De repente la plaza de los Mártires de Beirut se llena de brazos que apuntan al cielo porque está sonando el himno nacional. La imagen tiene algo de inquietante aunque se suaviza cuando compruebo que en el grupo hay musulmanas tapadas, musulmanes con pinta de devotos, chicas cristianas con caras de pías y niños pequeños que miran con los ojos muy abiertos. ¿A quién se le ha ocurrido cantar el himno haciendo el saludo nazi? Porque esa es la primera impresión: se les ha ido la olla. Lo siguiente es que no, que confundo algo que tal vez sea una tradición milenaria con el prejuicio por un saludo que en principio es romano pero que ha corrompido para siempre el infame recuerdo de los nazis. ¿Y por qué me suavizo cuando veo musulmanes? ¿No hay musulmanes nazis? Tal vez piense en los neonazis europeos, antiislámicos casi que por definición, y no me cuadra ver a un musulmán haciendo el dichoso saludito. Realmente es absurdo y obliga a repensar en la segunda guerra mundial y en el gran Muftí de Jerusalem, por ejemplo, tan cercano a Hitler por aquello de los enemigos de mis enemigos son mis amigos. 

Pero no estoy en el 39 ni Hitler acaba de invadir Polonia: esto es la revolución libanesa, una revuelta social con un componente nacionalista tan fuerte que impregna todo de los colores nacionales, el blanco y el rojo, de gentes envueltas en la enseña, del himno libanés que suena de pronto en cualquier parte. No hay símbolos políticos ni religiosos, tan solo una bandera que une por igual a musulmanes y cristianos. Pero, y a pesar de esta unión, el nacionalismo tiene algo inquietante: como impulsados por un resorte, cada vez que suena el himno los presentes elevan sus brazos al cielo y cantan emocionados. Y elevan el brazo al estilo fascista, romano si quieren, el saludo franquista para los españoles, nazi para los de medio mundo.

La organización de la Thawra (revolución) pide por favor que no se levante el brazo al cantar el himno…

Un saludo tan llamativo que la misma organización de la Thwara (revolución), sean quienes sean, se han visto obligados a recordarlo con una ilustrativa foto en su cuenta de Instagram: ‘No hagáis el saludo nazi cuando suene el himno’, dicen, ‘quedaros simplemente con los brazos en el costado’. ‘No pasa nada’, le contestan, ‘podemos cambiarle el nombre por el de saludo libanés’. ‘La diferencia está en los dedos’, dice Nour, ‘los alemanes hacían el saludo con cuatro dedos, nosotros lo hacemos con cinco porque es un símbolo de juramento’. ¡Cuán sutil es la diferencia para el ojo poco adiestrado a contar dedos! ¡Pero es que además no es cierto!

Suene el himno a las puertas de la empresa nacional de electricidad, en la plaza de los mártires o en un callejón medio oscuro de provincias la reacción siempre es la misma: brazos en alto. ¿De donde viene este inquietante saludo? ‘No sé’, me dice una chica en una calle de Beirut, ‘siempre se ha hecho así, es una muestra de respeto’. ‘Este saludo es libanés, no es nazi’, dice un muchacho, ‘es el saludo Bellamy’. ¿El saludo Bellamy? ‘Sí’, me dice, ‘un saludo que viene de los Estados Unidos’. Busco el saludo Bellamy y efectivamente, existe. Es un saludo dado a conocer por un tal Francis Bellamy para acompañar al juramento de lealtad a la bandera de los EEUU y que llegó a conocerse como ‘saludo a la bandera’. El Congreso norteamericano lo reemplazó en 1942 por la mano en el corazón tras la incómoda coincidencia con los saludos de sus enemigos alemanes e italianos. El inventor del saludo Bellamy no fue Bellamy, curiosamente, sino un tal James Upham, que al leer el juramento daba un golpe con los tacones al juntarlos y decía ‘ahora la bandera está izada, hago el saludo mientras digo juro lealtad a mi bandera’, y mientras decía la palabra bandera la mano derecha se extiende ‘grácilmente’ con la palma hacia arriba, hacia la bandera, y así permanece hasta el final de la afirmación, cuando la mano baja y se coloca al costado. 

Sin embargo en el Líbano no veo esa palma hacia arriba ni cuatro dedos sino todos. Es más, veo mucha gente que lo hace con el brazo izquierdo. En la discusión todos tienen algo que decir porque todo el mundo ha tenido la oportunidad de levantar el brazo: ‘tal vez sea mejor la mano en el corazón, como los franceses’, me admite un señor que, no obstante, mantiene el brazo en alto y el gesto emocionado cuando suena el himno. ‘Saludamos la Thawra (revolución), no a los nazis’, responde otro hombre con cierto enfado. En Instagram muchos agradecen el aviso, ‘ya es hora de que alguien lo dijera’, responde Leyasal, ‘por fin alguien cae en la cuenta’. Pero más que en los Estados Unidos el origen de este saludo parece que hay que buscarlo en el ejército nacional, que jura así la bandera desde los tiempos de la Francia de Vichy. Y el mariscal Petain al mando de esa Francia era colaborador del régimen nazi: de hecho el ejército colonial del Líbano luchó contra los aliados e incluso contra los partisanos de la Francia Libre. Parece ser que al conseguir la independencia en 1944 los libaneses continuaron con el saludo nazi sin darle más vueltas. ‘A mí no me gusta nada’, me dice Hassan, un señor que canta el himno con los brazos pegados al cuerpo, ‘la mayoría de la gente no lo hace con mala intención ni saben qué significa pero yo sí…’

De todos modos, la fuente no es solo una ni el ejército es el único implicado: el brazo extendido tiene admiradores entre los cristianos maronitas, que formaron unas unidades paramilitares llamadas Falanges en honor a José Antonio Primo de Rivera, pero también entre los militantes de Hezbollah. Uno de los apellidos ilustres del país, Gemayel, está detrás de la parafernalia fascista cuando Pierre creó el partido Kataeb en 1936 como una organización paramilitar juvenil admiradora ferviente de los movimientos que se daban en Europa, desde España a Italia pasando por Alemania. ‘Es que en los colegios estudiamos poco eso de los nazis más allá de que mataron a muchos judíos y montaron una gran guerra’, me cuenta un hombre de amplio bigote, ‘así que la gente no suele relacionar el brazo de su himno con el brazo del himno de Hitler’. ¡Pues vaya! En esto de los símbolos recuerdo que también me admiró el empeño kurdo en usar el símbolo de la victoria porque pocos allí lo relacionan con Winston Churchill pero así es, en gran parte es suyo

A decir verdad, hay más de nazi que de otra cosa, y no solo en estos brazos libaneses sino en los del país vecino, Siria, gracias a Antun Sa’ada, un libanés conocido por ser el fundador del partido nacional socialista sirio, que lo hubo, obsesionado por crear una gran Siria de las cenizas del acuerdo Sykes Picot, que repartió los restos del imperio otomano entre Francia y Gran Bretaña. Antun vivió a caballo entre Beirut y Damasco dando clases de idiomas y escribiendo relatos y artículos. El libanés se interesó también por el nacionalsocialismo y empezó entonces su peregrinar por las cárceles de la colonia francesa. Sa’ada no tenía una buena relación con los falangistas de Pierre Gemayal, a pesar de ser ambos cristianos y con evidentes simpatías fascistas porque  Sa’ade soñaba con una Gran Siria (para él eso del Líbano y Siria como entidades separadas no tenía sentido, pero sus fronteras incluían en su soñada gran Siria la isla de Chipre y hasta Irak) frente a Gemayel, que fantaseaba con un Líbano independiente y fenicio… A Sa’ada le dio por solidarizarse con los palestinos expulsados por Israel tras la guerra de 1947 y por intentar derrocar a Riyad Al Sohl así que lo fusilaron en 1949. De todos modos Antun no pretendía imponer un nacionalsocialismo sino un socialismonacional, según expone Daniel Pipes en su libro Greater Syria: the history of an ambition aunque entre los rituales que Sa’ada dio a sus acólitos estaban una extraña esvástica que parece el disco de una radial y la imitación del saludo romano al estilo fascista o nazi. Aunque su grupo no pasó nunca de los mil seguidores, que lo aclamaban al estilo Fürher, con ‘larga vida a Sa’ada’, sí influyó mucho en la política libanesa, sobre todo porque sus enseñanzas calaron entre muchos estudiantes de la Universidad Americana de Beirut y entre las elites educadas del país. 

Frente a Sa’ada y los suyos, Pierre Gemayel y los otros, ambos cristianos y admiradores de los movimientos autoritarios europeos, ambos enfrentados sin remedio. Gemayel en su caso admiraba tanto a Primo de Rivera que creó un partido al que llamó Kataeb, como decía, que traducido viene a ser Falanges, un partido que pretendía incluir a las juventudes cristianas maronitas en un tinglado paramilitar similar a los falangistas de España: usaban el saludo romano, o nazi según se mire, tenían su uniforme con camisas marrones y creían sobre todo en la independencia del Líbano, que consideraba tierra fenicia distinta de los vecinos árabes.

Sea como sea, ambos personajes, el panárabe Sa’ada, y el profenicio Gemayel, coincidían en su admiración a los totalitarios europeos y de ahí parece venir el saludo al himno más que del tal Bellamy. Entre los simpatizantes de los fascistas y el ejército nacional en manos de los esbirros de Petain (recordemos: simpatizante de los nazis), el brazo en alto ha pasado a formar parte de la gestualidad nacional. Un saludo romano ensalzado por los simpatizantes del nacionalsocialismo de los años treinta que llegó al Líbano gracias a cristianos nacionalistas y panárabes. La ensalada es buena pero aún no ha acabado porque al parecer los simpatizantes de Hezbollah, la organización chiíta, también se les ve de cuando en cuando levantando el dichoso bracito

Sea como sea, aunque los adeptos a la Falange seguramente sepan muy bien lo que hacen, parece que la mayoría lo usa más como tradición que como adhesión a ningún movimiento neonazi. Sus caras de horror así me lo indican: ¿nazi?: nooooooooo!!!’ De repente, suena el himno. La gente se detiene. Caras de emoción, miradas al cielo. Brazos en alto…