Este post se ha leíd4884veces

DSC_8495-imp

‘¿Nuevo Milenio? Ni se le ocurra acercarse’. La advertencia resuena tétrica en la recepción de mi hotel de Tumaco. Sobre todo porque en Bogotá alguien me advirtió sobre esta ciudad. ‘¿Tumaco? Ni se le ocurra acercarse’. Esa sensación de acercarme al lugar menos recomendable de la ciudad menos recomendable. El mototaxista, casualmente un vecino del barrio llamado Miguel, me observa de arriba abajo cuando le digo el destino. ‘Le dejaré en la entrada’, me advierte él también. ¡¡Advertencias por doquier!! ‘El barrio no sale ni en los mapas’, me cuenta, ‘pero el principio de la calle no es tan peligroso’. Así que me dejará allí, me dice, justo donde tengo una cita con un sacerdote italiano que vive precisamente en este barrio. El de peor fama de la ciudad. Y eso que justo enfrente están los barrios de Buenos Aires y El Carmelo, de triste fama: ‘si los habitantes de uno de estos barrios visitaba a familiares del otro lado, los mataban’, dice incrementando mi pesar, ‘pero esos tiempos ya pasaron…’. El mototaxista me ameniza el trayecto, tal vez pensando que traslada a un desahuciado.

DSC_8492-imp

DSC_8474-imp

‘Me encanta componer música’, me dice Miguel mientras canturrea un vallenato de producción propia cargado de frases amorosas y muy amorosas, ‘yo quería estudiar música pero me enamoré y ahora vivo en esta ciudad y en este barrio’, me confiesa mientras sus lágrimas de mototaxista sin casco saltan a mi cabeza de cliente sin casco. ‘Aquí no hay cascos porque los sicarios confundían a las víctimas y mataban al que no era’, cuenta como el que no quiere la cosa, ‘así que no nos ponemos el casco para seguir vivos…’. Cruzo el puente del Pindo, el que une definitivamente al continente la sucesión de islas que es Tumaco, como el reo cruza el patio para subir al cadalso. Un campo del ejército, militares con metralleta, mujeres cargadas de bolsas por los andenes desbocados de vegetación tropical. ‘Esto es Nuevo Milenio’, me dice el mototaxista mientras me observa con una mezcla de guasa y compasión. ‘¿Sabe al menos dónde va?’, me pregunta y abre muchos los ojos cuando le comento que a ver al padre Miguel. ‘Entonces no hay nada que temer’. Me relajo y oteo el horizonte deseoso de ver ese barrio con tan mala fama del que todos hablan. ‘El padre Miguel vive ahí arriba’, me señala la segunda planta de una cochambrosa vivienda de madera. Y el padre Miguel, al que conocí la noche antes, asoma su cabeza curioso.

www.losmundosdehachero.com

El padre Miguel en los palafitos de Nuevo Milenio

DSC_8481-imp

El padre Miguel nació en Lecce, en Italia, pero su acento se ha colombianizado hasta quedar en un español cantarín de origen difícilmente localizable. Su hogar es básico, o muy básico, y sus ventanas abiertas, o muy abiertas. ‘Antes era peor’, me confiesa sentado en una mesa con plástico de hule. ‘Antes vivía allí abajo y los mosquitos nos torturaban todo el día’. No es poca cosa que los mosquitos del barrio de Nuevo Milenio te torturen porque esto no es un barrio: es un manglar al que han arrancado los árboles de cuajo y colocado cuatro maderos para darle apariencia de barrio. ‘Tenga en cuenta que pasé tres años en Uganda’, cuenta serio, ‘y allí enfermé gravemente de malaria así que debo de haber desarrollado algún tipo de resistencia porque aquí solo he enfermado de dengue’. Pobre consuelo, pienso mientras vigilo la ventana abierta y el paso fugaz de algún zancudo. ‘Pero aquí estoy más tranquilo porque al vivir en una segunda planta los mosquitos no entran con tanta facilidad porque en esta parte corre mucha brisa’. ¿Y qué hace un italiano en el barrio con peor fama de una de las ciudades con peor fama de Colombia? ‘Después de tres años en Uganda quería algo más’, cuenta, ‘y pedí que me enviaran a algún lugar poco recomendable’. Y supongo que Nuevo Milenio colma sus aspiraciones: un barrio de chabolas construidas a toda prisa sobre un terreno inundable lleno de mosquitos de malaria en el que habitan desplazados por la violencia, guerrilleros de incógnito, sicarios de tapadillo y por el que deambulan bandas de narcotraficantes buscando carne de cañón entre sus muchos adolescentes aburridos.

DSC_8516-imp

DSC_8490-imp

Nuevo Milenio es un barrio de palafitos, como decía, tiene una avenida principal asfaltada y un edificio de una sola planta nuevo y limpio llamado Centro Afro porque prácticamente la totalidad de los vecinos son negros. O afroamericanos. Todo lo demás es agua y madera, calles de barro, polvo. ‘Curiosamente tanto la avenida como el Centro Afro son el resultado del empeño del madrileño padre José Luis y del padre Franco. A José Luis ya lo conocí: vino de Madrid y es el alma de Tumaco. A Franco no lo llego a conocer: se aburrió de la humedad y ahora vive en Soacha, junto a Bogotá, un municipio tristemente célebre por sus madres luchadoras de los Falsos Positivos. El Padre Miguel cierra la puerta del Centro Afro porque ‘hay muchos gamberros que vienen a tirar piedras y robar las cruces: no sé qué harán con ellas…’. A la bahía de Tumaco (??) se abre la primera hilera de palafitos que parece flotar sobre un caldo de malaria, dengue, tifus y cólera. ‘Paseemos, no hay nada que temer’, me dice mientras apura su taza de café negro. Y nos damos un garbeo por el principio del barrio, el que se asoma a la bahía. ‘Cuidado no se vaya a caer’, me advierte mientras nos adentramos por una precaria pasarela de madera tambaleante, ‘abajo hay de todo’. Efectivamente, veo electrodomésticos oxidados, basura de colores, plásticos, barro hediondo, barquichuelas. ‘Y aguas negras’, completa, ‘aquí no hay agua corriente ni letrinas así que todo va a parar ahí’. La caída no parece tan grave pero hacerlo sobre una letrina a cielo abierto no parece lo más atractivo. ‘La altura es la suficiente para una desgracia: ya se han matado varios, es fácil caer sobre vidrios o maderas puntiagudas.

DSC_8476-imp

www.losmundosdehachero.com

En este barrio no hay ni un solo grifo porque no hay agua corriente y las letrinas son ese fondo parduzco, mezcla de basuras, excrementos y barro

DSC_8502-imp

Es el recurso más fácil para una población formada sobre todo por desplazados de la guerra, negros casi todos (por no decir todos): tomar tierras y construirse una casa de madera. Pero eso es así en otra parte. Aquí no. Aquí no se toman tierras sino que se toma el mar. Se talan los manglares y se construyen las casas que parecen sobrevolar la ciudad. Los puentes que unen unas viviendas con otras y con tierra firme son extremadamente frágiles, hechos de madera que parece podrida o de endebles cañas. El desempleo en este barrio no tiene ni estadística porque nadie se preocupa en hacerla. Son doce mil habitantes y no hay centro de salud, me dice el padre Miguel. ‘Claro que en Tumaco hay dos’, dice, ‘pero ninguno funciona’ El desempleo es insultante. Tanto que lo más fácil es trabajar para algún grupo de narcotraficantes. ‘Sobre todo ahora que parece que la guerrilla se desvincula del conflicto armado’.

DSC_8497-imp

DSC_8503-imp

DSC_8491-imp

La situación es de violencia contenida. Ahora no se matan pero están a la que salta. ‘Dos muchachos fueron a un señor que tiene una tiendecita y le pidieron dinero o lo mataban’. Afortunadamente le dieron unos días y el hombre pidió ayuda al padre Miguel, quien a su vez fue a los padres de los muchachos para que pusieran orden. ‘Los padres no sabían nada, la suerte es que los conozco hace tiempo, yo creo que es producto de la edad y el aburrimiento’. Las mujeres se dedican a ‘conchear’, o recoger conchas para venderlas, y los hombres deambulan inmersos en una economía de subsistencia: venden pescado a pie de calle o productos básicos desde la ventana abierta de sus casas. ‘Aquí hay un aserradero’, me cuenta Miguel, ‘y gracias a Dios conseguimos que contrataran a unos muchachos para darles una vida mejor’. Los aserraderos de la zona no sólo dan trabajo con las maderas que mandan a Pasto o a Cali: el serrín y los restos se usan también para rellenar los caminos de un barrio que, recordemos, antes era agua. Los tiempos turbulentos de antaño aún merodean: en los tiempos más violentos Tumaco recogía 360 asesinatos al año, casi uno al día, aunque ni las estadísticas las recogían por lo que Ciudad Juárez, con 229 muertos al año, se llevaban el dudoso trofeo. Aquí el paso de un misionero comboniano por Nuevo Milenio.

DSC_8484-imp

DSC_8509-imp

Al final de la primera pasarela el palafito tiene una hermosa vista. Pegado en su pared de madera desgastada una palabra: PAZ. El techo raído, el suelo agujereado, todo tiembla a mi paso. A las puertas de una casa un grupito de niños estudia, se peinan, ríen. Cuando ven al padre Miguel se ponen en pie y lo rodean amigables. La ventana abierta del hogar me permite ver el interior. Un enorme equipo de música es el responsable del traqueteo que siento en los pies. El equipo estéreo parece sacado de una nave espacial y no acompaña en nada al resto del mobiliario. La música de moda es brasileña. Lizzete sale de su casa rodeada de niñas que se peinan divertidas pero que abandonan sus peines al vernos llegar. ‘Yo vivía en Tablón Salado’, me dice, ‘pero la guerrilla mató a mi padre y tuvimos que abandonar nuestra casa’. Más allá un niño arrastra dos garrafas con agua, unos bidones negros con el sello del gobierno esperan en un rincón del camino, una mujer me mira distraída desde su porche. ‘Hay mucha pobreza, no hace falta decirlo’, me cuenta Miguel.

DSC_8525-imp

DSC_8529-imp

La desmovilización de las FARC ha sentado bien al barrio ‘porque ya no hay esa tensión de antes’ pero ahora está por ver qué ocurrirá con las bandas de narcotraficantes. Dicen que el 80% ?? de la cocaína colombiana embarca en Tumaco, que hay mexicanos vigilando la salud de sus negocios, que los chicos de estos barrios son la reserva de mano de obra para los negocios turbios y los crímenes. ‘En cierta ocasión navegaba hacia una vereda del interior en una de esas canoas que usan aquí como transporte colectivo cuando oímos disparos procedentes de una de las orillas, y luego más disparos procedentes de la otra, y la balacera se incrementó hasta sentir que las balas nos pasaban muy cerca: ahí sentí la muerte’, me confiesa el padre Miguel. ‘Yo creo que los que disparaban más cerca eran los del ejército…’

DSC_8470-imp

DSC_8488-imp

DSC_8514-imp

La tierra firme es aún más inquietante. ‘Mejor no ir por allá’, señala Miguel mientras cambiamos de rumbo por una calle de tierra compacta. A las puertas de una casa una señora se mece en una silla colocada sobre un parterre de conchas. Esta señora es, pues, una concheadora. ‘Si quiere le muestro las conchas’, me dice. Más allá unos adolescentes juegan a tirar monedas a un agujerito excavado en el duro suelo. ‘Pruebe’, me piden, pruebo con triste resultdo.

DSC_8522-imp

DSC_8521-imp

De otra casa sale un hombre muy sonriente, cargado de camisetas rojas. ‘Son del equipo de fútbol del barrio’, me dice, ‘yo soy Juancho Secundo Escobar, el entrenador’. Juancho se queja entonces de que no tiene agua corriente, que tiene tres niños y sólo consigue abastecerse cuando se inunda el barrio y el líquido entra por un tubito que ha dispuesto a las puertas de su hogar. Pero ese agua debe ser muy insalubre, le digo. ‘Pero es agua, hermano’, me dice, ‘al menos podemos lavar los platos’. Miro alrededor y solo veo basura y barro y trato de imaginarlo inundado: siento un escalofrío. ‘Yo vivía en otra zona cerca de la ciudad pero era líder civil y los Rastrojos me amenazaron de muerte’. Los Rastrojos es una lúgubre organización de paramilitares narcotraficantes que asesinan con un desparpajo horripilante. ‘Ahora entreno a los muchachos del barrio en el equipo de fútbol local’, comenta mientras carga una pila de camisetas rojas, ‘así al menos pasan un rato fuera del ambiente de drogas y de violencia y quién sabe, tal vez alguno evite esa vida’.

www.losmundosdehachero.com

Juancho Secundo Escobar junto al tubo del que toma agua cuando este basurero se inunda (el tubo está junto a su pie y es tan pequeño que apenas se ve…)

DSC_8535-imp

Llego al final de Nuevo Milenio con la impresión de que la pobreza es insultante pero la violencia está contenida ante el fin del conflicto. Y entonces, mientras el padre Miguel charla con una señorita a las puertas de su hogar, otro muchacho se me acerca confiado. ‘¿De dónde es usted?’, me pregunta, y al momento me responde. ‘En esta zona hay mucha cocaína, yo sé cómo hacerla, y tengo un amigo que ha viajado a España a matar gente por encargo’. Sabe Dios, me digo, tal vez esté de broma, tal vez tenga razón. Hacer cocaína no es tan difícil: hasta yo la he hecho. Ir a matar a alguien a España es más complicado…

DSC_8489-imp