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Dicen que Santa Cruz del Islote es la isla más abarrotada del mundo y que su ratio por metro cuadrado supera incluso a Hong Kong, Tokio o Nueva York. Para ello hay que dirigirse a la costa Caribe del departamento de Bolívar o bien embarcarse en Cartagena de Indias. El viaje no es largo desde la costa de Bolívar, habida cuenta de las expectativas, pero la distancia con la costa da una idea del aislamiento de esta gente. Rodeados de mar y de otras islas de naturaleza salvaje con hoteles de madera construidos en mitad del mar, los vecinos de Santa Cruz viven ajenos al tiempo que preocupa a los mortales del continente. Conforme me acerco su silueta se dibuja en el horizonte y da idea de la extravagancia de una ciudad erigida sobre el océano: parece un barrio de cualquier gran ciudad arrancado de cuajo y dejado caer sin más. Su contorno recuerda un barco, sin playas ni arena, un perímetro en el que se distingue la acumulación de casas, de botes, de gentes bañándose en el mar, pescando, charlando a la sombra de un toldo, casas con pintadas de SE VENDE como único lazo con la economía de mercado del otro lado del mar.

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En el muelle del islote de la Santa Cruz espera Juvenal. Y no hay escapatoria posible. Juvenal recibe al recién llegado con una sonrisa amable, se presenta como historiador local y, sin mayor opción, se erige como guía. Es difícil rechazarlo porque uno tiene la impresión de que entra en el recibidor de una casa y que Juvenal es el anfitrión que te abre las puertas de su hogar. La isla es un cúmulo de casas destartaladas, comidas por la sal, calles que parecen pasillos y plazuelas que se abren como si fueran estancias particulares. Pero es una ciudad. O tal vez no y sea más bien una gran casa. El poblado lo abarca absolutamente todo y la única vegetación crece domada en los parterres. Una chica cocina en la calle y no termina de explicarme si es el patio de su casa o una suerte de restaurante. Claro que, ¡un restaurante para quién si no hay más foráneos en la isla!

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El laberinto de viviendas y plazuelas se asemeja más a un barrio de invasiones, o de favelas, o de chabolas, que a una isla. Como la de enfrente, que se dibuja selvática y verde. O como la del otro lado, llamada Isla de los Pájaros por motivos que intuyo y frecuentada sobre todo por turistas occidentales. O tal vez tampoco tenga mucho que recordar: hay quien dice que la isla nunca fue agreste porque nunca fue sino lo que hoy veo: un islote artificial. Cuentan los vecinos, y también esta película llamada Aislados, que esto no era más que un cayo de cuatrocientos metros cuadrados y que un grupo de pescadores negros acumuló caracoles, basura y escombros hasta construir una isla de una hectárea. En todo caso en Santa Cruz no hay más pájaro que el que ansía la libertad recluido en una jaula o los que sobrevuelan el islote picoteando los restos del día de pesca.

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‘En esta isla somos 493 personas que ocupamos los diez mil metros cuadrados hasta el último centímetro’, dice Juvenal, ‘no sé de dónde salen las otras cifras’. Y así es: no hay playa, no hay arena, no hay sino cielo abierto en el horizonte acuático y construcciones amontonadas una tras otra. ‘Y no hay mosquitos’, continúa Juvenal mientras recorre un callejón hediondo sembrado de cucarachas aplastadas en el suelo. El primer dato echa por tierra el mito de la isla más abarrotada del mundo porque algunas fuentes aseguran que aquí viven mil doscientas cincuenta personas en noventa y siete casas. ‘Cuatrocientas noventa y tres’, insiste Juvenal, ‘según el censo y según nosotros, que somos los vecinos’. El segundo dato, el de los mosquitos, enlaza con los primeros habitantes del islote, los afrodescendientes, de los que se dice que huyeron del continente agotados de luchar contra los insectos.

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Santa Cruz del Islote está a poco más de una hora en fueraborda del Rincón del Mar, una hermosa playa de San Onofre, en el Atlántico colombiano. Tiene una extraña fama: la de la isla más abarrotada del mundo, con una densidad de ciento veinticinco mil habitantes por kilómetro cuadrado. Juvenal, y los vecinos en general, se ríen de esa fama que, no obstante, les reporta esporádicas visitas de curiosos y equipos de televisión extranjeros que buscan registrar la vida humana en una lata de sardinas. Pero los turistas caen con cuentagotas y la fama internacional les beneficia sólo muy de cuando en cuando, como los paneles solares que les regaló Japón y que les abastece de electricidad las veinticuatro horas del día. ‘Hágales una foto’, me ordena Juvenal en un tic de mandatario que habré de sufrir varias veces.

Los hoteles como este, construido sobre el mar y en el que se celebra un fiestón, son la principal fuente de empleo para los vecinos del islote

Sólo hay dos actividades en la isla: la pesca y el turismo. Para la pesca no hay ni que salir de casa porque desde los bordes de la isla-casa-ciudad se ven los peces merodeando. Para el turismo sí que hay que mojarse porque el trabajo se encuentra en los ressorts instalados en las islas del entorno. ‘Casi todos los que trabajan en los hoteles son mujeres’, me dice una chica, ‘trabajamos de camareras de piso, limpiadoras, cocineras…’ La isla es tan pequeña y tan abarrotada que ni cementerio tiene. ‘Es una isla muy sana’, bromea el ciclotímico Juvenal, ‘aquí no se muere nadie’. Santa Cruz del Islote forma parte del archipiélago de San Bernardo, que en sí mismo es un parque natural que hierve de vida aérea y submarina. La tranquilidad del lugar, sospecho, se verá alterada de cuando en cuando por algo más que turismo porque el golfo de Morrosquillo, donde se ubica, es también uno de los puntos de salida del narcotráfico, sobre todo de los tenebrosos grupos paramilitares.

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En una plaza dos hombres descansan a las puertas de una casa. Óscar es de Medellín, me dice, pero donde realmente se siente bien es en esta isla abarrotada. ‘El mar, hermano…’, dice con su marcadísimo acento paisa. ‘Esta es la plaza de la Virgen del Carmen, patrona de los pescadores’. ‘No’, le corrige su amigo, ‘es la patrona de los conductores’. En España es la patrona de los marineros, apunto yo ingenuamente, y San Cristóbal el de los conductores. ‘Pues aquí la Virgen del Carmen es la de los conductores’, insiste el hombre. ‘Ni hablar, es de los pescadores’, rebate Óscar. La conversación se enreda en el absurdo y decido abandonar el lugar cuando el tono sube. Pero la isla es, como decía, similar a una casa y me topo de frente con Juvenal. ‘El islote se quemó completamente en 1956 pero se reconstruyó como antes lo hicieron los indios zenúes’. ‘Ya está el viejo con los zenúes otra vez’, se ríe un joven con pinta de estrella del rap junto a su amigo y casi que yo río también porque no casa lo de los indios con los afrodescendientes. Y aparecen entonces niños, muchos niños, de todos los tamaños, niños que pueden ser tanto vecinos como primos o hermanos. Y si no son familia terminarán por serlo.

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‘Desmiento categóricamente la endogamia de la que se nos acusa’, protesta Juvenal mientras pasa de un patio que me parece privado a una estrella callecilla cubierta por un charco de agua salada. ‘La sangre se renueva porque entra gente de fuera a vivir aquí , y es que esto es un paraíso alejado del ruido de las ciudades’. De pronto llegamos a una pared blanca. ‘Hágale una foto’, me ordena altivo. Miro la pared pero no encuentro un motivo para apretar el botón. ‘Es nuestro centro de salud’, murmura Juvenal con prisa repentina. No hay cartel alguno, le comento, no hay indicación ni un letrero como los de la cruz roja. ‘Es que no es la cruz roja’, se enfada Juvenal, ‘es nuestro puesto de salud’. Sólo comparaba, le insisto convencido de enfrentarme a un frontón afectado de esquizofrenia.

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A pocos metros Mira espera clientes asomada a un mostrador que da a la misma calle. ‘Aquí se vive muy bien’, me asegura esta Circe caribeña ‘pero todo es más caro porque hay que traerlo del continente’, me comenta mientras aparece una pandilla de vecinas con antojo de dejarse los cuartos en la mercadería de lo que parece ser el gran supermercado local. O tal vez sólo quieran ver al extraño, que soy yo. ‘Haga una foto’, ordena una joven de ojos almendrados. Y las ancianas acuden pizpiretas a posar. Juvenal no está dispuesto a compartir protagonismo. ‘Acá está el aljibe del que se abastece la ciudad’, señala otro edificio amontonado entre tantos edificios, ‘el agua la trae es la Armada Nacional y por eso aquí el ejército es tan querido, porque nos trae el agua, y tal vez por eso mismo la mayoría votó por el No en el plebiscito por los acuerdos de paz’. Las vecinas mientras tanto hacen muecas. La paz del paseo se interrumpe con un proyectil esférico. Es un balón. Los niños de la isla-vivienda juegan al fútbol en una plaza-salón. Un Cristo preside el encuentro bajo uno de los pocos árboles que consigo encontrar.

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‘Tampoco hay policía y no la echamos de menos por no hay delincuencia’, insiste mi vecino-guía-pariente mientras sorteamos niños que corren tras un balón. Tampoco hay cura, no hay guerra ni bandos enfrentados. Ni apenas diversiones ajenas al callejeo y el mar, y como prueba Juvenal se empeña en mostrarme el acuario local. Rudimentario, por no decir cutre, una gran piscina hecha a base de escombros es el hogar de un puñado de peces. Entre ellos, dos tiburones de tamaño considerable. ‘Hágale una foto’, ordena Juvenal con aire marcial, ‘son inofensivos pero a veces tiramos a un turista para asustarlo’, sonríe malicioso en lo que considero una velada amenaza. Hago la foto mientras agarra un palo para atizar a los escualos. Sale un mero, asoma una tortuga, la celda acuática parece tan abarrotada como la isla en sí. ¿Con qué los alimentan?, pregunto a unos muchachos que sin decir una palabra tiran una esterilla al mar y la sacan llena de pequeños peces en apenas unos segundos. ‘Con esto’, dice uno de los chavales antes de arrojarlos a una pecera que comienza a hervir de comensales apenas ven acercarse a la pandilla. ‘El acuario es turístico’, comenta entonces Juvenal, temeroso de que cambie de anfitrión, ‘el precio es de dos mil pesitos nada más’. ¡Como si los tiburones fueran unas estrellas del bodevil! De vuelta al embarcadero cruzamos una plaza con una cruz. ‘Es la cruz que da nombre a la isla’, advierte mi guía, claramente ya distanciados uno del otro. Las familias sacan las sillas a la puerta, el sol amenaza ya con su ocaso y toca descansar y charlar aprovechando el frescor de la tarde. A hora y media de camino está el continente, con sus guerras, sus discusiones y sus problemas diarios.

Pareciera otro mundo. Y tal vez lo sea…

Juvenal, el guía anfitrión