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Si Pedro Ordóñez de Ceballos no se hubiera agachado a recoger el ramillete de flores que una dama sevillana dejó caer desde su balcón no se hubiera convertido en uno de los viajeros más incansables que ha dado Andalucía. Pero lo hizo, se agachó galantemente, a sus diecisiete primaveras, y hasta puede que mirara con ojos de mancebo poderoso a las alturas sin hacer caso a su tío, que meneaba la cabeza a su lado mientras murmuraba sus temores. Pedro debió de haber guardado las formas porque el marido de la descuidada dama tomó el gesto como una afrenta insoportable y ordenó matarlo. Así que el jovenzuelo huyó como alma que llevaba el diablo y tanto gusto le cogió a eso de correr que se pasó treinta y siete años poseído por el espíritu de un dios olímpico. Pedro olvidó pronto su ciudad de origen, Jaén, donde apenas pasó la primera década de su vida, y enfiló proa a una huida hacia adelante que, según cálculos que realizó años después, le llevó a recorrer cuatro veces el perímetro del planeta.
El jiennense iba para jesuita pero entre sus estudios y su posterior ordenación se dedicó a la piratería y a la guerra con notable éxito. Como abrebocas a lo que habría de ser su vida, el joven Pedro vaga por Europa, llega a tierras nórdicas, entra en Rusia, conoce al papa Gregorio XIII en el Vaticano, se lanza a los lugares santos de Jerusalén tras vagabundear por Grecia y Turquía, y de paso da un garbeo por el norte de África. En sus recuerdos destaca el encuentro en Malta con una viuda sevillana que un buen día decidió vengarse del mundo y se convirtió en pirata, como él, surcando el Mediterráneo con su navaja al cinto. Pedro, visto ya todo lo que podía verse, regresa a Sevilla y se embarca rumbo a América, no sabemos muy bien si con intenciones predicadoras o corsarias aunque sí que llegó al continente con el grado de capitán.
Viajar con el jiennense debía de ser un seguro de emociones fuertes porque el barco en el que navega se hunde al llegar a las Bermudas y permanece náufrago casi dos meses, hasta que roba unas canoas indígenas y consigue llegar a La Habana. En un inciso que se concede para regresar a España aprovecha para conocer el África negra, desde Cabo Verde hasta el Congo, aunque se ordenará sacerdote en Bogotá, la capital de Colombia. Su vida la dedicaría a propagar la buena nueva cristiana desde Argentina hasta México, con largas etapas en el interior de la Amazonía, y eso durante treinta años de mareantes idas y venidas. Curtido ya su espíritu y saciadas sus ansias viajeras cualquiera optaría por volver a casa pero Pedro es sacerdote y siente en el cogote la presión de evangelizar como antes sintió el aliento de aquel marido sevillano. Así que se embarca rumbo ahora a las tierras de la especiería y para no desentonar con el resto de su vida el barco en el que viaja tarda tres meses en cruzar el Pacífico.

El pobre Pedro ve reducida su dieta a dos plátanos, una tacita de maíz y un trozo de yuca y tiene tanta hambre sin saciar que llega a comerse hasta el cuero de los asientos. Llegado ya a la China, Pedro describe la costumbre de vendar los pies de las niñas para que no les crezcan y hasta tiene cuerda para convertir al cristianismo a la princesa de la Conchinchina, que cae enamorada de semejante tipo inquieto. Claro que además de inquieto, el ya maduro Pedro es religioso y debía de haber pasado página de aquellas costumbres de perseguir mujeres porque rechaza a la hermana del rey y le decretan expulsión y confiscación de todos sus bienes. Pedro regresa a América después de conocer India, Japón, China y Camboya y no lo hace por el camino más sencillo sino por el estrecho de Magallanes. Treinta y siete años después de su primera partida, Ordóñez regresa a Jaén y cae en un sopor enfermizo del que ya no se recuperó, acumuladas enfermedades tropicales, cicatrices físicas y psicológicas. Tuvo tiempo, eso sí, de escribir su desventura, ‘El viaje por el mundo’, editada en 1614, donde novela su disparatada vida, y de servir de excusa para al menos cinco escritores de la Edad de Oro de las letras españolas, que vieron en el jiennense al perfecto personaje de relatos inverosímiles. A la historia pasó para siempre como ‘Elcano con sotana’ aunque superó al vasco en muchas millas. De todos modos hay que creer sus testimonios a pies juntillas porque no existen otras fuentes sobre sus experiencias y hay quien sospecha que infló su atribulada vida. Para los crédulos quedan las vivencias de un ‘clérigo inquieto’, como él mismo se calificaba, que convirtió al cristianismo a países enteros y encontró mujeres velludas que eran engendros de oso y humano.
Bibliografía
 
Mujeres piratas, Germán Vázquez Chamorro, Algaba Ediciones, 2004, Madrid
       Historia y Viaje del Mundo, Pedro Ordóñez de Ceballos, Madrid 1691