices, abandonó el sitio y se encaminó a Tbilisi, la actual capital de Georgia, donde pagó su enfado con la vida de todos los cristianos que pudo alcanzar para luego no dejar cabeza sobre hombro de los musulmanes y finalmente demoler lo que quedaba de la ciudad. Al regresar a Shusha, conocedores ya sus habitantes de su furia y de cómo se las había gastado en Tbilisi, se declararon vasallos del futuro rey de reyes y convinieron el pago de tributos.

Una vez conseguido el objetivo, Aga Khan ya podía declararse shah. Con su puño de hierro había conseguido mantener a raya a los rusos en el Cáucaso y en el Caspio, a los británicos en lo que hoy es Afganistán y a los mongoles en la frontera sur. Pero le quemaba la espinita clavada en su orgullo. Shusha, la que no pudo conquistar. Así que en la primavera de 1797 Agha Mohammed fue nuevamente al Cáucaso para vengar la afrenta y comenzó una minuciosa tarea de destrucción de todo lo que encontraba a su paso. Los vecinos de la hermosa Shusha aún no se habían recuperado del último asedio, sus cosechas era exiguas debido a una gran sequía y, sobre todo, estaban agotados. Así que Ismail, el hijo del fundador y rival en su primer asedio, decidió tomar las de Villadiego y huir al norte para asentarse en el Daguestán. Agha Mohammed conquistó esta ciudad en un periquete y montó todo un complejo de tiendas con su ejército en las afueras del perímetro urbano.

 Agha Khan paseó por las calles de Shusha que hoy yacen desfondadas, tal vez rezó en esta mezquita que ahora da pena y vergüenza ajena, puede que usara el caravanserai dominado hoy por la maleza. En el complejo de tiendas que levantaron sus hombres en las afueras dormía el irascible Khan cuando dos sirvientes no tuvieron otra idea que discutir a voz en grito. ‘Que los ejecuten’, dijo el Real Eunuco ante un auditorio de sirvientes impasibles y acostumbrados a las barrabasadas de su amo. Pero era viernes y ya sabemos todos que los viernes es día santo y no es día de ejecuciones precisamente. Agha Khan, en una extraña decisión, aceptó que los ejecutaran al día siguiente y ordenó a sus dos víctimas que siguieran con sus quehaceres habituales hasta el sábado. Pero al caer la noche los dos reos, que sabían cómo se las gastaba el rey de reyes, entraron en la tienda y lo apuñalaron hasta la muerte. El enérgico castrado reposó por algún tiempo en esta misma ciudad de Shusha pero sus herederos pensaron que no era el mejor lugar y lo trasladaron tiempo después de su muerte a su última morada. Hoy reposa en el templo del Imán Alí, en Najaf, en el actual Irak, uno de los lugares más queridos por los chiítas, junto a las tumbas de Adán y Noé….