Sobre las farolas: Campanilla. En aquella rotonda: Excalibur. En el horizonte: el castillo de Blancanieves. Por aquel callejón: asoma Pluto. Y así metro tras metro, centímetro tras centímetro. Familias con niños, grupos de adolescentes con orejas de Mickey, pandillas de tipos y tipas como torres con orejas de Mickey, orejas de Mickey con niños. Pasan españoles, veo rusos, norteamericanos, árabes, muchos árabes. Disneyland es un negocio con un eco inesperado en tierras del golfo Pérsico. ¿Cómo comulga el rigorista islam de aquellos lares con la permanente y hasta delirante representación de figuras humanas?

Hanafi Fiqh tiene un consultorio on line para responder preguntas como esta y asegura que entre los ulemas existe una agria discusión al respecto: para unos es inadmisible, para otros hay que discutirlo. Como el lado de la iconoclastia parece vencido por los adoradores de Disney, sobre todo los niños, estos rigoristas del islam acuden a otros puntos: ver dibujitos vuelve a los niños agresivos, se vuelven obesos, desobedientes e impacientes, tiene problemas mentales y un largo y extraño etcétera. Los dibujos, dicen, contienen un sinfín de prohibiciones que la Sharía, la ley islámica, considera inadmisibles: desde la propia música a mensajes subliminales, lenguaje soez, permisividad con alcohol y drogas, vulgaridad y violencia. ¿Y entonces cómo es que tantos musulmanes vienen desde muy lejos para ver en persona a esos seres que tantas autoridades religiosas consideran casi que diablos?


Por la parte del negocio, es decir, de Disney, no hay nada que objetar: Aladino, por ejemplo, recaudó mil millones de dólares por entradas a cines, ventas de video y merchandising relacionado con el muchacho y su proyección tuvo un eco notable en los países musulmanes, a pesar de los estereotipos. Porque Disney tiene una ascendencia tan notable en los países musulmanes que incluso Hamas creó un personaje similar al ratón Mickey para hacerle competencia: se llamaba Farfur y fue una creación del canal palestino Al-Aqsa TV. Claro que en lugar de correr las aventuras del ratón más famoso del mundo, Farfur enseñaba a los niños a rezar en las mezquitas, les presentaba la doctrina islámica, y cómo no, defendía la causa palestina y la resistencia contra Israel y los Estados Unidos. ‘Liberaremos Al-Aqsa’, decía el ratón palestino a los niños desde el televisor. Una suerte de huida hacia adelante: no me veo capaz de detener la influencia norteamericana, unámosnos a ellos…

Aquí no está Farfur: veo la isla de Peter Pan, el universo de la Guerra de las Galaxias, veo a Minnie, al pato Donald y veo los coches de Cars. Lo que viene a ser Disney World. Veo multitudes de gentes venidas de todo el mundo, que abarrotan los restaurantes y duermen en los hoteles en Disneyland, forman enormes colas ante las atracciones y deambulan con ojos de iluminados por sus amplias avenidas. Y, nuevamente, veo muchos musulmanes deambulando junto a no musulmanes, igualados en sus rostros brillantes, sus orejas de Mickey y sus pacientes esperas en las colas. ¿Y por qué me llama la atención? ¿Es que acaso los musulmanes no pueden ir a Disney? ¡Pues claro que sí, como cualquier hijo de vecina! Solo que los rigoristas del Islam, precisamente de donde provienen muchos de estos paseantes, piensan bastante mal de Disney como hemos visto. Lo consideran propaganda estadounidense, un negocio pensado para occidentalizar países como los suyos, una máquina de hacer dinero a base de arquetipos que consideran racistas.

La letra de Arabian Nights, la canción de apertura de Aladino, por ejemplo, es el summun de sus quejas: ‘Vengo de una tierra muy lejana, donde vagan las caravanas de camellos, donde te cortan una oreja si no les gusta tu cara: es bárbaro, sí, pero es mi hogar…’. ¿De dónde viene usted?, le pregunto a una señora con hiyab: ‘somos de Kuwait’, dice la buena señora, ‘me encanta Disney…’. ¿No lo considera un arma propagandística que envilece todo lo que no es occidental y norteamericano? La señora me mira con cara rara, creo que le estoy fastidiando la visita, agarra la mano de dos niños y aprieta el paso. Parece que Disney la ha alienado completamente. O que el discurso rigorista le da exactamente igual. Me inclino más bien por esta última opción. 

Si las proclamas de los religiosos más fanáticos hubieran hecho mella no estarían aquí o se les vería más preocupados. Y resulta que la principal preocupación no es lo que pensarán los religiosos sino lo que piensan los occidentales por vestir prendas islámicas. En este chat, por ejemplo, Cassandra confiesa su malestar porque ella, que lleva velo, veía cómo ‘había gente que me miraba mal o se cambiaba de acera cuando nos veían venir’, aunque otros le contestan que nunca han sentido rechazo ni en visitantes ni, mucho menos, en el personal de los parques. ‘Los dibujos de Disney no son admitibles’, dice este rigorista ‘porque suena música de fondo y tocar o escuchar música es categóricamente haram’.

¡Y aquí hay música por todas partes! ¡De hecho al atardecer aparecen todas las princesas de todos los cuentos, así al tiempo, y cantan y suena música potente por doquiera! Por si fuera poco, los personajes de Disney interactúan sin importar el género, visten de modo poco apropiado y se la pasan divirtiéndose. La moralidad de los niños se está formando, razona Ebrahim Desai desde su consultorio de islamqa.org, ‘y esto puede afectarles gravemente para el resto de sus días’. Miro los niños musulmanes que pululan por el parque Disney: ninguno me parece más desequilibrado que cualquier otro, la verdad. O mejor dicho: parecen todos desequilibrados, musulmanes o cristianos, corriendo como locos de una atracción a otra…

De hecho la influencia de Disney es tan potente que muchos países árabes, sobre todo los del Golfo Pérsico, han creado políticas proteccionistas para controlar su producción cultural visual aunque la presencia de Disney es muy grande, realmente mucho mayor que la local. Los personajes de Disney están en las televisiones, en los cines, en los ordenadores, en las tablets y móviles, en pósters y muñequitos, en la mente de muchas familias que, como las occidentales, sueñan con llevar a sus niños a ese paraíso de criaturas imposibles pero posibles. Así que, supongo yo, llegó un momento en el que los políticos árabes dijeron: si no puedes con ellos, únete a ellos. No podemos pintarle un cuadro al tío Mohammed porque es haram (prohibido) pero a ver quién le dice al niño que no juegue con un muñeco del ratón Mickey. Y así surgió un mercado nacional, mucho menos desarrollado y más cutre, si quieren decirlo así, pero local que se saltaba las amenazas de los barbudos mas rigoristas que no querían barbas cortas, música en las casas ni cometas en el cielo.

Farfur enseña a los niños cómo dominar el mundo y lo malo que es hablar en inglés…

El ejemplo más evidente es el mencionado antes, Farfur, el ratón palestino. Disney se ha impuesto a los seguidores de Wahab e incluso los diálogos se traducen, para mayor gloria del viejo Walt, esté o no congelado. Bajo el castillo de Blancanieves una pareja de musulmanes se hace un selfie: ‘estamos en luna de miel’, dicen. Definitivamente los rigoristas han fracasado en su intento. Disney será muchas cosas pero ante todo es universal…