Cuando Pepe llegó a esta playa los vecinos vivían en cuevas en las que resonaban los ecos de los caballeros cruzados de ocho siglos atrás. Cuando Pepe llegó a este puerto que ahora rezuma actividad los pescadores sacaban del fondo del mar bustos romanos que arrojaban otra vez al agua porque eran demasiado duros para comerlos. Cuando Pepe llegó a este pueblo las ruinas neolíticas, fenicias, griegas, romanas, árabes, cruzadas, otomanas estaban a medio enterrar. Cuando Pepe llegó a Byblos, todo cambió y los vecinos pasaron de vivir en cuevas a saludar a Brigitte Bardot.

Miro el coqueto puerto de Byblos y trato de imaginar cómo debió de ser hace ocho mil años, cuando los fenicios pusieron piedra sobre piedra para construir el modelo previo del gaditano puerto de la Caleta. ¡Si hasta las piedras sobre las que marisquean los gaditanos son iguales! Puedo imaginarlos intercambiados, fenicios de hace miles de años mariscando junto al castillo de Santa Catalina y a los gaditanos de hoy removiendo el lodo de las arenas negras del inicio del puerto libanés. ¿Y Brigitte Bardot? ¿Dónde está? ¡No está, ni aquí ni en Cádiz! Tampoco está ya Pepe, nacido Youssef pero conocido mundialmente como Pepe gracias a su extraordinaria parla y a su habilidad social. Sus fotos aún cuelgan de su garito, conocido por todos como Chez Pepe, germen de que esta hermosa ciudad, cuna probablemente de la Humanidad ( y si no de tanto al menos sí de la patria del gaditano), fuera una de las mecas de la alta sociedad de los años sesenta. 

La marea baja de Byblos deja un remedo de la marea baja de la Caleta y los edificios del puerto están hechos con la misma roca ostionera que los de Cádiz…

Las fotos en blanco y negro cuelgan de las paredes dejando una extraña impronta que oscila entre la nostalgia y la pena, entre lo increíble y lo improbable, entre lo divertido y lo deprimente. ¿Que este país asolado por una y mil guerras, por una y mil invasiones, por una y mil revoluciones, fue un lugar de glamour y postureo? No me extraña porque ocho mil años dan para mucho. Pero las fotos están ahí, a pie de esa misma playa que vio zarpar tres mil años atrás esas extrañas embarcaciones en forma medio de bala medio de escorpión. En el pequeño espigón que se adentra en el Mediterráneo confundo a un señor de recio bigote con mi amigo David pescando en los bloques. ¡Cómo evitar las comparaciones! Una pareja vestida de boda sonríe tensa ante la cámara de un fotógrafo mientras pasea por el equivalente del camino del castillo de San Sebastián gaditano…

Vale. Pero, ¿qué fue del glamour de los años sesenta? ¿Qué queda de la Brigitte y su exuberante talle en esta tierra de seguidores de Hezbollah? Pues yo se lo diré: no queda nada más que la nostalgia, unas calles, las del zoco, muy bien puestas y muy monas pero por las que solo paseo yo, rifado por los modernos y apetecibles pubs nocturnos y restaurantes con pescado fresco del muelle. El muchacho que me ofrece una narguile a mitad de precio discute con el del garito vecino, que me la deja a un cuarto. ¡Ahora bajan a la mitad del cuarto!. ¿No hay nadie más? No, no hay nadie más. La guerra civil desbarató la obra de Pepe y ha dejado impresa en la psiquis mundial un miedo congénito al mismo nombre del país: Líbano: tiros, metralla, secuestros, aviones desviados, Hezbollah, chiítas, falangistas, coches bombas: violencia desatada. La última revuelta, la llamada revolución del WhatsApp, ha sido la puntilla. Por no hablar del coronavirus…

Allá a la derecha está el restaurante de Pepe
Los apetecibles garitos del zoco están vacíos porque nadie se acaba de fiar del Líbano

Las ruinas de Byblos, fabuloso enclave sobre el que se acumulan estrato sobre estrato todas las civilizaciones de este planeta (a excepción de los chinos y los mayas, pareciera) lucen tristes, desabridas, las piedras desperdigadas y sin un triste cariño en forma de foto, el mazagótico castillo de los cruzados lúgubre y sombrío, sin pasos que interrumpan el sueño de ese señor que sestea sobre una silla en peligroso equilibrio sobre sus dos patas. ¿Nadie quiere disfrutar de un lugar con tanta historia como el resto del planeta unido, con recuerdos de un glamour difícil de creer, con personajes de fama mundial y unos marineros que levantaron un remedo de oriente medio en unas islitas más allá de las columnas de Hércules? Pues pocos curiosos, la verdad, más allá de excursiones de un día desde Beirut, apenas a treinta kilómetros.

Pero aunque pocos se atrevan a visitar Byblos las paredes de Chez Pepe dan buena fe de que esto no siempre fue así, y la eterna Brigitte da fe del pasado glamuroso del lugar.. Cortesía de photoblogtg.blospot.com

Insisto: ¿dónde están los ecos de la Bardot y el Sinatra, Jean Paul Belmondo y Kim Novak, Ava Gardner y Claudia Cardinale? Pepe Abez, o Youssuef Gergi Abed, fue uno de esos libaneses que nace donde quiere (qué cosas, es lo mismo que se dice del gaditano). Y para lo que nos conviene aquí podemos decir que Pepe nació en Acapulco (mentira: nació en Rmeil, un barrio de Beirut) pero se crio y creció nada menos que en México, donde lo rebautizaron como Pepe (al fin y al cabo Youssef es Jose y Jose es Pepe). El bueno de Pepe fue secretario particular de su primo Miguel, uno de esos millonarios libaneses que motean este mundo, y con él, o junto a él, hizo dinero y fama. No olviden que el otro gran millonario mexicano es Carlos Slim, de origen también libanés y, como no, amigo de Pepe…

El zoco y los espectaculares atardeceres de Byblos

Pepe buscó tesoros sumergidos, diseñó joyas y terminó fundando un imperio turístico en la fachada más oriental del Mediterráneo. Entre sus joyas de ladrillo y piedra, el Bacchus Club de Beirut, el imponente L’Amiral de Tiro, el Acapulco Beach Resort de Beirut. En Byblos se reservó algo más modesto, el Club de Pesca, o el Fishing Club, su restaurante y unas habitaciones que se convirtieron en su madriguera y refugio. La mayoría de sus propiedades quedaron hechas añicos durante la guerra, o durante las guerras, o durante la invasión, o tal vez durante las invasiones. ¡Quién sabe! Pero nunca perdió la fe en que su Líbano querido recuperaría el esplendor de los buenos tiempos. Una de las fotos dedicadas que colgaba de su garito tenía la firma de su admirado Bechir Gemayel, precisamente uno de los que contribuyó con más dedicación a que el sueño de Pepe se hiciera trizas.

Por cuarto año consecutivo, en 1962 el Líbano celebró el concurso de Miss Europa, el hoy agujereado hotel Phoenicia de Beirut sirvió de escenario para la última película de Jean Paul Belmondo y Pepe se enorgullecía de ser el cónsul honorario de México en el Líbano. Su don de gentes atrajo a Anita Ekberg, a Johnny Halliday, a Paul Anka, a Vaclav Hagel o a Charles de Gaulle. Líbano era la Suiza de Oriente y ya se sabe lo que le ocurre a las Suizas que no son la original. Recuerdo otra Suiza, Ruanda: ya saben. Su hijo lo cuenta en esta entrevista ‘mi padre quería ganar amigos antes que dinero’. Cuando Pepe murió se dirigía ya a los cien años y había sufrido lo indecible viendo cómo su obra se desmoronaba literalmente, a bombazos, con metralla, con gente dentro que ardía como demonios. Llegó un momento en el que Pepe era El Líbano y los turistas querían verlo tanto a él como a las fabulosas ruinas de Baalbek.

Este era Pepe, foto de http://www.souar.com/details.php?image_id=42608&sessionid=gsqaj360l5jb3kl6mq7imqk0r4&l=french

Detrás quedaron los años de aventurero mujeriego que diseñaba joyas, como buen libanés, detrás quedó su primera joyería en el zoco Al-Taweeleh, de Beirut, que ardió, dice la leyenda, y dio paso a que el pizpireto Pepe se decidiera a construir junto a su padre el Acapulco, en homenaje a sus años mexicanos. Trajo mariachis desde América, organizó peleas de gallos y fiestas playeras, su don de gentes le granjeó importantes amistades en los círculos de poder y en la jet Society de todo el mundo. El hotel creció tanto que llegó a tener 180 bungalows, un club nocturno llamado La Perla y un dúo inseparable con su padre.

Desde Byblos, si metes zoom y achinas los ojos, se ve Beirut recortado allá a lo lejos…

Y un día, el padre de Pepe viajó en barco a Byblos y cayo enamorado de la ciudad: ‘hay pescadores que viven en cuevas’, le contó a su hijo,  ‘cuevas del siglo XII construidas por los cruzados genoveses’. Pepe se acercó a la playa y cayó también tan embrujado por el mágico lugar que compró las cuevas a los pescadores, todas las cuevas, una a una, y sobre ellas construyó el restaurante y el Club de Pesca que ahora yo veo. Y luego le siguieron los demás. Y Pepe comenzó a recuperar piezas arqueológicas del fondo del mar en una actividad tan frenética que el propio presidente del país en aquel momento, Fouad Chehab, le llamaba ‘el pirata’. Un tesoro, por cierto, que terminó en manos de la UNESCO (tal era su valor). En apenas una década Pepe había convertido las cuevas en uno de los principales reclamos turísticos del Líbano, el fondo abandonado de la bahía en un museo envidiado por la UNESCO y la fachada oriental del Mediterráneo en un destino de postureo glamuroso de primer orden. A partir de 1975, con el inicio de la guerra civil, Pepe perdió quince millones de dólares, su negocio de joyería y casi todo su imperio hotelero. ‘Tengo mis fotos’, decía mientras miraba su pasado en blanco y negro, ‘así es la vida’.

Y sin Pepe el Líbano es menos Líbano. Los marineros descargan la pesca del día, los restaurantes del puerto te colocan frito de la bahía sin demasiada gracia, las calles están solitarias y abatidas. De una iglesia salen cánticos y rezos, dos chicas mexicanas ríen a carcajadas sentadas a la mesa del restaurante de Pepe. Piden más pescado, hablan de dinero, me cuentan que son como Pepe, libanesas pero nacidas en México. El puerto pesquero, ahí abajo, se pierde entre las tinieblas de la noche. Pero Pepe no se ha ido, su espíritu centellea en la luz del faro, se enreda en las escaleras que suben al zoco, su vida queda en cientos de fotos y libros en los que aparece como el último gran canalla (no me malinterpreten, canalla al estilo Aute…) del Líbano.