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Pues yo veo gordos. Y gordas. Hombres, mujeres, animales. Incluso esqueletos. Todos gordos. Y gordas. ‘No pinto gordas’, dice Fernando Botero, ‘le doy protagonismo al volumen’. Y vuelvo sobre mis pasos a repasar las pinturas que Bogotá ofrece altruistamente al curioso que visita su casco histórico. Gordos, concluyo. Y gordas, añado. ‘No he pintado una gorda en mi vida’, cuenta Botero en esta otra entrevista a EFE, ‘busco darle protagonismo al volumen, hacerlo más plástico, más monumental’. Y lo consigue de todas todas. Nadie lo niega y yo tampoco. Fernando Botero es el pintor más universal que ha dado Colombia, sus obras son inconfundibles y tienen un sello propio que las hacen fácilmente reconocibles en cualquier rincón del planeta. Nadie les niega su calidad, su trazo ágil inspirado en Velázquez y en Goya, nadie le resta mérito a un estilo único que causa admiración allá donde se exponga. Pero sigo viendo gordos. Y gordas.

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Veo gordo, por ejemplo, a Manuel Marulanda, el legendario creador de la guerrilla de las FARC, y veo gordos a las víctimas de la masacre de Mejor Esquina. Veo tan gordas sus pinturas como gordas veo sus esculturas. ¡Hasta el gato es gordo! ¿Y eso es malo?, me pregunto. Pues no, no es malo porque ser gordo (más allá de los perjuicios que cada cual pueda sentir en su organismo) no es malo. Sólo que resulta tan llamativo como base de toda una obra como los espigados cuerpos de las pinturas del Greco. De este último decían que sufría un fuerte astigmatismo. ¿Tiene algo Fernando Botero en su vista…?

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Mujer con fruta

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Guerrilla de Eliseo Velásquez

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Fernando Botero nació en Medellín, la capital del departamento de Antioquia, pero sus inicios tienen mucho del tango que nunca cantó Gardel. Porque Carlos Gardel convirtió la vibrante ciudad de la eterna primavera en un perpetuo eco de tangos décadas antes de que para el resto del planeta fuera la ciudad de Pablo Escobar. A los tres años de nacer Fernando Botero el singular cantante argentino fallecía intentando aterrizar en la ciudad y desde entonces Medellín es la ciudad del tango y siempre suena un tango en algún bar de la ciudad. Porque Fernando Botero nació paisa, en el Medellín de los años treinta que reinaba sobre el mundo del tango con una energía tal que el propio Carlos Gardel fue a perder la vida allí cuando se estrelló su avioneta. Fernando Botero no tenía más que tres años el día que cambió la historia del canto más austral y lo convirtiera en la música de fondo del próspero valle colombiano. Pero aún así, algo debió de influirle el fondo de melodías desgarradas, su padre muerto poco después que el Mito y su madre, costurera, sufriendo lo indecible para sacar adelante el drama.

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Adán

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Su tío tuvo un empeño especial que en el pequeño Fernando vistiera las luces del toreo pero el niño pasó sin pena ni gloria por la escuela de tauromaquia mientras admiraba las iglesias, los contornos, los trazos y los dibujos del legado colonial de su ciudad. Y con tanta fuerza que con apenas quince años ya dibujaba para el suplemento dominical de El Colombiano y ahorraba dinero para iniciar sus estudios de arte. Comenzó a estudiar dibujo en el Liceo Marinilla de Antioquia aunque lo expulsaron pronto porque los puritanos profesores no toleraban que publicara desnudos en el mentado dominical. Aún hoy habrá algún educador que se atuse el cabello disimulado porque el artista más conocido de la pintura colombiana tuviera que cambiar de centro. El Liceo de la Universidad de Antioquia acogió al alma descarriada y se llevó el ilustre dato de formar parte de su biografía.

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El estudio

El Colombiano lo subió de categoría, quién no lo haría, y lo nombró ilustrador oficial aunque el personaje crecía dentro de la persona y su límite no lo marcaba precisamente las fronteras de Medellín. Ni siquiera las de Colombia. En 1952 viaja a España y toma clases en la Academia de San Fernando de Madrid, copia las obras de Velásquez y Goya, se adentra en los tesoros de Florencia, de Francia, se embebe de México y en Washington, los Estados Unidos consigue su primera exposición individual. Poco después Fernando encuentra su trazo, un trazo grueso, por hacer un chiste fácil, un trazo certero y ágil, no olvidemos la seriedad, un trazo que obvia sus primeras influencias de los clásicos de la pintura, y también de sus admirados muralistas mexicanos y renacentistas italianos, para deformar las figuras hasta encontrar su propio camino. Elijan ustedes: figuras gordas, volúmenes exagerados.

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Gato

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Mujer reclinada

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Leda y el cisne

Ya en los años sesenta Fernando Botero es Fernando Botero. Sus cuadros no son los únicos que se regocijan en la orondez: sus esculturas recrean en tres dimensiones los llamativos volúmenes, sus gatos recuerdan al gato de Alicia, sus musas recuerdan modelos de grandes tallas. Incluso su vida personal parece aquejada de triglicéridos, cercana a la hipertensión, creciendo en volumen dentro de una vida que sólo desearía orientada a las artes. Su hijo Fernando, el primogénito, llegó nada menos que a ministro de defensa de Colombia, (qué menos cuando su madre fue también ministra, pero de cultura), aunque también engordó su curriculum hasta terminar encarcelado por aceptar dinero del narcotráfico para impulsar la carrera presidencial de su jefe, Ernesto Samper, en el conocido como Proceso 8000. Su segundo hijo falleció en un accidente de tráfico cuando no había cumplido aún los cinco años. Por si no hubiera suficiente volumen en su vida, el insigne pintor sufre acusaciones que le señalan como demasiado involucrado con el mundo del narcotráfico así como de engordar, perdonen la palabra, el valor de sus propias obras a costa del erario colombiano.

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Maribárbola

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Sea como sea el museo Botero reluce en la oferta cultural del centro histórico de Bogotá. Y de la ciudad al completo. Una digna representación de la obra del célebre pintor que no defrauda al visitante. Ciento veintitrés obras, tanto pictóricas como escultóricas, de ese canto al volumen, o al gordismo, desde dibujos a lápiz a óleos sobre lienzo, desde sus primeras creaciones a cuadros célebres, desde bodegones a esculturas en bronce o en mármol. Además de otras decenas de cuadros de artistas internacinales, desde Francis Bacon, Miquel Barceló, Marc Chagall, Salvador Dalí, Edgar Degas o George Braque a Gustav Klimt, Fernand Léger, Claude Monet, Henry Moore, Joan Miró, Renoir o Pablo Picasso.

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Capitán

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Pareja bailando

La guerrilla de Eliseo Velásquez, su retrato de Manuel Marulanda, alias Tirofijo, la masacre de Mejor Esquina, el sueño del presidente durmiente, un retrato de la menina Maribárbola, su oronda Monalisa, el pesado caballo de mármol, su interpretación en bronce del mito de Leda y el cisne o su pájaro metálico son parte ya del imaginario colectivo, gusten más o menos. Por no negar su compromiso con la realidad histórica, su granito de arena en la denuncia social, desde las masacres de los paramilitares colombianos, la muerte de Pablo Escobar o los abusos de los norteamericanos en la prisión iraquí de Abu Ghraib.

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Carro bomba

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Y es de agradecer que Bogotá muestre algo más que efervescencia política y discursos encendidos en ese reducido casco histórico que carga con tanta historia como desconocimiento fuera de sus fronteras. Y muchas veces incluso dentro. Una donación del más internacional pintor colombiano a su país que el Banco de la República alojó en un exquisito edificio en una casona colonial que antes fue Arzobispado de la ciudad. El incipiente turismo que se atreve con Bogotá tiene una razón más para zambullirse en la ciudad: una razón de peso.

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El baño