A las afueras de mi hotel de Baalbek una fila de muchachos baila, trenzados sus brazos en un abrazo fraternal, al son de música revolucionaria. El grupo es pequeño, nada que ver con las grandes multitudes de Beirut, donde decenas de miles de manifestantes llenan la plaza de los Mártires. ‘Es que Hezbollah nos ha amenazado’, me dice un joven que prefiere no darme nombre alguno, ‘por eso si usted se fija no encontrará casi ningún hombre mayor, solo mujeres y chicos jóvenes’. Miro a mi alrededor y es cierto, parece el recreo de un instituto. Una chica interviene: ‘hace unos días un coche aceleró de pronto muy cerca de donde estábamos reunidos y disparó una ráfaga de metralleta al aire’, cuenta con ojos de pena, ‘solo era un aviso pero ya sabemos que la gente de Hezbollah no nos apoya’. Ahora entiendo por qué las maravillosas ruinas de la ciudad están vacías: el fabuloso templo de Júpiter está desierto, en el interior del templo de Baco solo un tipo se afana en buscar fotos, la ciudadela de Saladino tiene el eco de los edificios vacíos. Pienso entonces en lo importante que resulta viajar con seguro de viaje, sobre todo a sitios como este donde no se sabe qué puede ocurrir: un atentado, un accidente, un golpe, una indisposición y uno se va al mismísimo garete. Me atrevo a recomendar este blog como especialista en encontrar ese seguro que mejor se ajuste a las necesidades de viajes al uso, ¡cuánto más ir de cabeza al bastión de Hezbollah en el Líbano! Sobre todo por su seguro de viaje con descuento.

‘No tiene por qué ocurrirle nada, este lugar es seguro’, me dice Carla, la recepcionista de mi hotel, mitad libanesa mitad brasileña. ‘De hecho hay simpatizantes, y hasta militantes, de Hezbollah que simpatizan con nuestra causa y hasta lo han hecho público porque las carestías de las vida diaria también les afectan a ellos’. No en vano dicen que esta ciudad, debido a todos sus líos, es de las más olvidadas y abandonadas del país: ¡y tienen unas ruinas de primera línea! Cuando le pregunto si confía en que la revolución, la thawra, sirva de algo, sus ojos recuperan la pena de la otra chica: ‘esto es el Líbano’, me dice, ‘aquí no cambiará nada jamás…’

A excepción de algunos adultos como los de abajo, las protestas y manifestaciones en Baalbek son mayoritariamente femeninas y juveniles…

Los manifestantes de la plaza Poeta Khalil Mutran salen en una marcha nocturna ambientada por velas. No son muchos, tal vez quinientos, pero el valor es inconmensurable porque los que mandan en la comarca no están de acuerdo. Desfilan por las calles del centro de la ciudad, saludan a un retén de soldados situado en una esquina, para mi asombro se detienen ante una mezquita donde ondea un enorme cartel con el rostro de Nasrallah, continúan su recorrido hasta volver por último al lugar de salida. Llevan retratos de Alaa Abu Faker, el primer mártir fallecido por balas de soldado, los conductores de la manifestación gritan proclamas que encuentran un eco desigual. Hay quien canta pero la gente mira a su alrededor, suspicaces, temerosos del qué dirán en una ciudad de veinticinco mil habitantes donde cada ranura esconde un observador de los radicales chiítas. ‘Pago tres facturas de luz’, me dice Carla, ‘y aún así sufro tres o cuatro cortes de electricidad al día, el desempleo crece, el país ha absorbido cientos de miles de refugiados sirios que se han unido a los cientos de miles de refugiados palestinos y no tenemos capacidad para generar tanta economía’. Pienso en un país que no es más grande que la provincia de Huelva y que alberga más de millón y medio de refugiados y estoy cerca del colapso. Las protestas además han espantado a los pocos turistas que aún tenían ánimo de acercarse a las más fabulosas ruinas romanas del país, y yo diría que de Oriente Medio, y que han dejado el valle de la Bekaa yermo económicamente hablando. ‘Para registrar las propiedades tenemos que ir a Beirut’, me dice uno de los pocos adultos, un tal Yamal, ‘pero nadie va porque es perder mucho tiempo y el resultado es que casi nadie tiene un título de propiedad válido’. ‘Los jóvenes se marchan en masa porque aquí no hay nada’, interviene una señora a la que interrumpe otra, ‘en Hermel y Fakha también hay manifestaciones porque la cosa está peor’.

La cosa entre los jóvenes revolucionarios y los simpatizantes de Hezbollah se pone tensa…

‘Procure que no le pase nada’, me dice un chaval con cara de guasa, ‘el otro día tiraron una bomba en un hospital aunque nadie resultó herido’. Pienso nuevamente en mi seguro de viaje y fantaseo con una repatriación a las bravas. ‘Si quiere volver a Beirut, dése prisa’, me comentan en la cabeza de la manifestación, ‘el trayecto de dos horas puede convertirse en un día entero porque hay múltiples cortes de carretera’. Solo falta que llueva, pienso cenizo cuando un resplandor me indica que una tormenta se desplaza desde la cercana frontera de Siria. De pronto se desata una discusión subida de tono: un hombre discrepa de que todo esto llegue a alguna parte y cree que hay que confiar en los líderes de Hezbollah, alguien le grita, dos muchachos se llevan al vociferante a un rincón para que se relaje. Sí, en cualquier momento alguien pueden perder los nervios.

Los manifestantes son muy jóvenes en Baalbek

La comarca de la Bekaa es lo más parecido a una región sin ley: los numerosos controles de carreteras levantados por los soldados libaneses asustan más que tranquilizan, apenas hay una calle donde no se les vea pasear soportando esos fusiles desfasados que parecen más grandes que los propios soldaditos: ‘soy de Trípoli’, me dice Mohammad frente al templo de Venus, ‘y tengo dieciocho años’. Lo miro con tristeza: podría ser mi hijo. Junto a su compañero no quita ojo de un cajero automático que soporta una enorme cola de usuarios. ‘Se están acabando los billetes, pronto no podrá dar más’, dice con preocupación. Los bancos llevan días cerrados y el dinero escasea, los precios suben de un día para otro, la chispa que desate la violencia generalizada puede surgir en cualquier momento.

Hezbollah está presente en cada rincón, como en este parque infantil con la imagen del líder de la formación chiíta…

Para terminar de complicar las cosas, el valle de la Bekaa no es solo frontera con Siria y bastión de Hezbollah: también es el centro productor de hachís del país y aunque su importancia ha decrecido mucho en los últimos años aún existen grandes extensiones sembradas de cannabis. Tanto que Nouh Zaiter, el principal narcotraficante, por supuesto en busca y captura, se ha sumado a la indignación nacional y lanzó un video, desde su escondite, apoyando las protestas. ‘Espero que todo el mundo acuda con una bandera del Líbano’, dice el que muchos consideran una suerte de Robin Hood local, ‘espero que todos los oprimidos vayan a la plaza’. No sé cómo calificar este llamamiento, sobre todo porque sobre Nouh recaen cuatro mil cargos criminales (¡¡cuatro mil!!) y hace solo unos meses el ejército le incautó a su organización veinte camiones cargados de hachís.

Altar improvisado dedicado al primer mártir de la revolución, muerto a tiros por un soldado en noviembre de 2019

El panorama no deja de ser inquietante: el principal bastión de una organización que muchos consideran terrorista, Hezbollah, salpicado de protestas a las que amenazan con tiros al aire en un lugar cercano a un país en guerra y epicentro del tráfico de drogas de la región.

Sí, qué menos que un seguro de viajes…