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La playa del Tonelero tiene vigilancia especial de la policía nacional, de la guardia civil, bloques de cemento para evitar que los vehículos lleguen a la orilla del mar. La observan cámaras, la sobrevuelan helicópteros, la rastrean radares. Cada poco aparecen patrulleras oficiales que husmean sus alrededores. ‘Para nada’, me dice Eusebio (nombre ficticio) mientras conduce su coche patrulla, ‘las narcolanchas desembarcan y las cuadrillas sólo tienen que correr veinte metros cargando fardos antes de perderse por las callejuelas del barrio o de meterlos en sus cuatro por cuatro’. El barrio es La Atunara, la ciudad es La Línea de la Concepción y tanta vigilancia sirve de poco: el año pasado los cuerpos de seguridad interceptaron sólo en esta ciudad más de veinticinco mil kilos de hachís, más de veinticinco toneladas, y de todos es sabido que la cantidad aprehendida siempre es miserablemente reducida respecto a la que logra su objetivo.

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Patrullando por el barrio de San Bernardo

‘La zona del levante es donde más se trabaja el contrabando de hachís’, cuenta su copiloto, Álvaro (también nombre ficticio, claro, cómo no), los barrios de San Bernardo y la Atunara, son las zonas donde se producen la mayoría de los alijos’. Los contrabandistas caen en las redadas pero en el banquillo siempre hay suplentes. Sólo en 2017 la policía detuvo a unos cien, una cantidad más que llamativa para una población de poco menos de setenta mil habitantes. ‘Primero están los puntos’, dice Eusebio, ‘pueden tener cien personas vigilando para que les avisen cuando pasamos, luego están los que desembarcan los fardos, puede que tengan cincuenta, sesenta personas, más tarde están los que conducen las lanchas…’ El entramado es de una dimensión tan grande que ya no son simples contrabandistas: es un entramado social. ‘Antes si les sorprendíamos descargando abandonaban la carga y se iban corriendo: ya no, ahora nos atacan’.

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El Estrecho de Gibraltar visto desde los montes de Tarifa

Los dos agentes desnudan sus almas poco a poco. ‘Si transportan la droga por carretera llevan un coche lanzadera, normalmente un Land Cruiser de gran cilindrada que vigila los controles, y si nos encuentran lanzan el vehículo contra nosotros sin importarles el daño que puedan hacer, no tienen miramientos ni les importa matarnos’. Teniendo en cuenta que un piloto de narcolanchas cobra un mínimo de treinta mil euros por viaje, que cada punto de vigilancia puede cobrar dos mil euros por no hacer nada más que descansar con los ojos abiertos, que un descargador se saca en un día el doble de lo que gana un agente, no es de extrañar el desánimo de los policías. ‘Lo que nos motiva más que nada es la voluntad de hacerlo bien pero sí, estamos desanimados porque tienen mucho más medios que nosotros, llevamos coches que no pueden correr por estos caminos de tierra embarrados y ellos tienen vehículos que de un acelerón te sacan doscientos metros en unos segundos y nosotros nos quedamos parados en un charco…’.

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En mitad del estrecho de Gibraltar lo mismo te aparece una narcoembarcación que un submarino…..

‘Nos vigilan’, dice Álvaro, ‘saben quiénes somos, dónde estamos, dónde vivimos, las matrículas de nuestros coches, cuando salimos de la comisaría nos persiguen para saber dónde vamos, esto es un pueblo pequeño donde todos se conocen y no es difícil saberlo todo’. La falta de recursos de los agentes es desesperante y se asemeja a una lucha entre millonarios contra tiesos. Pasamos por la barriada de San Bernardo y Álvaro me señala una casa: ‘ahí tenían un sistema de radares con monitores que escudriñaban todo el estrecho, por tierra, mar y aire, tenían ordenadores de última generación, sistemas de seguimiento instalados en las azoteas, lo sabían todo de nosotros: era un SIVE paralelo…’ El SIVE, el Sistema Integrado de Vigilancia del Estrecho se vendió como una tecnología de última generación destinada a detectar a larga distancia las embarcaciones que se aproximen al litoral español, identificarlas y actuar de manera inmediata. La central desde la que se controla el litoral gaditano está en Algeciras y su panel de monitores abarca prácticamente toda la línea costera. Los agentes pueden meter zoom y averiguar la marca del bikini de aquella bañista.

‘Pues el de los narcos es mejor’. Aparte de no tener medios, también se quejan de la falta de personal: a veces patrullan seis agentes durante toda la noche pero no siempre porque en ocasiones son menos, pongamos que cuatro. San Bernardo está repleto de torres de vigilancia desde las que se observa el estado del mar, las embarcaciones que rondan la zona, los helicópteros de la guardia civil, las patrulleras. Los vigilantes cobran lo suyo y están en todos lados. Incluso en el mar. Unos meses atrás una patrullera de Vigilancia Aduanera embistió una embarcación y murieron sus cuatro tripulantes. Dicen que se trata de unos vigilantes especiales: en mitad del mar, jugando a interponerse entre las patrulleras policiales y las narcoembarcaciones que intentan desembarcar la droga en las playas del Campo de Gibraltar.

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A veces el macizo rocoso del Rif parece estar más cerca de España que lejos…

‘Los viejos no están muy de acuerdo con todo esto’, señala mansiones de lo más ostentosas Álvaro mientras recorremos las encharcadas callejuelas del Zabal, una barriada rural con muchas casas ilegales de autoconstrucción, ‘porque se está poniendo demasiado el foco en la zona y eso no puede ser bueno para ellos’. ‘Pero están muy crecidos y se creen invulnerables’, concluye Eusebio. El Zabal es un universo aparte con callejuelas de tierra que se convierten en sucesiones de charcos y que transcurren paralelas y perpendiculares a altos muros de mampostería que impiden ver el interior de las fincas, más allá de los tejados de enormes mansiones que asoman en las lejanías. ‘A veces entras en uno de esos caminos y te topas con una puerta corredera de garaje que se abre a otras calles que a su vez se bifurcan en nuevas calles: eso está lleno de guarderías’, me dice aludiendo al término que aquí se usa para los almacenes donde se guardan los alijos. En el cercano Sotogrande, donde todo es lujo y dinero, las guarderías son de cinco estrellas, con mansiones que cuentan con atraque en el jardín y donde las embarcaciones pueden llegar hasta el salón de las casas sin dejarse ver.

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Patrullando por el Zabal

El Zabal es lo más alejado de Sotogrande. Como la Atunara, como San Bernardo. El glamour brilla por su ausencia. Estos dos últimos son humildes barrios de pescadores llenos de callejuelas estrechas que pueden convertirse en trampas mortales. De hecho la Atunara es el barrio original de La Línea, el primer asentamiento de cuando la ciudad ni nombre tenía, una sucesión de casitas de pescadores levantada fuera del alcance de los cañones de los ingleses del peñón de Gibraltar, cuya figura se recorta al fondo, y al amparo del fuerte de Santa Bárbara, del que aún asoma alguna ruina. La configuración del barrio pone de los nervios a los agentes: callejuelas muy estrechas, en las que apenas cabe una persona, ‘si entras persiguiendo a un tipo puedes encontrarte con una pandilla custodiando un alijo, pistoleros apuntándote, grupos hostiles que te tiran de todo…’.

La patrulla de la policía se detiene ante una mansión con muros de piedras vistas con motivos hinduistas: ganesha a un lado, Vishnu al otro. ‘No digo que estos sean narcos pero este es el nivel de las casas que se ven por aquí: mucha ostentación, mucho lujo, mucho dinero’. Y hortera, añado yo. ‘Por eso decía lo de los viejos que se han dedicado al contrabando desde tiempos inmemoriales y ahora desconfían de los jóvenes porque saben que llamar la atención es contraproducente para el negocio’. Los grupos aquí se llaman collas, ‘cada una de ellas puede dar trabajo incluso a cuatrocientas personas, las más grandes, y no sabemos cuántas collas hay pero sí que son varias, de todos los tamaños’.

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…en mitad del estrecho…

Y de entre todas, la de los Castañitas es la más conocida. Conforman el más poderoso de los clanes del estrecho, capaces de tener en nómina a cientos de personas y de protagonizar escenas de película como la liberación de un narco del hospital de La Línea, donde lo custodiaba la policía tras detenerlo en una espectacular persecución por las calles de la ciudad: un grupo de encapuchados entró en las dependencias, neutralizó a los agentes y se llevó al narco, que había sufrido un accidente. Nadie sabe dónde se encuentra aunque lo que se comenta off the record es que lo embarcaron inmediatamente como paquete en una moto de agua y terminó ingresado en un hospital clandestino en Tetuán. Imaginar esa aventura con la mandíbula rota, algunas costillas machacadas y algún que otro hueso descolgado da una idea de la vida al límite en este ambiente.

Esto no quiere decir que el pueblo viva del narcotráfico‘, se apresta Álvaro, ‘porque la mayoría de los vecinos son trabajadores honrados’, ‘pero hay mucho dinero en juego, mucha gente implicada y al final lo infiltra todo’. En un barrio de pescadores humildes en tiempos de pesca escasa no son raros los BMWs, los Mercedes, los todoterrenos de potencia inaudita, aparcados ante las puertas de las casas. El entramado abarca cada vez más gente y por eso necesitan cada vez más dinero para repartir. Tienen las mejores motos de agua, las lanchas más veloces, los pilotos más habilidosos, los sistemas de comunicación más avanzados, los mejores ordenadores, las casas más caras. ‘No dejan de invertir en mejoras para estar siempre por delante de nosotros’.

La consigna ahora es introducir cuanto más hachís, mejor. ‘Es que pueden llegar diez embarcaciones a la vez’, dice Eusebio, ‘es de locos, y además intentan que no les quitemos ni un solo fardo’. En apenas tres meses ya les han intervenido casi treinta Land Cruisers, todos robados para dedicarlos al narcotráfico hasta que se los intervienen. Los narcos del Campo de Gibraltar peinan la comarca buscando vehículos que puedan servirles para alijar. Incluso vigilan hogares hasta encontrar el momento idóneo para entrar, desmontando cristaleras y puertas de seguridad si es preciso, y robar tan sólo las llaves del vehículo deseado y dejar el resto de pertenencias sin tocar. Durante 2017 recuperaron nada menos que 120 todoterrenos de alta gama sustraídos. ‘Mejor hacerlo con los coches de los demás que con los propios…’.

Volvemos a la comisaría. El patrullaje ha terminado. ‘Nos han estado siguiendo’, me dice Eusebio, ‘así es siempre’. Un coche se pierde al final de la calle. La figura de Gibraltar se recorta al fondo de la Atunara. Y más allá del Peñón se recorta, imponente, la figura del macizo rocoso del Rif, al otro lado del estrecho. Veo los tres componentes del problema alineados. Las montañas donde se produce el hachís, los bancos donde se blanquea el dinero del hachís, las playas donde desembarca el hachís. Me despido pero no sin hacer una última pregunta. ¿Creéis que una legalización solucionaría este embrollo? Los dos agentes me miran sorprendidos. ‘Claro que no’, me dicen, ‘es una droga, esa no es la solución, jamás’. Llueve. Hoy lo tendrán más difícil. Me refiero a los agentes. Las narcoembarcaciones no descansan, no se amilanan por las inclemencias meteorológicas, no les preocupa que sus equipos se estropeen con el agua, la velocidad o un trompazo. Esta noche volverán a desembarcar en las playas del Campo de Gibraltar…