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Inca Hualpa se presentó en Choyas como el descendiente directo de Atahualpa y a sus pies se arrodillaron caciques y curacas de los Diaguitas, los Escalonis, los Quilmes, los Acalianes y otros muchos pueblos unidos por el odio al invasor español. Inca Hualpa subió entonces a la categoría de Hijo del Sol, Titaquín, para los iniciados, el heredero del trono del antiguo reino del Perú. Como buen Inca, hablaba el más fluido quechua y su tez morena y su pelo negro no dejaban adivinar su verdadero origen ni su nombre original: Pedro Chamijo nacido en Arahal, Granada, en 1602, de cuna humilde y embarcado a Tierra Nueva por necesidad.
Mentiroso compulsivo, Pedro Chamijo convenció a gobernadores y al virrey de su habilidad para encontrar los fabulosos tesoros que todo español esperaba hallar. Y su desvarío encontró en la desesperación de los indios y en la de los gobernantes de la corona terreno abonado para lanzarse a un precipicio de luchas y contradicciones. Dicen que sus orígenes eran muy humildes, que pudo haber sido morisco, o mudéjar, que estudió en los jesuitas de Cádiz y que fue en esa ciudad donde se sintió atraído por el ajetreo del comercio con las Indias. Probablemente embarcó allí mismo para pasarse años vagando por trabajos sin importancia por el virreinato del Perú. Pedro aprendió quichua con la soltura de un nativo, estudió el glorioso pasado local y prometió a los Calchaquis la llegada de un gran rey Sol con el que derrotar al ejército español.
En las montañas, los indígenas hervían de indignación por los impuestos a los que los sometían los invasores. Chamijo les aseguró que por sus venas corría sangre de Manco Capac y Mama Ocllo y los calchaquis, más por desesperación que por otra cosa, aceptaron al intruso. El granadino, que también era conocido como Pedro Bohórquez, apellido usurpado a un sacerdote que deja adivinar un pasado tumultuoso, se convirtió en el soberano de los indígenas. Chamijo, o Bohórquez, o Inca Hualpa, aglutinó a las tribus de la región y levantó un imponente ejército. En Choyas le rindieron vasallaje los jefes de todas las etnias y lo aceptaron como Titaquín, ‘hijo del Sol’. El de Granada remontó sus orígenes al mismísimo Atahualpa, desplegó su labia de charlatán y terminó siendo aceptado como su particular generalísimo. En el pequeño pueblo de Tolombón construyó una fortaleza con cañones de madera y se sumergió en el disparate de un señor todopoderoso.
Según Roberto Payrós en ‘El Falso Inca’, Chamijo sólo quería conocer la ubicación de los tesoros que aún se suponían en poder de los incas. Payrós lo describe como un mentiroso cegado por la avaricia y pertinaz traidor. Chamijo jugó con fuego y se quemó al poner al corriente de sus planes al gobernador español en un ataque de culpabilidad por alzarse contra sus paisanos. Los jefes de las tribus tampoco se quedaban atrás y jugaron con el granadino a su antojo, preparando la revuelta a sus espaldas. Chamijo, incapaz de percibir la bola que rodaba directa a su cabeza, continuó en su papel de rey inca mientras la región se alistaba para la guerra.
En Lima ya se tenían noticias del falso Inca y las más altas instancias exigieron al gobernador de la provincia que mandara la cabeza fresca del traidor que osaba levantarse contra la Corona. Mientras su fama llegaba a todos los rincones, Chamijo se enredaba en una espiral de rituales que trataban de convencer al pueblo, o más bien a sí mismo, de la veracidad de sus ancestros. Al mismo tiempo, se desparramaba en orgías y grandes comilonas, señoreado como estaba de la zona. Empujado por las circunstancias, Bohórquez se puso al frente de sus milicias y plantó cara a los españoles pero sus pocos conocimientos del arte de la guerra, y su poco seso en general, dieron con sus huesos en retirada, y los indígenas, diezmados a pesar de su superioridad, sintieron deseos de matarlo más que de utilizarlo.
Era la tercera gran guerra que los calchaquís mantenían con sus conquistadores y sería también la última porque fueron derrotados y esclavizados. Acorralado, Chamijo pidió el indulto a cambio de revelar los planes de los calchaquís. Traidor doble, el falso inca se entregó, pero continuó enredando la madeja. A ratos comunicaba a los indios las intenciones de los invasores para, más tarde, revelar a los españoles los nombres de los indios infiltrados a cambio del indulto. Trasladado a Lima, Bohórquez fue encarcelado y se le mantuvo con vida durante años como compensación por sus delaciones. Pero, enterada del asunto la regenta María de Austria, tutora de un Carlos III aún niño, ordenó la pena capital al traidor doble. Pedro Chamijo fue ejecutado públicamente mediante garrote vil, posteriormente ahorcado y más tarde su cabeza separada del tronco y expuesta como advertencia en el puente del limeño barrio de San Lorenzo. La Corona de España tampoco paga traidores…

Bibliografía

 ‘El falso Inca’, Roberto Payró, Stockcero, 2004, Buenos Aires
Pueblos indios de Pomán: Catamarca (siglos XVII a XIX), Gabriela de la Orden de Peracca, Editorial Dunken, Buenos Aires, 2006
Los indios de Argentina, Isabel Hernández, Colección Pueblos y lenguas indígenas, Ediciones Mapfre 1992.