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Olmedo Franco lo recuerda serio. ‘Un militar me preguntó: ya que usted es tan franco, dígame, ¿vivía mejor con la guerrilla o con nosotros los militares?’. Yo se lo dije: con la guerrilla, porque antes no había robos y ahora sí. Olmedo es un campesino de Gaitania, al sur del departamento del Tolima, en Colombia, una ciudad que tiene mucha más historia que habitantes: aquí nacieron las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, las FARC. ‘Me lo preguntó un mayor en el colegio’, me cuenta Hugo, antiguo corregidor, o alcalde pedáneo, de la ciudad, ‘¿vivían ustedes mejor con la guerrilla o con nosotros?’. Hugo se ríe y al tiempo se azora: ‘no podía mentirle’, se justificaba, ‘y se lo dije clarito: con la guerrilla, y al mayor le dio la risa’. Wilmar Vargas es el actual corregidor y no se inclina tanto como los demás pero algo hay cuando intenta reprimir la risita. ‘La inquietud de los campesinos es saber quién va a llenar el espacio que ocupaba la guerrilla’, afirma serio, ‘porque ahora comienzan a verse hurtos, vicios, situaciones de violencia que antes no existían y si el gobierno colombiano no despliega un plan que evite estas cosas los campesinos temen lo peor’.

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La esposa de Olmedo, Estefanía, tampoco lo duda: ‘claro que antes había balaceras y caían bombas y había que tener cuidado pero ahora uno no puede salir de casa porque se la roban’, cuenta mientras su marido la interrumpe, ‘se llevan hasta las cucharas’… Antes la seguridad estaba garantizada por los guerrilleros, que daban tres avisos a los revoltosos. ‘Al tercer aviso te mandaban río abajo’, bromea Hugo en el salón de su típica casa antioqueña (aunque construida en el Tolima…). ‘Es que aquí vivíamos mucho más en paz que en Bogotá’, continúa Hugo, ‘que si te pilló un carro, que si te asaltaron, que si te pasó esta cosa o esa otra, no, aquí no pasaba nada de eso, ni marihuaneros había, y mucho menos robos, crímenes, muchachitas violadas…’. Hugo no deja espacio al error: no simpatiza con la guerrilla y el reconocimiento de la situación de seguridad no la absuelve. ‘Pero lo que es, es’. Olmedo, por su parte, tampoco pretende que lo tomen por guerrillero. ¡Y eso que es familia del mismísimo Tirofijo! ‘Lejana’, aclara, ‘era hijo de un sobrino de mi abuelo’, reconoce, ‘vengo de buena familia’, ironiza mientras pone los ojos en blanco.

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Ramón es el restaurador de las imágenes de la parroquia local. ‘Vayamos a conocer al padre’, me dice mientras detalla cada momento de la historia colombiana. ‘El padre es serio pero buena gente’, me avisa. Y el padre, Carlos, es serio, sí, y equilibrado. ‘Durante muchos años esta zona ha estado muy abandonada y nadie se preguntaba las causas del conflicto sino que se demonizaba la región sin preguntarse nada más’. De pronto un helicóptero surca el cielo de la iglesia y todos corren a verlo. Yo también. Todavía se sigue viendo al ejército con curiosidad. O más bien con miedo curioso. ¿Qué vienen a hacer aquí?, pregunta enfadada una señora que no sé de dónde ha aparecido mientras vemos desaparecer a la aeronave tras una montaña. Wilmar Vargas equilibra las fuerzas: ‘la guerrilla hizo muchas cosas malas’, me dice, ‘pero el ejército también ha abusado mucho de esta gente’. ¿Y cómo es eso? ‘Porque consideraba a todos los vecinos guerrilleros y se llevaba aleatoriamente a muchos para interrogarlos, los devolvía al cabo de los meses y las familias sufrían mucho’. Porque en la esquina frente a la que Wilmar tiene su oficina mataron en 1960 a Charronegro, un líder campesino y paleoguerrillero que originó la irrupción de Tirofijo como líder de la subversión. De hecho, y también a pocos metros de su despacho, se encuentra un monumento que recuerda la muerte de su militar de un certero disparo en la cabeza: el tiro lo lanzó el propio Tirofjijo desde un cerro cercano y ahí mismo empezó la leyenda del guerrillero que no erraba el tiro y al que no podían atrapar.

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De hecho en Gaitania todo recuerda al conflicto. Apenas hay nada visible pero está en el ambiente. ‘Es que aquí todo el mundo colaboró con la guerrilla, algunos voluntariamente pero también involuntariamente, desde ganaderos a campesinos, tenderos, vecinos, todos…’, me dice Wilmar. ‘Es que si venían los guerrilleros y te pedían que mataras dos pollos para un caldo, ¿cómo negarte?’, me cuenta Hugo en su sillón. Y remata Ramón: ‘y luego venían los paramilitares y los secuestraban por apoyo a la guerrilla…’. Las FARC son una parte indispensable de la historia local.

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‘Mire’, me dice Olmedo, ‘un recuerdo de la última toma guerrillera en Gaitania’, dice mientras muestra un trozo retorcido de metal. ‘Es un cilindro de gas’, o dicho de otro modo: una bombona de butano alargada que servía como proyectil y cuya trayectoria era tan difícil de trazar como para provocar tragedias como esta de Bojayá. ‘No tenían muchos más medios’, dice Ramón, ‘eran cuatro pendejos con metralletas perdidos por el monte mientras que el ejército tenía aviones, tanques, bombas…’. Nacidos aquí y crecidos aquí, medio país tomaba a estos vecinos por guerrilleros. ‘Uno iba al mercado y quería comprar cinco libras de arroz y el militar le decía, ¿para qué tanto arroz?’, me cuenta Hugo, ‘pues porque somos muchos, le respondía, pues lleve tres, ¿y para qué cinco panes? ¡lleve tres!, como si no tuviéramos bastantes problemas, encima todos éramos sospechosos de ser guerrilleros’.

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Pero sobrevivieron, se dicen. ‘Aquí morimos no más que de puro viejitos’, bromea Olmedo, ‘apenas murió algún civil’, ‘la guerra era entre ellos’, confirma su esposa, ‘los civiles salíamos nada más que a fisgonear dónde había caído la bomba, de hecho acá detracito cayó una y astilló nuestro árbol..’. Sea como sea, Gaitania hoy es sinónimo del mejor café del mundo. Y Hugo, a modo de prueba, saca una cafetera y me sirve una taza. No hay duda: pocos días antes un productor local ha conseguido el premio al mejor café del mundo. Y eso eso, en la cuna de las FARC, es un mérito enorme. Las laderas que antes recorrían los guerrilleros, donde se agazapaban los paramilitares, las pendientes donde crecía amapola y en las que caían las bombas de los militares, hoy produce un café exquisito, sabroso, digno de llevar el calificativo de ‘mejor café del mundo’. ‘La guerra tenía que acabar’, concluye Hugo, ‘estamos todos cansados, sobre todo ellos que se han pasado cincuenta años en el monte, sufriendo, pasando fatiga y miseria, ya están todos viejitos… yo lo que creo es que lo que quieren es una pensión para pasar la vejez tomando tinto en la casa….’

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