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El lupanar más conocido de Pompeya no tiene pérdida: solo hay que seguir las pollas esculpidas en altorrelieves que están distribuidas por todo el casco histórico. Las pollas, los penes, los falos, las trancas, los nabos. Los romanos tenían cierta adoración por estas cosas. Esculpidas y esculpidos. En frescos, en amuletos, en colgantes. Y no sólo en altorrelieves: también hay bajorrelieves, pinturas, están en columnas, en dinteles, en losas del suelo. Probablemente incluso las llevaran, al menos en intención, tatuadas en las frentes de los malogrados vecinos, tan dados a la promiscuidad que por la ciudad aún se conservan pintadas obscenas en la pared. ‘Cosmo, hijo de Equicia, gran invertido y mamón, es un piernas abiertas’, ‘Satir, no chupes coños fuera de casa, hazlo dentro’, ‘el que eructa pene, ¿qué habrá cenado?’, ‘Lloren, chicas, mi pene ha renunciado a ustedes, ahora sólo perfora el trasero de los hombres’, ‘Harpocras folló aquí estupendamente con Drauca por un denario’. Las pintadas se encuentran por toda la ciudad, como digo, y ante algunas uno no sabe si son insultos o halagos: ‘Secundus es un chupador poco frecuente’. Sin embargo, no todos estos falos indican el camino del placer carnal. Las pollas en Roma daban suerte y muchos simplemente tenían el objetivo de alejar a los malos espíritus, atraer la fertilidad o combatir el temido mal del ojo.

A decir verdad, en Pompeya no había un solo lupanar: los arqueólogos aseguran que al menos fueron treinta. Algunos no eran más que una habitación sobre alguna de las numerosas tabernas, otros un rincón en un almacén, o en una casa particular. Tal vez algún hostal de mala fama. Lo importante, a juzgar por la profusión de prostíbulos y de tabernas, era beber y follar. El más importante es el conocido como Vicola del Lupanare, restaurado y reabierto al público en 2006, un garito de dudoso ambiente situado en un lugar muy transitado, en pleno centro, a tiro de piedra de termas, de multitud de pequeñas tabernas, rodeado de posadas. Disponía de diez habitaciones dotadas de incómodos catres de dura piedra sobre los que se colocaba algo parecido a un jergón relleno de paja para facilitar el acto amatorio.

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Los catres del lupanar no parecen lo más adecuado para el ayuntamiento carnal y además parecen apropiados sólo para amantes muy bajitos…

El edificio está dividido en dos plantas y todo indica que el piso superior tenía algo más de caché porque contaba con camas de madera y hasta una letrina. Sobre las puertas, pinturas al fresco con escenas explícitas que mostraban la especialidad de la ‘loba’ a modo de catálogo. Porque las prostitutas de la antigua Roma eran conocidas como ‘lobas’, lupus, de ahí lo de lupanar, aunque los prostíbulos, y creo que incluso sus clientes, no hacían muchos ascos al sexo homosexual. Por eso la profesión tenía lobas, sí, muchas, pero también lobos. Aunque no eran lobos reales: eran lobas también porque los romanos consideraban mujeres a los hombres que se prostituían y los expulsaban del universo viril que todo hombre aspira a retener (así le gusten los culos masculinos).

En la Vicola del Lupanare trabajaban sobre todo esclavas, griegas y orientales, carne de cañón para el populacho de menor poder adquisitivo. Y es lógico porque en las impresionantes villas de los barrios periféricos uno puede imaginarse cualquier cosa excepto a sus dueños yéndose de picos pardos por prostíbulos oscuros, hediondos, estrechos, con olor a sabe Dios qué cosa: sólo podemos intuir las orgías que se habrán montado en sus magníficos jardines y enormes salones, orgías entre amigos de alto copete, matrimonios bien avenidos, sexo con esclavos y esclavas que no tenían mayor consideración que juguetes sexuales. En el lupanar más conocido de la ciudad apenas se cabe en las habitaciones, las esclavas cobraban entre dos y ocho ases, y para que nos hagamos una idea de cuánto es eso: un vaso de vino en alguna de las tabernas de abajo costaba tan sólo un as. Así que uno tenía que escoger: dos vasos de vino o un polvo barato. En el interior del lupanar, para que no cupiese dudas, un fresco presidía la habitación con la especialidad de su inquilina. O inquilino. Y a follar.

Porque Roma era sensualidad, sexo más bien, la fidelidad era un arte menor, el sexo homosexual moneda corriente (siempre que no fuera pasivo, como decía, porque convertía al machote en mujer y podía acabar con la carrera de cualquier hombre de  bien…) y eso de ‘irse de putas’ no estaba mal visto. Lo digo porque en el lupanar se han encontrado pintadas de tipos que contaban lo bien que habían fornicado y dejaban sus nombres y apellidos, profesiones y hasta transcribían versos de poetas conocidos. Y tan conocidas como los poetas conocidos eran las prostitutas más afamadas: Fortunata, Drauca, Mutis, Nice, Attine, y deberíamos entonces hacer un hueco aquí para ellos, que (recuerden) en Roma eran consideradas ellas: Hermeros, Febus, Higinius, Arfocras…

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Las pinturas eróticas no se limitan a los burdeles y zonas populares: las grandes villas no desaprovechan espacio para dejar sus pinceladas…

Los romanos eran grandes aficionados a la fiesta y Pompeya tenía un aroma a ciudad del vicio, a centro vacacional donde los ricachones olvidaban las preocupaciones del día a día en sus enormes y hermosas villas y los pobretones del populacho ahogaban sus penas entre vino y rosas. No muy lejos del lupanar se levanta el Thermopolium de Vetutius Placidus, un nombre que me inspira flacidez ebria, resacas de vino peleón, discusiones de madrugada, sexo sucio. Claro que no conozco al tal Vetutius. Pero sí su garito. Porque el establecimiento del señor Placidus tenía tanto carisma que ni la erupción del Vesubio se lo ha podido arrebatar. El mostrador, cubierto de pequeños segmentos de mármol policromado componiendo diseños geométricos, aún contenía recipientes de terracota donde se supone guardaban la comida caliente.

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El garito de Vetutius Placidus

En algunos se ha encontrado incluso monedas de poco valor, probablemente el cambio, puede que las ganancias, seguro que dinero abandonado por su dueño en el momento de la erupción con la idea de recuperarlo más tarde. Algunos de los agujeros de distintas tallas pueden ser precisamente para eso, diferenciar las monedas. En el muro, a la derecha, hay una pintura de un altar, un templo con columnas corintias. En medio representados la casa de los dioses y el Genio sacrificando en un altar  mientras que a los lados están Mercurio y Dionisio, protectores respectivamente del comercio y del vino, dominados por las serpientes agatodemone, divinidades de la prosperidad y la abundancia.

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Cuántas cogorzas y puteríos no habrán visto estas calles….

Un lugar que conserva la magia y los ecos de las conversaciones de aquellos antiguos crápulas que deambulaban por la ciudad buscando vino primero, sexo más tarde, comida al final. Porque, seamos francos: estos garitos debían de ofrecer algo más que comida y vino. El amigo Placidus ofrecía, al menos, la primera y la tercera de las posibilidades y el local invitaba a sentarse bajo pérgolas de madera en un agradable jardín aromatizado con hierbas que luego usaba en la cocina. La mayoría de las casas no disponía en ese tiempo de cocina así que el garito de Vetutius debía de ser todo un estrés de gentes que entraban y salían.

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En Pompeya las clases populares no disponían de cocina porque eran todo un lujo así que las tabernas eran paradas obligatorias para apagar la gazuza…

Son ciento dieciocho las tabernas que se han hallado en la ciudad, la mayoría con los mostradores dando a la misma calle, lo más parecido a establecimientos de comida rápida en los que los clientes no tienen ni que entrar en el local. En la taberna Hedones se ha encontrado incluso el menú: ‘Por un as, aquí se bebe vino. Por dos ases, beberás del mejor. Si pones cuatro, beberás del de Falemo’.

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Las tabernas están por doquier, sus mostradores cara al público,

Y luego, ya con el vino calentando vientre y neuronas, tocaba sexo. No hay que esforzarse mucho para imaginar el ambiente de estas tabernas, sobre todo las que abrían hasta tarde en una época en la que era realmente inseguro pasear de noche: peleas, populacho ebrio, prostitutas, cuchillos voladores. Calles empedradas y húmedas. Vino y prostitutas. Olor a sexo rancio, sudor húmedo, vino peleón. Pompeya, la ciudad de las vacaciones, de las pollas y los burdeles ha quedado como una estampa congelada en el tiempo de una certeza: el tiempo pasa pero los seres humanos no han cambiado tanto…