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Arriba, en las montañas de Moqattam, está la iglesia más grande de Oriente Medio. También la más kitsch. Y la más delirante. Ya he visto iglesias extrañas excavadas en roca pero esta tiene un punto contemporáneo que me plantea muchas preguntas. ¿Eran horteras las pirámides a los ojos de alguno de sus contemporáneos? ¿Alguien pensó que la Gioconda era un mamarracho? ¿Meneó alguna persona la cabeza en señal de desaprobación cuando Mirón acabó su Discóbolo? Tal vez en un futuro esta iglesia excavada en roca y moteada de esculturas evangélicas talladas sobre la misma montaña sea vista como una obra de arte de indudable calidad. Pero hoy yo la veo con un gesto de asombro. Antes que nada: es enorme. Después: es una obra impresionante por su laboriosidad. En tercer lugar: parece un sueño indigesto, aunque hay quien cree que es todo un tesoro.

La construcción de este extraño templo comenzó en 1974, cinco años después de que el general Nasser permitiera a 15.000 cristianos coptos instalarse en unos suburbios en la periferia de El Cairo, un barrio que se abre a los pies de la montaña y que hoy es conocido por su abnegada dedicación al proceloso mundo de la basura. A decir verdad, la iglesia no es sólo una iglesia: es un conjunto de templos cristianos coptos esparcidos por las colinas. Las montañitas de Moqatamm señalan algo más que el fin de una ciudad que no tiene fin. Son el espacio en el que se refugian los cristianos de un enorme tsunami de islamismo. Y lo han hecho de un modo poco disimulado, con esta sarta de relieves policromados que me dejan con la boca abierta…

Para acceder el complejo de templos de Moqatamm hay que atravesar una puerta que es un arco y que cuenta con vigilancia. Hay más modos de acceder, claro, pero hay que rodear la montaña, cruzarla campo a través, trepar o tirarse en paracaídas. Así que opto por la entrada tradicional. Paso el arco. Y comienzo a flipar con los altorelieves que algún artista con pretensiones ha decorado el acceso a la iglesia principal: la de San Simón el Zapatero. Al punto kitsch se le une las grandes pintadas en inglés que decoran las paredes y que le dan un aspecto, salvando las distancias, como de media markt religioso. Aquí no hay tontos. We will see the son of man coming in the clouds with great power and glory….

Cuando el papa copto número 62, Abram ibn Zaraa el Sirio, se vio en la tesitura de mover una montaña para demostrar la veracidad de la fe cristiana sintió que el mundo temblaba bajo sus pies. Corría el siglo X y el califa fatimí Al Muizz quería callar la boca a esos cristianos que vacilaban de milagros y de poderes extraordinarios sin demostrar nada porque ese extraño invento de la fe les eximía de alharacas. Así que el califa pronunció su órdago: si no lo conseguía todos los cristianos serían expulsados del Cairo y los que osaran permanecer serían ejecutados o esclavizados.

Y el bueno de Abram se retiró a rezar y ayunar durante tres días a la iglesia de la Virgen María, en el mismo Cairo, y no sabemos si como consecuencia de la falta de alimento o de la falta de sueño o realmente por la intensidad de sus oraciones un buen día se le apareció la mismísima Virgen María. ‘Te ayudará un hombre con un sólo ojo que lleva a sus espaldas una vasija con agua’, parece que le dijo y el papa copto ordenó encontrar al que debía salvar a la comunidad cristiana de Egipto de la furia de los chiítas bereberes. Y Simón apareció, un humilde zapatero, a ratos curtidor, un hombre sin más que se acercó a las montañas del sureste de la ciudad y el 27 de noviembre del año 979 en un abrir y cerrar de ojos las colocó donde hoy las veo yo.

Un San Simón de papel sirve de escondite para los mensajitos de los fieles

A todos debió de maravillar el poder de Simón pero, dice la leyenda, ya era un tipo conocido porque se había quedado tuerto siguiendo el mandato bíblico ‘si tu ojo derecho puede llevarte al precipicio, sácatelo, porque te hará menos daño perder una parte de tu cuerpo que tu alma en el infierno…’ La leyenda está escrita en la pared, en árabe y en inglés, y también el versiculo de San Mateo. Simón había logrado que el papa Abram congregara a los pies de la montaña a una multitud entre la que se encontraba el propio califa con su ejército. Tan seguro estaba de su éxito. El papa gritó cuatrocientas veces a ‘Kyrie Eleison’ (el clásico Señor ten piedad), hizo la señal de la santa cruz y la montaña se movió hasta que la luz del sol pudo atravesarla. El califa quedó tan impresionado que abandonó el islam para hacerse cristiano. Cuando todos se giraron al autor del milagro, el bueno de Simón había desaparecido…

Aunque los cristianos de Egipto lo tienen muy presente. Tanto que es el santo más venerado de la comunidad copta y que da nombre al delirio más kitsch que se levanta, precisamente, sobre la montaña que el misterioso zapatero desplazó con su no menos misterioso poder. La última parte de la historia, la de la desaparición del habilidoso zapatero, pierde consistencia cuando me alguien me muestra un lugar a la derecha del altar: ‘ahí está Simón, el zapatero’, susurra mientras algunas familias rezan a sus pies. Un San Simón el zapatero de papel decora la pared y oculta mensajes en papelitos depositados con mimo por los devotos que no dejan de llegar de todo Egipto. De hecho la figura del zapatero está disimuladamente presente en la mayoría de las paredes.

En otras partes se asegura que fue un terremoto el que desplazó la montaña y que la leyenda viene de aquel suceso. Sea como sea todos los relatos conducen a un tal Simón, que era zapatero, y que obró algún milagro en esta montaña aunque hay quien piensa que ambas historias son compatibles y que el piadoso Simeón se acercó a rezar presionado por el Papa copto y en mitad de sus oraciones un terremoto desplazó parte de la montaña. El milagrero Simón desapareció aunque puede que algún pedrusco despedido por el terremoto lo mandara directamente al Otro Barrio (aunque aseguran que se descubrió su esqueleto en la Iglesia de Santa María, en El Cairo, conocida como la iglesia colgante, y posteriormente, a principios de los años noventa, lo trajeron a su propio complejo).

El milagro hoy es que yo me haya resignado a subir hasta aquí para ver este delirio que consta como el templo cristiano más grande de oriente medio. Y debe serlo: en el total del complejo pueden asistir a misa más de 30.000 personas. En el altar, también tallado en la roca, reza cariacontecido un señor, una familia se toma fotos en el rincón donde dicen que duerme para siempre el tal Simón, el graderío impresiona y parece más preparado para un concierto de chelo y clavicordio que para una celebración religiosa.

Capilla de San Marcos, en el interior de la montaña

Cuando Nasser ordenó desplazar a esa cantidad de cristianos nadie cayó en la cuenta de que necesitarían, como necesita todo buen egipcio, un templo donde rezar a alguien: en este caso al dios cristiano. Supongo que tampoco se imaginaban que estaban dando luz verde a una ciudad dedicada a la basura. Las casas comenzaron a hacerse más duraderas en lo que no era más que un asentamiento con pinta de eventual, la gente hacía planes de futuro, hacían falta servicios de un barrio: había que construir un templo. Y un monasterio que se encontraba ahí tan ricamente, dedicado a su silencio y sus rezos, se vio rodeado de fieles que buscaban albergue a su fe. Si la capilla de San Simón, que es la principal, puede dar cabida a 15.000 fieles, la de San Marcos se atreve con 5.000.

La iglesia se construyó en dos etapas, la primera de ella agrandando una caverna de metro de ancho hasta lograr una sala para rezos, en primera instancia, y un delirio para masas en segunda. Era el año 1984 y el templo excavado en la pared para dar asistencia religiosa a los basureros que viven a sus pies se convertía por fin en iglesia. Diez años después la iglesia volvió a robarle espacio a la montaña, buscó acomodo a los restos de su santo Simón el zapatero, que ahora reposan a la derecha del altar, y comenzó a extender su fama como la iglesia cristiana más grande de Oriente Medio. El exterior está preparado para recibir peregrinaciones masivas, la gente toma café bajo esculturas en forma de horrorosos arbolillos, el olor a basura lo inunda todo, alguien canta en una gruta.

¿Y quién ha pasado tanto tiempo esculpiendo estas figuritas en la pared? Un polaco llamado Mario que lleva media vida en Egipto y que vive en El Cairo con su mujer. Sus escenas de la vida del pequeño Jesús en su viaje a Egipto decoran la fachada, los interiores, los techos, los recovecos más escondidos. Magna obra la suya, pelín kitsch, me repito asombrado. En el techo hay cruces en altorelieve que parecen querer desplomarse en el suelo para descansar, de las paredes cuelgan pequeños complejos escultóricos que desafían también la gravedad, los reyes magos, la virgen, los santos: todo es naif a más no poder. Mario sigue creando figuras, me dicen mientras contemplo atónito una cruz convertida en columna central de todo un auditorio, el de San Marcos. Genial o kitsch. El tiempo lo dirá…