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En una de las esquinas de la plaza Meskel de Adis Abeba lloran tres niñas. Son lágrimas de bronce porque ellas mismas lo son. Niñas de bronce que lloran lágrimas metálicas mientras que un cartel proclama: ‘Nunca más’. ¿Y por qué lloran las niñas de metal? Porque, en cifras de Amnistía Internacional, el régimen del coronel Mengistu Mariam se encargó de asesinar a más de medio millón de personas (aunque otros rebajan la cifra a los 150.000). Curioso que las tres niñas lloren en la plaza Meskel porque fue precisamente en esta plaza donde el coronel Mengistu lanzó su más famosa proclama contra los enemigos de la patria. Donde comenzó el que aquí conocen como ‘Terror Rojo’ cuando Mengistu, en un gesto teatral de los suyos, arrojó al público una botella llena de un líquido rojo, augurando sangre por todas partes.

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Mengistu lanza su botella con líquido rojo augurando grandes charcos de sangre y en el museo la botella se refleja en los rostros de los que ya no están

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Y eso es, precisamente además, lo que indican las tres niñas metálicas que lloran lágrimas de bronce. El museo del Terror Rojo. Y nada más comenzar, Kebebushe Admasu, una madre que perdió a sus cuatro hijos a manos de ese Terror Rojo llora a través de una frase en la que desnuda su alma: As if I bore them all in one night, they slew them in a single night. El museo intenta captar al visitante a través de cartas emotivas, fotos explicativas, descriptivas y hasta horrorosas. Vemos en una foto de la época, por ejemplo, a Hailé Selassié, conocido como el Negus, o emperador de Abisinia, también conocido como el Rey de Reyes, Señor de Señores, el León Conquistador de la Tribu de Juda, el Ras Tafari. Y lo vemos caminar impávido y como levitando mientras es detenido por el Consejo Administrativo Militar Provisional, más conocido como Derg. Era el 12 de septiembre de 1974 y apenas un par de meses después el Derg proclamaba el fin de un imperio que se remontaba al rey Salomón y la reina de Saba (o eso dicen) y anunciaba el advenimiento de un nuevo régimen. El comunista. Porque el régimen anterior, el del Negus, sólo había traído feudalismo y hambrunas, guerras y niños panzudos, Etiopía como uno de los países más pobres del planeta. Dicen que es la última foto del Negus, del Emperador, del Ras Tafari.

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Aún así, Haile Selassie había vivido una larga vida de emperador todopoderoso, un grupo de estrafalarios marihuaneros del otro lado del mundo lo convirtieron en Dios y un régimen totalitario se fijó en él para trasladar la guerra fría al Cuerno de África. Demasiados títulos y acontecimientos para tan pequeño ser: la historia es la que es. Pero, y a pesar de la adoración que el etíope medio sentía por su emperador, el descontento general llevó al país a una situación tan inestable que un grupo de oficiales de baja graduación creó un comité para estudiar los bajos sueldos del ejército, la corrupción de los altos mandos y los abusos de los superiores. El comité se involucró tanto en las denuncias que terminó dando un golpe de estado. Apenas dos meses después el Derg había encarcelado al emperador, ejecutado a sesenta de sus altos cargos y asesinado a varios de sus familiares, entre ellos su nieto. Apenas un año después, el 27 de agosto de 1975, fue asesinado el mismísimo Dios Tafari y su asesino ordenó enterrarlo debajo de un lavabo, junto a una letrina, para que la humillación fuera mayor.

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Dios era un hombre bajito y menudo, instalado en el medievo, un señor de tez morena que gobernó como emperador uno de los países más antiguos de la humanidad y que parecía vivir en un universo paralelo. El museo continúa mostrando los recuerdos de una época que en Occidente suena tan exótico y lejano como Juego de Tronos. Y las fotografías hablan de purgas internas y de purgas externas, de asesinatos políticos, ejecuciones extrajudiciales, terror. Terror Rojo. Las purgas internas colocaron en el poder a Mengistu Mariam, que sibilinamente fue eliminando antiguos compañeros de carrera hasta colocarse como único gobernante capaz. Las purgas incendiaron el país, que, a pesar de sus incongruencias, adoraba a Selassie. Y así el Partido Revolucionario del Pueblo Etíope, que tachaba a Mengistu de fascista y asesino, anunció que lucharía contra el nuevo régimen.

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Mengistu inició entonces el mentado Terror Rojo, dirigido contra antiguos comunistas que habían luchado contra el régimen de Selassie. La campaña de represión costó, según cifras de Amnistía Internacional, alrededor de quinientas mil vidas. Los comunistas del PRPE tomaron el lugar de Trotsky en la antigua URSS y su solo nombre desencadenaba furia en el coronel Mengistu. La paranoia entre Derg y PRPE se vivía en la calle, con registros domiciliarios indiscriminados, largas sesiones de torturas, ejecuciones extrajudiciales masivas, violaciones sistemáticas. Los cadáveres aparecían tirados por las calles de Adis Abeba para acrecentar la sensación de terror. En el museo aparece entonces la infame wofelala, un rudimentario potro de tortura donde se terminaba de romper la voluntad más férrea.

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La wofelala, o el potro en versión etíope

Un terror que levantó a más gente en los pueblos más lejanos, desde los oromos y los somalíes a los tigrayan. Y de pronto, desde las paredes, los muertos te miran a los ojos. No es la primera vez que me enfrento a un ejército de muertos que me miran desde el Otro Lado. Pero sí que los muertos me miran desde las cuencas vacías de sus ojos. Porque ahí están, amontonados, sus cráneos aún con pelo y hasta cuero envejecido, con sus carnés de identidad, sus cepillos de dientes, sus vidas truncadas. A lo largo del país se descubrieron setecientas veinticinco fosas comunes, tumbas masivas, sin nombres.

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Un museo dedicado a recordar el aquí llamado Terror Rojo. Pero también un museo controvertido porque quien denigra la herencia de Mengistu es el enconado enemigo de Mengistu. Un gobierno, el actual, con dudosa fama de respeto a los derechos humanos y que, curiosamente, proviene de una guerrilla marxista, el Frente Democrático Revolucionario del Pueblo Etíope, rival del Derg hasta que en mayo de 1991 consiguió hacerse con el poder. Hasta hoy. Por eso es de agradecer que saquen a la luz las tropelías del llamado Terror Rojo, aunque no deja de parecer un ajuste de cuentas. Más que nada porque el Terror Rojo no murió del todo: sólo se transformó. Los informes actuales de Aministía Internacional hablan de hostigamiento a opositores, comicios opacos, violencia y represión contra adversarios ideológicos, asesinatos políticos…

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Los rostros de los opositores ajusticiados, sus ropas podridas, sus costillas en una impúdica mezcolanza, sus cráneos sonrientes

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En enero de 2007, Mengistu fue declarado culpable de genocidio y condenado primero a cadena perpetua y posteriormente a pena de muerte, aunque las autoridades de Zimbabwe, donde está exiliado, se niegan a deportarlo. Como curiosidad, dos de sus altos cargos, igualmente condenados a muerte, viven en Adis Abeba, encerrados en la embajada de Italia desde 1991. Más de un cuarto de siglo sin salir a la calle. No eran los únicos: otros dos antiguos ministros de Mengistu se encerraron con ellos pero ya no están. Uno se suicidó. Al otro, dicen, lo mataron en una pelea en el interior del recinto diplomático…

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