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Yaya menciona casi sin querer la historia de Omm Seti. ‘Era una visionaria’, me dice mientras trata de bajar a un niño atrapado en un escalón de la pirámide de Kefrén. Asiento con indiferencia porque no sé de qué me habla pero capta mi desinterés y lo azuza con gasolina. ‘Ya sabe, la inglesa que fue sacerdotisa del faraón Seti hace cuatro mil años…’. ¿Una inglesa sacerdotisa de un faraón? ¡Pero qué dice este hombre! ‘Busque, busque usted’, me reta, ‘y verá que los espíritus de los faraones siguen presente hoy día’. Y busco entonces a la tal Umm Seti para encontrarme a una inglesa con cara de pilla que nació en un suburbio de Londres como Dorothy Eady y murió al sur de Egipto convertida en una sacerdotisa de Osiris que desenterraba restos arqueológicos gracias a sus recuerdos de cuando tuvo amores con el faraón Seti. Admirable, como poco, que esa anciana que se asoma a las fotografías con una mezcla de timidez y desvergüenza tuviera recuerdos de la dinastía XIX, en el año 1300 antes de Cristo, que asegurara tener amoríos con el hijo del famoso Ramses I y que entre los propios egipcios se considere una visionaria de leyenda.

La sala del antiguo Egipto que volvió loca a la pequeña Dorothy

Cuando la pequeña Dorothy sufrió un accidente doméstico allá por el año 1904 el médico dijo que no llegaría viva a la noche. Tan grave el golpe había sido. Inconsciente, declarada médicamente muerta, la llevaron en volandas a la cama de sus padres. Al caer la noche, la pequeña Dorothy, a la sazón de tres años, subía y bajaba la escalera con el nerviosismo propio de los niños y sin atisbo alguno de dejar este mundo. Eso sí: algo había cambiado en la pequeña Dorothy. A raíz del golpe aseguraba a sus padres que había vivido antes, en otro lugar, no sabía decir cuál, aunque describía un extraño edificio con muchas columnas, jardines exuberantes, árboles frutales. Nada más alejado de su entorno, a las afueras del sur de Londres, en un suburbio llamado Blackhearth. Y al cumplir los cuatro años los padres de Dorothy le regalaron una visita al Museo Británico. La visita, que se adivinaba aburrida para la pequeña, adquirió ribetes de tragicomedia cuando entró en la sala del antiguo Egipto.

Dorothy corría excitada, saltaba como loca, se acercaba a las estatuas de los antiguos faraones, se arrodillaba, besaba los pies de piedra, una sonrisa le iluminaba el rostro. Para desconcierto de sus padres, Dorothy decía ser una habitante del antiguo Egipto. Había reconocido el templo de Osiris en la ciudad de Abydos, a su cerebro llegaban imágenes de épocas remotas, hablaba de jardines, de templos y de ritos extraños. A partir de ahí sus padres debieron de flipar un montón: decía que se le aparecía una figura envuelta en una luz azul, que un confidente llamado Hor-Ra le reveló su auténtica identidad: Bentreshyt, hija de un militar y de una vendedora de frutas, y recordó entonces cuando fue una sacerdotisa enamorada del Faraón Seti I que debió de suicidarse a los 19 años porque rompió su voto de castidad al quedarse embarazada. Su historia, sea cierta o no, es mucho más conocida de lo que yo pensaba. Yaya tenía razón y la historia de Omm Seti me recuerda a otra que ya me inquietó de niño, la de Edgar Cayce

A partir de ahí, sus desconcertados padres no pusieron impedimento para que la pequeña se dedicara a lo que debieron pensar no era más que una majadería infantil. Pero no. Dorothy aprendió a leer los jeroglíficos de manos de uno de los más refutados egiptólogos de la historia, Ernst Wallis Budge, famoso entre otras muchas cosas por haber traducido el Libro de los Muertos. Dorothy evidentemente estudió egiptología y se especializó en las épocas de los faraones. Por si hubiera dudas de su supuesta otra vida Dorothy se casó con un egipcio que había conocido en Londres, se embarcó hacia Egipto y al llegar besó el suelo exclamando que por fin había vuelto a casa. Como remate a este inicio de su tercera vida tuvo un hijo al que llamó Seti, en honor a su amado Seti I: de la sacerdotisa de nombre imposible a la pequeña Dorothy a la madre de Seti, Omm Seti para sus vecinos. Y para la historia.

Todo lo anterior podría haber sido el delirio de una personalidad singular complicada con un fuerte golpe en el occipital. Pero la ya no tan pequeña Dorothy, a la que ahora todos llamaban Omm Seti, pasó años en la meseta de las pirámides participando en excavaciones con indicaciones que dejaban atónitos a los arqueólogos. Cuando se sintió lo suficientemente preparada, viajó al sur. A la ciudad de Abydos, de donde decía proceder. Allí vivió sola, separada de su marido, olvidada por su hijo, entregada en cuerpo y alma al culto a Osiris. En las excavaciones de Abydos fue capaz de localizar el jardín adjunto al antiguo templo de Seti I (que mantenía el aspecto dibujado por ella), el túnel que pasaba por debajo del templo y, todavía por confirmar, afirmaba que bajo el templo de Seti I se halla una bóveda secreta con una biblioteca de registros históricos y religiosos.

Umm Seti también decía que la esfinge de Giza no tiene la edad que le atribuyen los arqueólogos sino mucho más y que no representa al rey Kefrén, como se acepta unánimemente, sino a Horus, el antiguo dios egipcio. Umm Seti llegó precedida por su propia fama y el inspector jefe del departamento de Antigüedades de Abydos quiso ponerla a prueba. Si es usted quien dice ser podrá identificar ciertas pinturas a oscuras. Claro, dijo la jovial Dorothy, y llevada a tientas hizo memoria y describió las pinturas sin problema alguno. Los desconfiados expertos se miraron asombrados: las pinturas no habían sido publicadas en revista alguna y ella además recalcó ciertos aspectos que habían pasado desapercibidos.

Su fama traspasó entonces fronteras y los aficionados a los fenómenos extraños y a la egiptología viajaban al sur de Egipto sólo para verla, su extraña historia dio pie a documentales y libros, . Leía los papiros más indescifrables con suma facilidad, recordaba ritos religiosos que luego se revelaron ciertos, sus indicaciones fueron determinantes para encontrar la tumba KV63 con cadáveres de mujeres de la dinastía XVIII. Durante años estuvo dedicada a reconstruir los dos mil bloques de relieves que permanecían desparramados alrededor del antiguo templo. Por si el delirio no fuera mucho, Dorothy Eady, o Umm Seti, pasó años preparando su funeral y aseguraba que mantenía largas conversaciones con Seti I, además de ciertos roces carnales. También decía que charlaban sobre la Atlántida, sobre civilizaciones antiguas, sobre los tiempos en los que el Mediterráneo no era un mar. Dorothy falleció en 1981 y su tumba no fue como la había planeado: por ser extranjera y cristiana, al menos sobre el papel, las autoridades le dieron sepultura en las inmediaciones del cementerio copto de la localidad, en una tumba sin nombre.