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Hace diez años nació en Mogadishu una niña tan deseada que sus papis la llamaron Happy. Sería todo felicidad, la bendición de la casa, la alegría de la familia. Nadie lo sospechaba entonces pero Happy tendría la vida más difícil del mundo y sus padres recordarían ese momento de felicidad como el último de sus vidas. Happy nació con parálisis cerebral, los combates se recrudecieron en Mogadishu, y en Somalia en general, la familia abandonó su ciudad, vagó hacia el norte para terminar instalada en un miserable erial junto a otros somalíes igualmente asustados. Su nuevo hogar es una casa construida con una base de plástico y cartón y decorada profusamente con trozos de ropa vieja. Un gran pantalón rajado preside la entrada.

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Aunque eso a Happy no le importa porque, recuerden: tiene parálisis cerebral y no se fija en esas cosas. Tampoco en la letrina general e improvisada que está casi justo detrás de su casa y la inunda de efluvios nauseabundos. Ni siquiera se fija, que nosotros sepamos, en la significativa ausencia de su padre, Ahmed, que hace meses no aparece. Por eso su madre se agarra a la pequeña Happy con todas sus fuerzas. Porque su padre no está. Ni va a volver. El erial que les da cobijo es también pasto de las hienas y la última vez que entró una devoró al bueno de Ahmed. ¡Cómo puede cambiar la vida en una década! ¡De la deseada Happy a la olvidada Happy sólo hay diez años! Su mamá me mira de arriba abajo. ¿Qué más puede pasarle?, me dicen sus ojos desde la entrada de su miserable hogar. Suda. Su rostro se perla de gotitas brillantes. Sudo. El sol aprieta y aún no hemos llegado al mediodía. El campamento es enorme, las calles a cuyos flancos se alinean tiendas que parecen coloridos iglús se extienden hasta los límites de la ciudad, el paisaje mezcla lo desolador con lo deprimente a partes iguales.

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De pronto una mujer me enseña sus brazos: están cubiertos de cicatrices. ‘Me acribillaron en Mogadishu, en plena calle’, dice sonriente, sus brazos gruesos y flácidos moteados de agujeros. Happy deja caer un hilo de baba sobre su madre, que la limpia paciente, los niños saltan ante el faranghi (extranjero), sube la temperatura. ‘Este es el peor campo de los que conozco’, me cuenta Mohamed Kamaso, ‘llevan aquí siete años en estas condiciones y nadie se ocupa de ellos’. ¿Nadie se ocupa de ellos? ¡¡Nadie!! Fahra se me presenta como el representante del campo. Tiene 71 años y vive en la mayor de las indigencias. ‘Apenas bebemos agua porque no tenemos’, me dice, ‘nadie nos da nada, ni organizaciones humanitarias, ni el gobierno… ¡nadie!’ ¿Y cómo consiguen el agua, por ejemplo? ‘Tenemos que comprarla’, me cuenta Fahrar, agarrado a su bastón, ‘dos dólares cuesta llenar esa cisterna’.

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Fahrar se empeña en mostrarme el interior de los miserables refugios. ‘Aquí moriré’, me confiesa, ‘porque, ¿quién puede permitirse volver a Mogadishu con toda esa guerra?’ Y su bastón abre una de las miserables tiendas en las que apenas cabe una persona. ‘Aquí vive esta mujer con sus cuatro hijos’, señala a una señora gruesa tocada de azul. ‘Mi nombre es Haweiya Haibe Chamak’, me deletrea mientras vigila que no se me escape una letra en el cuaderno. ‘Tengo cuatro niños, mi marido desapareció, vivimos todos aquí dentro y necesito diálisis porque no me funcionan los riñones’. Saca entonces un carpeta con documentación y me enseña una amplia carta en árabe. ‘Aquí lo dice: necesito diálisis’. Entro en su tienda y me avergüenzo de no caber por la puerta. ¿Aquí duermen cinco personas? Haweiya, por cuestiones metabólicas, es gruesa, muy gruesa: ¿cómo hace para entrar? ‘Tengo un callo en el brazo porque siempre me rozo con la punta de una caña en el mismo sitio’, me muestra una herida que parece un altorrelieve. ‘Si quito la caña, se cae la estructura’, se justifica con sonrojo.

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Los niños se acercan y ríen a mandíbula abierta. No deja de ser divertido, imagino, ver a uno de esos blancos opulentos encorvado en lo que es tu miserable casa. ¿Y cómo se distribuyen? Los niños se juntan mucho y zigazguean sus cuerpos: se adaptan al espacio y duermen como anguilas. ¿Y la madre? Haweiya se ríe y mira al cielo. Los niños se aburren del extranjero y salen a jugar. ¡Cómo estar triste y deprimido si en tu corta vida solo has conocido esta miseria! ¡Este es tu barrio y esa casa es tu hogar!

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Los primeros refugiados provenientes de Mogadishu llegaron en 2010, apenas un año después de la penúltima guerra en Somalia. Por aquel entonces Etiopía procedía a retirar su ejército, inmerso en el territorio vecino para evitar que la Unión de Tribunales Islámicos instaurase la sharía más radical. Pero el despliegue etíope y la entrada de la Unión Africana fue peor de lo esperado. El sur del país terminó en manos islamistas radicales que en mayo de 2009 atacaron Mogadishu para hacerse con gran parte de la ciudad, aunque sin poder controlar la zona donde el gobierno residía. La guerra total fue calificada como de ‘genocidio’ por parte del entonces secretario general de la ONU, Boutros Boutros Ghali, y los civiles huyeron en todas direcciones de un conflicto que aún causa cientos de muertos.

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Muchos fueron a Kenia, otros al sur de Etiopía. Muchos más se dispersaron por el interior de Somalia. Estos, por ejemplo. Y encontraron refugio en Somalilandia, un país que no existe pero en el que los radicales extremistas no pueden poner sus zarpas porque los somalilandeses los exterminarían sin piedad. ‘Aquí no esos no entran’, me dice rotundo Mohamed. Claro que, como no existe, el país tampoco puede desviar parte de su presupuesto nacional a gentes necesitadas porque los servicios básicos de un país, por incipiente que sea, se lo llevan todo. Un soldado cobra cien dólares y por ocho dólares al día se alquilan para acompañar extranjeros que quieran viajar por el interior del país. ¡Por ocho dólares al día tienes un soldado armado a tu disposición! ¿Con que dinero alimentar a estos pobres desgraciados que huyen de la guerra?

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Las tiendas se alinean hasta el horizonte, a su manera coloristas, miserables, distribuidas con criterio para dejar espacio a una suerte de avenida principal por la que aparece, de cuando en cuando, un autobús colectivo. Calles por las que deambulan figuras fantasmagóricas embozadas para evitar el sol. Parece irreal, uno de esos pueblos de la Guerra de las Galaxias habitados por pequeños seres. Pero no, no están en ninguna galaxia perdida. Después de un rato caminando veo el primer verde que no es ropa despiezada: un cactus polvoriento que ha atrapado varias bolsas de basura. No hay más verde, ni una brizna de la hierba más raquítica. El sol lo abrasa todo pero dentro de las tiendas, entre caras largas, deprimidas y enfermas, al menos puedes protegerte del calor.

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Los primeros refugiados del campo se remontan al 2010 pero luego, en sucesivas oleadas, aparecieron otros grupos de somalíes aterrorizados que huían de la guerra y la anarquía. ‘Y de Al Shabaab’, recalca Fahrar, siempre agarrado a su bastón. Hoy son ya mil familias las instaladas en Nasoo Xablode, un desagradable y pedregoso erial en el barrio de Shiraaqle, al norte de Hargeisa, la capital de Somalilandia. Un lugar como otro cualquiera en este país que nadie reconoce pero que, al menos, les da seguridad. Siempre que no entre una hiena y se coma a tu padre, claro. ¡Qué más da que no haya agua corriente, ni luz, que nadie les pregunte si necesitan algo, que no se acerque jamás un médico! ‘La gente está desesperada porque no sabemos qué hacer y no podemos volver a Somalia’, me insiste Fahrar mientras abre puertas de trapo con la punta de su bastón.

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‘¡Esto está repleto de gente con problemas de salud!’, grita mientras rompe la intimidad de una señora tumbada en un camastro. ‘Esta mujer se llama Marian Hassan Youssuf’, me cuenta mientras observa atento que no me deje un nombre atrás en el cuaderno, ‘y lleva años sin salir de la tienda porque no puede caminar’. Y la mujer me observa desde la penumbra de su tienda-refugio-tumba en vida. Hace un calor pastoso aunque el interior no está tan caliente como sospechaba. La mezcla de plásticos, cartones y ropa parece amortiguar el terrible sol. Aún así, el reducido espacio no invita a la relajación. ‘Siete años ya así’, murmulla la mujer y me muestra siete dedos, por si no la he entendido. ‘Hay muchos discapacitados, huérfanos, enfermos, y no dejan de venir’, me traduce Mohamed, ‘porque la zona de Mogadishu es terrible’. ‘Tampoco hay escuela’, interviene otro Mohamed, este un chaval de apenas quince años vestido con la segunda equipación del Manchester City. Lo suponía, pienso mientras observo el campo de refugiados más deprimente que haya visto nunca. Si ni siquiera hay agua, ¡cómo iba a haber un colegio! Mohamed sonríe pero sólo puedo ver sus dientes. El sol difumina los rasgos, borra los rasgos, desaparece los rasgos.

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Ante mí desfilan sombras oscuras a las que brillan dientes y ojos. Fahrar sigue a lo suyo: ‘han venido algunas organizaciones humanitarias, han mirado, tomado fotos y luego no han vuelto nunca’. Mohamed Kamaso conoce bien el tema porque en sus años en el Yemen defendió a los somalíes refugiados al otro lado del mar Rojo. ‘Vienen, toman datos, consiguen subvenciones internacionales y nunca vuelven’. No puedo creérmelo, le digo. ¡Estos pobres desgraciados son una fuente de dinero para desaprensivos! En otra tienda me espera Rahma Abdullah, su mano rota desde hace años, sin apenas movilidad para salir de cuando en cuando de la tienda. ‘Se me rompió y nadie sabía colocármela bien’, se queja con un leve suspirito. Y ya ya está. Se te rompe la mano y te quedas sin ella porque nadie sabe curarla. Y más allá, con su elegante traje tribal amarillo, Seibra Alí Al Hussein, ‘sin marido’, me dice cariacontecida, ‘sin hijos’, murmulla sin querer contarme qué les ocurrió. Todos de Mogadishu, me cuentan, todos rotundamente pobres. Más que pobres: miserables. ¡Y sin embargo alguien ha sabido ver que de esta miseria puede sacarse tajada!

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Paso junto a una cisterna y la golpeo levemente con la mano. ‘Está vacía’, me cuenta Fahrar, ‘tenemos que reunir dinero para rellenarla’. Los niños se arremolinan a mis pies y me tiran de la ropa. Quieren enseñarme algo. A las afueras del campo hay pequeños montículos de piedras. ‘Las recogen para venderlas, es todo lo que saben hacer’, me dice mi guía, Mohamed, ‘se usan para reparar carreteras o, sobre todo, para las tumbas’. Miro a mi alrededor y lo entiendo: no hay nada más. Sólo piedras y un calor aplastante. ‘Todo puede empeorar’, dice Mohamed, ”vea que alguien ha acotado el suelo porque Hargeisa crece y probablemente en un futuro los expulsen para construir aquí algunas casas’. ¿Y dónde irán? ‘Dónde van a ir’, dice Mohamed con los ojos muy abiertos, ‘más adentro, al desierto’.

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