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‘Hola, yo soy de Angola pero nací aquí, en San Basilio de Palenque’, se me presenta un señor cargado de colgantes de plata. ‘Pues yo soy de Guinea’, me dice una señora a su lado, ‘pero también nací aquí, en San Basilio de Palenque’. Los palenqueños tienen mucha guasa pero al tiempo no parece que bromeen con su origen. Este señor se considera angoleño al tiempo que colombiano y aquella señora guineana a la vez que colombiana. Y tal vez tengan razón del todo: llegar a Palenque tras una lluvia es tan difícil como viajar a Angola y una vez que alcanzas la plaza central del pueblo los vecinos son tan negros como los vecinos de cualquier pueblo de las Guineas. A pesar de estar a tan solo 60 kilómetros de Cartagena de Indias pareciera que se ha atravesado el océano. Además Palenque recibe al visitante con la llamativa estatua de un esclavo rompiendo sus cadenas. Y entonces ya no hay dudas.

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Estos vecinos colombianos guardan un respeto ceremonial por sus antepasados porque convirtieron un trozo de selva sudamericana en un trozo de selva africana y burlaron a los negreros españoles con una aldea irreductible que aún hoy resulta mítica. Los palenqueros de hoy no se diferencian mucho de sus belicosos ancestros aunque han mezclado las sangres de esclavos guineanos con las de esclavos angoleños y con los de esclavos mozambiqueños. Hoy, insisto, es fiesta y los palenqueros beben ñeque, una bebida de los indígenas zenú a medio camino entre el aguardiente fermentado y el ron que te tumba en unos tragos. El señor que se declara angoleño me recuerda de corrido los personajes legendarios del pueblo: ‘Evaristo Márquez, el primer gran actor colombiano era negro’, dice el señor mientras se desata una carcajada a su alrededor, ‘y Kid Pambelé, dos veces campeón mundial de boxeo, o el gran Rafael Cassiani Cassiani, uno de los maestros de la canción colombiana’, dice otro señor a su lado. Los nombres volverán a salir en un rato, cuando el presentador del evento de la noche, el festival internacional de tambores de Palenque, los repita con un tono de orgullo local. Pero si hay un personaje cuyo nombre retumba con fuerza no es el del boxeador ni el del primer actor negro. Su nombre es Bioho y vivió en los inicios de esta aldea hace más de cuatrocientos años.

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Aún no había acabado el siglo XVII cuando Domingo Bioho dirigió una fuga que habría de crear la primera población cimarrona de América. Faltaban aún doscientos cinco años para que Haití, el primer país negro del mundo, declarara su independencia, y doscientos once para que Colombia fuera una nación. Domingo Bioho dejó atrás, en su huida, la esclavitud que le trajo en cadenas desde su tierra natal, la actual Guinea Bissau, y también ese nombre que no le decía nada: Domingo. Y volvió a ser Benkos, Benkos Bioho, el rey del arcabuco, el emperador de los esclavos huidos. Su dueño, un esclavista llamado Juan Gómez, partió en su búsqueda fuertemente armado y rodeado de esbirros pero el encuentro con los esclavos fue devastador: los cimarrones lo mataron. Bioho y sus treinta hombres y mujeres continuaron su huida hacia el interior hasta encontrar un emplazamiento que les agradó: levantaron empalizadas, al estilo africano (eso significa Palenque), y lo declararon zona liberada.

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El reino de Bioho derrotó a los hombres que regularmente enviaba la corona española asentada en Cartagena de Indias y además se permitió el gustazo de atacar las poblaciones que los españoles fundaban por los alrededores. Asaltaban rebaños de ganado, arrasaban plantaciones, incluso emprendieron campañas contra asentamientos de cierta entidad, como Tenerife, Tolú, Mompós y la misma Cartagena de Indias. Y por supuesto liberaban esclavos cada vez que tenían la oportunidad. Además, su fama se extendió entre los esclavos hasta tal punto que los que lograban huir de los negreros intentaban por todos los medios llegar a la tierra prometida y unirse a los rebeldes. Los palenques se multiplicaban por la región: Matudere, Arenal y Betancur. La situación se complicó tanto que el gobernador de Cartagena, Gerónimo de Suazo, les ofreció el 18 de julio de 1605 un tratado de paz, que no se concretó hasta 1613. A partir de ahí, la corona española reconoció la autonomía del palenque de la Matuna, como se llamó San Basilio en un principio, y los cimarrones podrían incluso entrar libremente en la ciudad de Cartagena siempre que no estimularan nuevas fugas de esclavos y que Benkos no usase el título de rey. Eso sí, Bioho podía vestir como caballero, según fray Pedro Simón, quien lo describe de un modo un tanto estrafalario. En 1619 el nuevo gobernador de Cartagena, García Girón, lo atrapó y dos años después ordenó ahorcarlo y descuartizarlo para que su ejemplo se viera igualmente descuartizado. El palenque, mientras tanto, siguió viviendo una existencia africana y libre, con más de seiscientos habitantes, y en 1713 un decreto real del rey de España lo declara primer pueblo libre de América (casi un siglo antes que Haití, el primer país negro independiente del planeta).

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En 2005 palenque de San Basilio fue declarado por la UNESCO Obra Maestra del Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad. Hoy es un símbolo de la abolición de la esclavitud, de la diversidad étnica de la región caribe colombiana y de la convivencia. Pero sobre todo es símbolo del empeño de un puñado de supervivientes de mantener contra viento y marea sus costumbres y su lengua, así sea distorsionada por el paso del tiempo y mezclada con la lengua de sus verdugos y negreros. Y ese es el punto fundamental por el que la UNESCO se decidió por este villorrio… Y así lo canta su tradición: ‘Palenge jué fundáo, fundáo pu Benko Biojó. E eklabo a liberá atá ke yegó a famoso’… O dicho en castellano: Palenque fue fundado por Benko Biojo y el esclavo se liberó y llegó a ser famoso….

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Como diría el gran Ismael Rivera: las caras lindas de mi gente negra

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Por eso el ambiente que veo es de aldea africana con música de tambores, alguna reminiscencia a reggaeton, y barro, mucho barro por todas partes. Porque San Basilio de Palenque es historia viva, patrimonio de la Humanidad y un emblema nacional. Pero la carretera es cuartomundista, con las lluvias se convierte en un barrizal intransitable, las calles respiran abandono y pobreza y la fiesta internacional atrae, mayoritariamente, hippies carrileros de medio mundo. ‘Yo soy de Extremadura’, me dice uno que pretende colarse en cada foto, la mirada extraviada, barro en la barba. Ante la iglesia de la localidad un conjunto de tiendas de campaña sirve de base para esta juventud descarriada. Supongo que el cura querrá tenerlos cerca para combatir el pecado con celeridad y eficacia. Hay mucho mochilero extranjero, muchos pies descalzos negros del barro, mucho ñeque y mucho baile frenético. En el escenario, grupos locales, un cantante de vallenato, coros de bailarinas de ébano. A mi alrededor, los descendientes directos de Bioho y los suyos. Si la plaza rezuma sudor de bailarines esquizofrenicos, las callecillas que desembocan en ella rezuman olor a fritanga de papas rellenas de carne, alcohol derramado en charcos, pandillas de adolescentes y bachata. Un charlatán despliega una ruleta que mezcla lotería con cartas infantiles y, ¡¡claro!!, ¡¡sólo acuden niños!! El charlatán no parece muy de acuerdo con su clientela pero tuerce el gesto y rueda la bolita. El ambiente es de pueblo, pero de pueblo africano, y reconozco que disfruto entre tantas negritudes.

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Esta gente habla el palenquero, un lenguaje criollo mezcla de español y bantú con base léxica en el castellano y características morfosintácticas africanas. Es decir: una mezcla en la que predomina el castellano porque es el nexo común a unos esclavos provenientes de diferentes enclaves y el bantú porque era una suerte de lengua franca en África. Y por eso mismo me recuerda al idioma que tuve la oportunidad de oír al sur de las Filipinas y que sus vecinos llaman chabacano. Sea como sea, es el único criollo de base léxica española y su equilibrio resulta sumamente delicado porque todo depende de los casi cuatro mil individuos que habitan la ciudad. De hecho ha aguantado bastante bien los años del conflicto colombiano, a pesar de estar ubicado prácticamente en los Montes de María, una de las zonas más complicadas y de mayores enfrentamientos entre paramilitares y guerrillas. Y ese era el principal temor de los admiradores de este fósil de la historia: que un enfrentamiento entre los diferentes actores del conflicto o una masacre paramilitar generara un desplazamiento masivo que diluyera el tesoro guardado durante tantos siglos. En 2001, sin ir más lejos, cuatro jóvenes cayeron acribillados a balazos en los billares de la plaza central, esta misma en la que ahora suenan tambores y bailan jóvenes embadurnados de barro. La cosa es que, salvando este crimen colectivo, el conflicto respetó tan singular pueblo durante los sesenta años de guerra y apenas alteró la vida diaria aparte de recibir algunos vecinos de veredas cercanas desplazados por sabe Dios quién.

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Salgo de Palenque de San Basilio de noche, esquivando charcos de barro y lodo encharcado en hoyos, perros que aparecen tras cada árbol y todoterrenos de cartageneros que se han acercado al festival. Detrás quedan los palenqueparlantes, el barro y los descendientes de Bioho. Cuatrocientos años resistiendo contra el mundo, establecidos a la fuerza en un continente del que no tenían ni idea y aún así lo suficientemente decididos para levantar un minipaís enfrentado a la mayor potencia del momento. Tal vez les ayudara aprenderse el Padrenuestro… en palenqueño….:

Tatá sutu lo ke ta riba sielo,

santifikaro sendá nombre si,

miní a reino sí,

asé ño boluntá sí,

aí tiela kumo a sielo.

Nda suto agué pan ri to ma ría,

peddona ma fata suto,

asina kumo suto a se peddoná,

lo ke se fatá suto.

Nu rejá sujo kaí andí tentación nu,

librá suto ri má. Amén.

 

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